Los pequeños dramas de las mujeres motociclistas en Cali

Los pequeños dramas de las mujeres motociclistas en Cali

Mayo 15, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Adolfo Ochoa Moyano / El País
Los pequeños dramas de las mujeres motociclistas en Cali

Según algunas mujeres, el peso de los bolsos hace que sea muy complicado conducir las motos y que eso causa, a veces, accidentes.

Cali es la ciudad de Colombia con más mujeres andando en moto. Crónica de tacones partidos y maquillaje arruinado.

La cifra no puede ser más contundente: 80.000 mujeres en Cali se movilizan en moto. Eso es la cuarta parte de todos los usuarios que utilizan el sistema integrado de Transporte, MÍO, en la ciudad. Eso es el cupo completo del Parque Simón Bolívar de Bogotá en noche de concierto. Eso hace que esta sea la ciudad con más mujeres andando sobre motocicletas en toda Colombia.Y aunque parezca que con sólo ese dato se puede deducir que la moto es la reina de los vehículos (en Cali hay 350.000) la verdad es que esas 80.000 mujeres que tienen moto porque se tanquea barato, porque es fácil de adquirir, porque es sencilla de manejar, están sometidas a una vida cotidiana llena de pequeños dramas que, vistos de cerca, son verdaderos galimatías que escapan al ojo desprevenido.Lorena, una abogada caleña sabe que su vida sería más simple si vendiera su Honda BIZ 125 modelo 2007 de color rojo, todo porque evitaría, por ejemplo, que cuando hace el pare en un semáforo, algunos hombres le griten piropos de calibre tan grueso que harían sonrojar al Marqués de Sade. O porque, como le ocurrió una vez, se ganó un escolta morboso: un hombre a bordo de una camioneta de estacas la encontró tan atractiva montada en su moto, que decidió seguirla por varias cuadras hasta que ella tuvo que parquear frente a un hotel bastante lejos de su casa presa del pánico y desde allí llamar a su novio para que fuera por ella.Pero, frente a otras tantas vicisitudes, esa es apenas una anécdota. Lo cierto es que para Lorena, la abogada; Mábel, una terapeuta del lenguaje y Paola, una chef madre de dos pequeños de 1 y 5 años, tener moto ha implicado un cambio en sus vidas cotidianas y hasta en su economía.Lorena cuenta que desde 2009, cuando compró su moto, la lucha ha sido en contra de su innata vanidad femenina: el casco, estilo cross para proteger mejor su rostro, hace que sude copiosamente cada vez que conduce de su casa al trabajo o viceversa. El problema es que el maquillaje que usa termina pegado a las paredes del casco, y su rostro, lejos de estar a su gusto, es una máscara de polvo que tiene que lavarse cada que entra a su oficina.Por eso, en su paquete de gastos tradicionales debe incluir jabones, cremas humectantes y doble kit de maquillaje porque debe volver a arreglarse cada que llega a su lugar de trabajo. Y eso además implica que tenga que levantarse más temprano cada mañana para poder encerrarse en el baño de la empresa y así estar perfecta antes de que empiece su jornada laboral diaria.Eso mismo le ocurre a Paola. Ella usa otro tipo de casco. Uno que no le tapa la cara así que cada vez que acelera, el viento seca sus ojos y las lágrimas hacen surcos en sus mejillas sobre el rubor. Además, cada vez que usa labial, el polvo que se levanta en las calles se le pega, haciendo que se forme una oscura capa de brillo y mugre en su boca.Pero, ella ha aprendido a vivir con eso. Lo que realmente ha significado una suerte de tragedia para ella es cambiar radicalmente su forma de vestir. Paola se define como “una freak (fanática) de las faldas y los vestidos”, prendas que ahora adornan solamente su clóset o las curvas de alguna amiga porque su moto la obliga a usar sólo jeans o pantalones.Se trata de seguridad. Ella cuenta que una vez conducía por la Autopista Suroriental cuando una ráfaga de viento levantó su falda. En una reacción inconsciente, quitó una mano del manubrio de la moto para cubrirse, pero lo hizo con un movimiento tan violento que casi se cae en medio del tráfico.Desde entonces decidió que su ropero debía cambiar. Lo mismo dice Mábel, la terapeuta. Ella cuenta que a veces tiene que cargar toda una muda de ropa en el bolso para cuando va a eventos familiares con su novio, porque teme que le pase un cacharro.Y de los zapatos ni hablar. Las tres mujeres aseveran que el peor enemigo de los tacones altos es el cala pies. Lorena admite que prefiere arreglarse las uñas de los pies tres y cuatro veces al mes para salvar sus zapatos del trágico final que le proporciona la moto: los parte, los pela, le revienta las tiras.Por eso, cada vez que llueve en Cali, no es raro verla vestida impecable pero con sandalias que apenas si combinan con su atuendo porque es preferible gastar $24.000 mensuales en sesiones de arreglo de uñas que reemplazar calzado en menos de lo que dura el tanque de gasolina lleno.Pero, no sólo eso es un gasto para estas chicas motorizadas. Lorena gasta cada mes $80.000 en bloqueadores solares para proteger su piel, expuesta todo el tiempo a rayos ultravioleta.Y perfumes. Ese sí que es un gasto, cuenta entre risas. El humo de los buses y de otros vehículos se impregna en la ropa, dejando, como dice ella, un aroma entre camionero y minero, que no va acorde con su estilo de mujer profesional.Otro pequeño drama para una mujer que siempre quiere verse arregalada es perder sus aretes. Muchas veces Lorena ha llegado al buffete de abogados en que trabaja desde 2007, en el centro de Cali, y cuando entra sus compañeras le dan la mala noticia con esa cara de tragedia que sólo puede significar una cosa: botó uno de sus zarcillos.Un día, recuerda, el casco le costó una pelea con su pareja. Cuando se lo quitó, éste se enredó con unos aretes que su novio le había regalado en un aniversario y casi le abre el lóbulo a la mitad. Por supuesto, tuvo que ir a un centro de salud a que le curaran la herida que sufrió y los adornos fueron a parar a la basura. Resultado: pelea porque su enamorado pensó que el presente no fue de su gusto.Las calles salvajesTodos los problemas de belleza que derivan para una mujer que decide conducir una moto palidecen al lado del suplicio que es conducir en las calles de Cali.Varios secretarios de Tránsito de esta ciudad han coincidido en que quienes peor conducen son, precisamente los motociclistas.Las tres mujeres dicen lo mismo: ellas dicen que han aprendido a ser sordas, ciegas y hasta mudas para evitar que los insultos, los gestos obsenos y las ganas de devolver el improperio las afecten.Mábel dice que muchos conductores de bus, por ejemplo, parecen obviar que ellas van transitando en vehículos cien veces más pequeños y les bloquean el paso sin remordimiento alguno.Y ni hablar de los mecánicos. Mábel recuerda que tuvo que delegar funciones de reparación a su novio porque cada vez que ella identificaba un problema de su moto, el mecánico no le prestaba atención. “¡Pero cuando mi novio le dice lo mismo sí le cree!”, acota la chica de 23 años.Pero, al final y pese a los pequeños dramas que sufren ellas al conducir, ninguna está dispuesta a deshacerse de su moto porque, como dicen, en tiempos de igualdad, nada puede ser mejor que sufrir un poco para ganar un poco.Más cifras de interés 10 mil accidentes de motociclistas se presentaron en la ciudad durante el 2010. En total hubo 22.000 colisiones de vehículos. 109 motociclistas fallecieron el año pasado en Cali en accidentes. 6 millones de motos hay en el país, según Asomocol 20 horas al mes en movilidad se ahorra un motociclista. 26% de los motociclistas son trabajadores independientes.

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