Los viajeros mexicanos que sueñan con retratar a todo un continente

Abril 10, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros/El País
Los viajeros mexicanos que sueñan con retratar a todo un continente

Cynthia Gámez y Gustavo Alonso han recorrido hasta ahora ocho países de Centroamérica y Colombia, que suman cerca de 25 mil kilómetros. En todos los países, reconocen entre risas, se les ha varado su Volkswagen, al que llaman ‘El poderoso’.

A bordo de un Volkswagen, Cynthia Gámez y Gustavo Alonso recorren América Latina para enseñar a los niños pobres fotografía y refrendar una sospecha: es más la cultura que nos une que las fronteras que nos separan.

El pequeño Andrés enciende la cámara y con ella en su regazo comienza a mostrar una a una sus fotos. Son las imágenes que les hizo durante todo un día a las mascotas que viven junto a él y su mamá en su casa del barrio Alto Nápoles, en lo más encumbrado de la ladera caleña. En una se asoma Zeus; en las otras Britney y Sindy, son sus perros. También aparece el gato Pupy. Son ellos mientras duermen, mientras comen, mientras juegan. Era —confesará a su manera el chico de 7 años— la primera vez que los veía así: retratados.

El ejercicio nació en una clase de fotografía. La primera que ha recibido Andrés en toda su vida. El día anterior a esta tarde de miércoles, en este mismo lugar —el Centro de Servicio Comunitario de la Zona de Ladera— un par de jóvenes de “acento extraño” le habían enseñado lo más básico, desde cómo prender la cámara hasta cómo sacar provecho del flash y del zoom.  Al final de todo eso, lo dejaron frente al reto curioso de capturar con una cámara digital, prestada por ellos mismos, su cotidianidad; los personajes y lugares con los que tropieza a diario. 

Y el pequeño Andrés lo hizo. También Carol, Harrison, Kerlon, Maribel, Sebastián, Ana María, Daniel y otros 20 niños del sector, entre los 7 y los 13 años, escogidos para vincularse, sin saberlo, a un sueño ajeno: el de Gustavo Alonso y  Cynthia Gámez, una pareja mexicana que busca llegar a bordo de un Volkswagen blanco, modelo 97, hasta la Patagonia argentina y en ese trayecto recoger imágenes que documenten de qué está hecho este continente.           

Usted se monta en ese carro, en ese viejo carro de sillas curtidas y piezas oxidadas, y se pregunta enseguida cómo Cynthia y Gustavo lograron el milagro de llegar hasta aquí. Cómo se las ingeniaron para atravesar ocho países —Bélice, Guatemala,  El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia—, 25 mil kilómetros, desde que una mañana de septiembre de 2013 partieron de su natal San Luis Potosí, al norte de México.   

Al carro lo llaman ‘El poderoso’. Fue un regalo de la mamá de Gustavo. Notificada de la aventura del muchacho y de su novia, decidió dejar en manos de ambos un vehículo que más parecía dispuesto para una autopsia que para una larga travesía: “Estaba en muy malas condiciones, sin llantas, sin volante, sin batería. Pero a lo largo del viaje lo hemos ido reparando; bueno, más mecánica que estéticamente. Igual, nos ha fallado en cada país al que hemos ido. Pero prácticamente ahora está como nuevo”. 

Quien lo cuenta es Gustavo. 29 años, rostro de niño bueno, cabello desordenado. Es un comunicador con una maestría en cine digital. Lo suyo es la imagen. Así se ha ganado la vida siempre. Para resumirla, porque la historia es bien larga, explica que en 2011 luego de un viaje de dos semanas a Cuba con Cynthia, del que quedó no solo un  amor en ciernes sino  un  documental,   empezaron a acariciar la idea de recorrer juntos América Latina en plan de mochila. 

 “Inicialmente era solo eso”, interviene ella, mientras Andrés sigue a su lado repasando sus fotos. Pero luego entendieron que no se trataba de “viajar por viajar”, que era necesario buscar un propósito. Darle un sentido. Fue por esos días que la madre de Gustavo, una maestra de preescolar, los invitó a unos talleres que ella impartía en una zona marginal de San Luis Potosí. 

Hasta allá llegaron  para compartir con los pequeños lo único que sabían hacer: construir imágenes. Y el resultado de esa experiencia aún les emociona las palabras: los chicos, que al igual que Andrés jamás habían manipulado una cámara,  asistieron de repente a la magia de congelar un instante de la vida con apenas hundir un botón. Ese, pues, era el sentido que les hacía falta. “Con esa vivencia en San Luis nosotros mismos aprendimos un poco de pedagogía. Cómo acercarnos a los niños para que ellos disfrutaran de la fotografía tanto como nosotros”, dice Gustavo. 

Fue la génesis de Nomadarte, un proyecto artístico itinerante que busca acercar las técnicas del video y de la fotografía a menores de barrios de escasos recursos de varias ciudades de América Latina. Lo que sucede en esos talleres suena tan elemental como inspirador: Gustavo y Cynthia llegan, les hablan a los chicos de su travesía, de su sueño, les prestan varias cámaras y les muestran cómo con una foto es posible contar una historia. 

La que los niños de la ladera caleña están narrando es su propia versión del clásico Rapunzel. Y como toda historia tiene unas escenas y también unos personajes. Cynthia, Gustavo —“los profes”—  y los niños van tomando cada una de las fotos que se necesitan para construir el relato. Lo que harán al final, de la mano de los jóvenes mexicanos, será lograr un montaje con  ‘stop motion’, técnica de animación en la que se aparenta el movimiento de objetos estáticos  a través de una serie de imágenes fijas sucesivas.  

La que habla ahora es Cynthia. Tiene 27 años, cabello negrísimo y lacio, rasgos indígenas  y un espíritu animoso. Cuando le preguntan por su vida, se ve obligada a contar que es  licenciada en administración de empresas, pero que estudió eso solo por complacer a su familia, que se negó a  apoyarla cuando les anunció que lo  realmente la haría feliz era ser artista. 

 Tuvo que escuchar muchas veces  que aquello no era una carrera, sino mero hobby. Que pensara en otra cosa. Cynthia, que primero había ensayado tres años de ingeniería industrial, finalmente consiguió un cartón como administradora, e incluso  un empleo como ejecutiva de cuenta de una empresa de seguros.

Lo que vendría luego era inevitable: “descubres de que no puedes engañarte toda la vida; dejé  mi carrera para dedicarme a lo que siempre me ha gustado. Desde chiquita amo viajar; siempre tuve el sueño de  vivir en Europa o en otro país, envolverme por otras culturas y  recorrer el mundo. Desde que  recuerdo, me encantan los mapas, puedo pasar horas viendo las rutas, imaginándome como será ese rincón del mundo”. 

En este rincón donde ambos están ahora, Colombia, y donde completan cuatro meses (es el país en el que más tiempo  permanecieron) los han tratado como ‘rockstars’. Les piden autógrafos y selfies, los entrevistan por todos lados. Se han sentido queridos. Aquí probaron el chontaduro, bailaron al son de las marimondas en el Carnaval de Barranquilla, retrataron el Valle del Cocora y padecieron las dunas caóticas del desierto de la Guajira. 

Hoy se ríen de la anécdota, pero un par de meses atrás al Volkswagen no lo llamaron ‘El poderoso’ sino ‘El apestoso’. Enfrentado a la canícula del Caribe y a kilómetros enteros de vientos y arena,  el viejo vehículo se varó faltando apenas 17 kilómetros para conquistar el mar del Cabo de la Vela.

  Lo que siguió luego, resumido —porque es otra de esas largas historias de la bitácora del viaje— fue una seguidilla de desencuentros en los que la pareja, ya sin dinero por tantos gastos en talleres de mecánica, se vio obligada incluso a intercambiar servicios y comida por algunos artículos que portaban en sus mochilas de trotamundos.  Primero el desodorante, luego el ‘sleeping bag’, después los tenis, después una UBS. 

Solo  seis días más tarde consiguieron llegar a Medellín. Después partieron rumbo a Cali, que los recibió el pasado Viernes Santo. Se hospedaron en la casa de Luis Fernando Caballero, un fotógrafo y diseñador que se había puesto en contacto con ellos a través de su página web. “Si pasan por la ciudad, pueden quedarse en mi casa”, les escribió.

 Cynthia y Gustavo aceptaron gustosos. Pero solo compartieron con el anfitrión unos pocos minutos porque ese mismo día el hombre salía de viaje. En esta travesía, dicen, les han pasado todo el tiempo cosas así. Gestos inverosímiles de confianza.  Gente a la que simplemente saludan y les cuentan su aventura, pero que no dudan en acercarles un plato de comida, una manta tibia o simplemente un lugar donde pasar la noche.

  “Es que de eso es que estamos hechos los latinoamericanos. En todos los lugares a donde hemos llegado encontramos la misma certeza: que somos la misma cultura divididos apenas por unas fronteras. Pero en este continente nos duele lo mismo. Es la misma pobreza, son las mismas necesidades, pero también es la misma alegría. Si te pones a ver todas las fotos que los niños han hecho de sus ciudades, cuesta trabajo reconocer en qué lugar fueron tomadas porque todas se parecen”, asegura Cynthia. 

Desde Cali, la pareja espera partir el domingo rumbo a Ecuador.  Ahora mismo, cuentan sin angustia, no cargan un solo peso en los bolsillos. “Pero no nos preocupa —dice Gustavo—, a la Patagonia llegaremos así tengamos que vender al Poderoso y llegar solo con nuestra cámara”.

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