Los toreros mostraron sus cartas en la segunda de abono en la Plaza de Cañaveralejo

Los toreros mostraron sus cartas en la segunda de abono en la Plaza de Cañaveralejo

Diciembre 28, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Víctor Diusabá Rojas | Especial para El País
Los toreros mostraron sus cartas en la segunda de abono en la Plaza de Cañaveralejo

El toreo colombiano Luis Bolívar sacó provecho de sus buenas maneras con el capote y alegró los tendidos de Cañaveralejo.

De a oreja para Iván Fandiño y Luis Bolívar. El encierro de Juan Bernardo Caicedo se quedó a mitad de camino. La gente volvió a la plaza.

La corrida de Juan Bernardo Caicedo no terminó de romper, pero bastaron tres toros a media máquina para permitir que, casi a tropezones, la tarde de la segunda de abono no se fuera en blanco en términos de sustancia, más allá del simple saldo de orejas cortadas, una cada uno, por Luis Bolívar e Iván Fandiño.Claro está, a la luz del aficionado que paga y exige, pudo haber más. Por ejemplo, ahí en el aire quedó esa petición de otro trofeo para Luis en el quinto de la tarde, lo que hubiera significado no solo otro apéndice sino la Puerta Grande. Visto así, una concesión exagerada que el palco supo atajar a tiempo. E, incluso, en el sexto, se abrió por momentos una luz para un posible nuevo trofeo que iría a manos de Fandiño, también un exceso si de darle importancia a Cañaveralejo se trata.Pero vamos a los hechos, que son los que valen. Hay que abrir con la faena a ese tercero bis (el original se rompió el pitón contra el burladero de subalternos) que Fandiño supo resolver, a medida que el toro iba cambiando. En el capote, el ejemplar se movió con prontitud y de allí brotó el buen quite en el que chicuelinas y tafalleras abrieron paso a una media de cartel. Ya Rafael Torres había administrado la medicina que bien anda formulando con la vara.En la muleta, tras ese inicio que emocionaría al propio Pedrés, el toro, bravo en sí, se fue quedando corto, sin renunciar a la dar la pelea. Unas eran sus intenciones; y otras, sus fuerzas. Iván siempre se puso en donde solo se sabe poner y de ahí partió esa faena en la que citó en corto para provocar las embestidas, hasta hacerse dueño de todo. Mató con un espadazo que produjo derrame. Oreja y palmas al toro.En el sexto, el sobrero en realidad, hubo un mérito del torero vasco: dar muy pronto con el sitio y la distancia para meter en el canasto a un toro que estuvo a punto de trascender, pero que al final prefirió taparse y renunciar a hacer historia. Espadazo, descabello y leve petición.El otro toro que sacó la cabeza fue el quinto, colorado, con el que Luis Bolívar pudo templar a gusto y estirarse en buenos muletazos de derecha en los que corrió la mano con el acompañamiento acorde del de Caicedo, que tomó el engaño siempre bien por ese pitón. Por el izquierdo lució menos, mientras el capítulo bajaba algunas líneas en su curva de interés. La espada, un pelín desprendida, tuvo efecto letal y los tendidos se levantaron para pedir los trofeos. Fue cuando el presidente dijo una oreja y eso fue lo que cobró Bolívar.En el segundo de la tarde hubo firmeza del torero nacional y, como respuesta, complicaciones del toro, empeñado en descubrir qué había no solo detrás de la muleta sino en ese vestido azul marino y oro. Tampoco hubo empatía. El esfuerzo no dejó dividendos. Silencio.Antonio Ferrera hubiera pagado por tener siquiera la mitad de la relativa suerte con que contaron sus alternantes. Lo suyo fue un calvario más otro. El primero anduvo sin ninguna fijeza y, para completar, se malogró una extremidad anterior. Pinchazos y palmas de agradecimiento. El cuarto, bajito, bien hecho, no dejó ver, al igual que el otro, sino al Ferrera alegre de las banderillas. El hombre que pasa por la excelencia de la madurez debió postergar de nuevo su lección, porque el toro se paró hasta hacerse de piedra, mientras el arrimón se convertía en la única opción. Palmas.

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