Los superhéroes del overol en Cali: historia de bomberos que no solo luchan contra el fuego

Los superhéroes del overol en Cali: historia de bomberos que no solo luchan contra el fuego

Agosto 18, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas El País
Los superhéroes del overol en Cali: historia de bomberos que no solo luchan contra el fuego

Dos héroes: Albeiro Gómez y Ricardo Ramos, en la estación de Las Américas.

Aunque muchos creen que solo están para apagar incendios, esa apenas una de las tareas de los bomberos. Historia de curiosidades inflamables.

Y entonces la gente aplaudió. Los que viven en el edificio, el vigilante, un muchacho que cuida carros en el restaurante de la esquina, mujeres que iban pasando, curiosos arremolinados en el andén. El sargento Ricardo Ramos recuerda algunas de las palabras que le dijeron a él y sus hombres cuando iban saliendo ya con la emergencia conjurada: ángeles, dioses, ¡benditos! Ahora, mientras hace memoria auditiva de ese momento, cree incluso que alguna de las chicas que estaban ahí, entre los noveleros, les lanzó besos al aire como si ellos fueran los Rolling Stones y no simples bomberos. Un rato antes, cuando recién empezaron a atender a los dos hombres que el pasado miércoles quedaron colgando de un andamio reventado en el noveno piso de un edificio al norte de Cali, las palabras que escucharon a su llegada sonaban como un recital opuesto a los futuros elogios: casi que no, tarde como siempre, ¡lentos! Desde que fue reportado el percance, los bomberos solo tardaron siete minutos en llegar. Con un equipo especializado en rescate de alturas, ocho socorristas auxiliaron a Henry Dorado y Alberto Anturia, suspendidos en el aire cuando uno de los mecanismos que soportaba la plataforma sobre la cual pintaban la fachada del edificio cedió y aprisionó la ropa de uno de los obreros; lo que parecía imposible desde el suelo: subir allá, cortar la camisa del hombre atascado, ponerle un arnés a cada uno, llevarlos hasta el balcón de un apartamento, devolverles la vida que se les escurría, fue resuelto en hora y media por los bomberos. Tal vez pocos lo sepan, pero emergencias como esas son atendidas casi todos los días por esos tipos que algunos creen solo están ahí para apagar incendios y quemas forestales. Apenas en lo que va de este año, los bomberos respondieron 232 llamados de hombres, mujeres, niños, ancianos que estuvieron en riesgo de morir en alguna esquina de la ciudad. Aún así, cada vez que llegaron, el gesto de los fisgones fue igual: las caras largas, las bocas estiradas, las cabezas balanceándose de un lado a otro reprochando la supuesta tardanza. ¿Quiénes son esos paladines de overol que en cosa de minutos dejan de ser villanos de la lentitud para convertirse en héroes celebrados? ¿A qué dedican sus días cuando el fuego no es una urgencia? ***Ricardo Ramos, comandante del operativo de rescate del pasado miércoles, lleva 35 años salvando vidas. Su historia como bombero parece salida de una de esas películas donde los sueños se hacen realidad: de niño vivía a unas casas de la estación de La Alameda, así que cada que pasaba por ahí, caminando de la mano de su mamá, se imaginaba un día vestido de casco y botas, desenrollando mangueras kilométricas. A veces entraba a la estación y saludaba a esos tipos que él entonces veía tan gigantes y les pedía permiso para ver de cerca sus carros ataviados de escaleras y canastillas. A veces, cuando pintaba su futuro en algún trozo de papel, entre montañas verdes y soles sonrientes, él aparecía por ahí, también feliz, echando agua sobre una llama amarilla.Como un milagro, los dibujos infantiles a veces son pronósticos acertados que predicen en garabatos lo que será la vida de sus autores: a los 58 años, sentado en su oficina de la estación de la Avenida de las Américas, el sargento es un tipo sonriente. Afuera, el sol estalla en carcajadas sobre la gente que a las tres de la tarde intenta caminar sobre el asfalto hirviendo. Ramos es alto, de brazos largos, el cuerpo robusto, la cabeza blanca. Hay algo de bonachón en todo él. Si no tuviera ese trabajo, seguro podría vestirse de Santa Claus y cargar niños en los centros comerciales cada diciembre. Pero los bomberos no pueden tener barba, dice mientras enseña una de las máscaras que utilizan para protegerse de gases y humo: el vello facial impide que la máscara se adhiera al rostro. La pulcritud de los socorristas es también cuestión de vida o muerte. Santa Claus nunca podría ser bombero. El sargento, en su escritorio, no deja de sonreir.Asuntos como el de la barba son apenas una pequeñez entre todas las cosas que la gente desconoce del trabajo de esos hombres. Además de apagar incendios en casas, edificios y lomas, los bomberos también deben atender accidentes de tránsito, auxiliar gente encerrada en ascensores, dar primeros auxilios, levantar árboles caídos, evitar suicidios, bajar gatos de los árboles, rescatar perros caídos a los caños, recuperar cuerpos en el río, asistir partos. Para todo eso los llaman. Todo aquello que aparece en esos dibujos infantiles donde ellos resultan héroes capaces de cosas impensadas, de alguna manera, como predicción cumplida, ocurre en la realidad. El sargento primero John Fitzgerald Rodas, coordinador del departamento de Telemática, tiene una lista: entre enero y agosto, los bomberos de Cali atendieron 75 fugas de gas, evitaron 7 suicidios, auxiliaron a 41 enfermos, rescataron 136 animales, levantaron 63 árboles y postes caídos, limpiaron 13 derrames de líquidos inflamables regados en las calles y conjuraron 288 ataques de abejas.John Montenegro, bombero voluntario hace tres años y experto en rescate de alturas que también participó en el episodio del pasado miércoles, cuenta de gente que incluso los llama porque se quedó encerrada en el baño. Una vez, por ejemplo, él tuvo que atender la urgencia de un niño al que se le quedó atascado el bizcocho de un inodoro en la cabeza. El pequeño, jugando con la tapa como si fuera un sombrero, de un momento a otro terminó con el redondel atorado y su mamá no pensó en nadie más que en los bomberos para aliviar la urgencia de su hijo. Gracias a ellos, hoy ese chico vive limpio de traumas a la hora de entrar al baño.Montenegro es bombero por culpa de su papá, que es bombero hace 25 años. Así que cuando estaba pequeñito, nunca faltó un carro de rescate envuelto en papel regalo cada noche de Navidad. Montenegro, de 28 años, se gana la vida como asesor de riesgos y es bombero voluntario en su tiempo libre. Un bombero de planta se gana en promedio un millón de pesos, pero los voluntarios no reciben dinero. Montenegro, también un tipo sonriente, dice que su pago es la satisfacción de la gente, las caras felices de los rescatados, los aplausos que se escuchan al final. En Cali hay 480 bomberos. 320 son voluntarios.Aquello de la satisfacción y el pago consignado en gestos amables, dice Montengero, no es poesía del rescate: hace cinco años él atendió un llamado de urgencia en el corregimiento de Golondrinas. Cuando llegó hasta allá arriba, se dio cuenta de que la emergencia era la de una mujer a punto de dar a luz que no alcanzaba a ser trasladada hasta la clínica. A través del radio, Montenegro se conectó con un médico del Hospital Universitario y atendió el parto. El agradecimiento de esa mamá, cuenta él ahora elevando sus ojos quizás hacia la montaña, es un tesoro que nadie alcanza a dimensionar. Y así como él está Forero, que también tuvo que atender un parto en El Realengo. El niño nació en la máquina y ahora ese hombre que algunos chiflan cuando creen que llega tarde a conjurar una emergencia, es el padrino del nene. Forero, cada que puede, sube hasta la invasión a dejarle ropa, juguetes, leche. La mamá del niño agradece con ojos brillantes cada que ese héroe de overol ayuda a mitigar el incendio de su pobreza.Los bomberos también deben luchar contra la chispa de los bromistas. A veces, cuenta el sargento Ramos, reciben llamadas de chicas que les piden vayan corriendo a apagar su fuego interno. En algunos casos los chistes no se quedan solo en llamadas: hay gente que inventa pequeñas tragedias domésticas para hacer que los bomberos lleguen hasta sus casas y al abrir la puerta lo que se encuentran son mujeres desnudas, ansiosas de recrear con ellos una escena del cine triple X. Y también están las exageraciones: hace apenas unos meses el teléfono de la estación de Las Américas estalló en gritos de una señora que juraba ser acechada por un monstruo gigante. Cuando llegaron a su casa, el bicho que amenazaba con matarla era un murciélago que cabía en una mano. No contenta con que lo retiraran de su cocina, la mujer exigió que se llevaran el animal fuera de su barrio para que perdiera el camino y no pudiera regresar a vengarse. Para algunos, los héroes de overol son también cazadores de vampiros. Este año los bomberos de Cali han recibido 99 falsas alarmas.Albeiro Gómez, de 45 años, fue otro de los hombres que participó en el rescate de los obreros que quedaron colgando del andamio. Gómez lleva 17 años como bombero y tiene 2 hijos. Sentado una banca de la estación de Las Américas, Gómez dice que en medio de todo estos han sido meses tranquilos. Y seguramente lo son, luego de las emergencias que por incendios forestales debieron sortear casi todas las semanas del 2012. Aun así, en lo que va de este año, ya han tenido que conjurar 370 incendios en zonas rurales y otras 364 conflagraciones en casas y edificios.La tranquilidad de la que habla Gómez tiene que ver, también, con la experiencia de un bombero que sobrevivió a la guerra de los carteles del narcotráfico. En ese tiempo, cuenta el sargento Ramos -finales de los 80, mediados de los 90- él y sus compañeros mantenían las ocho horas del turno con el uniforme puesto porque las emergencias no daban tiempo. Ramos habla de muertos destrozados por las bombas, niños achicharrados, vendedores de dulces elevados por las ondas explosivas de los que apenas quedaban los zapatos. Cuando los bomberos llegaban a sus casas, los radios de comunicación eran entonces extensiones de sus cuerpos. Prótesis que en las noches descansaban sobre sus almohadas, a veces al lado de esposas e hijos. Ramos, por primera vez, deja de sonreir.Son las cuatro de la tarde y ahora, sobre su escritorio, hay servida una taza de aguadepanela acompañada de pan y una tajada de queso. Mientras se pueda, dice el Sargento, mientras los teléfonos no estén sonando, mientras no haya una emergencia en curso, esa comida a la mitad de la tarde es un ritual: nunca se sabe qué tan larga vaya ser la noche; nunca se sabe a qué hora va a terminar. Detrás de la oficina de Ramos hay un mural, tapado ante los ojos de la gente por los carros de rescate allí parqueados. Sobre la pared, Cali se ve al fondo, de noche, dormida. En un extremo aparece la estatua de Sebastián de Belalcázar y al otro lado dos bomberos cubiertos por una leyenda: nuestra ciudad descansa tranquila. El sargento Ramos muerde el primer trozo de pan.

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