Los cuatro sacerdotes más 'sui géneris' de Cali se confiesan

Los cuatro sacerdotes más 'sui géneris' de Cali se confiesan

Marzo 25, 2018 - 07:55 a.m. Por:
Alda Livey Mera Cobo / reportera de El País 
Sacerdotes alternativos

Cuando la gente ve al padre Hernando Alzate, se imaginan que es un rockero o un ciclista como Rigoberto Urán, pero no creen que es un sacerdote carmelita descalzo y doctorado en Teología Moral con énfasis en la obra de la mística Santa Teresa de Jesús.

Raúl Palacios / El País

Por su pinta lo desconoceréis. Esa es la frase que mejor define al padre Hernando Alzate, que parece más un rockero, que un sacerdote carmelita descalzo.

Esa es la razón por la que en la calle le piden autógrafos, en los aeropuertos lo retienen, en algunas casas le impiden entrar, pero en el altar atrae muchos jóvenes a la Iglesia Católica. Y no solo por su pelo largo, que lleva suelto o con cola; por sus tatuajes en sus biceps y en sus muñecas, por sus camisetas ceñidas y jeans rotos y ajustados, sino por sus mensajes de espiritualidad muy bien fundamentados.

Solo los ornamentos sacerdotales disimulan un poco su apariencia de
rockstar cuando el padre Alzate sube al púlpito del Templete Eucarístico a celebrar misa. Pero jamás viste sotana ni lleva clériman y cuando se ha cortado el pelo, siente que le falta algo y hasta los feligreses le preguntan: ‘Ay padre, ¿¡qué le pasó!?’, dice soltando una sonora carcajada.

Él insiste en que ‘la pinta es lo de menos’ y lo importante es que siempre trata de dar lo mejor de sí, de ser mejor persona, mejor ser humano, mejor sacerdote, pero que ni con vestirse de negro ni lucir el clériman lo logrará. Mas bien plantea que lo que hace es prepararse bien y estudiar.

Y a fe que lo ha hecho. Es licenciado en Teología Moral de la Universidad Lateranense de Roma, con doctorado de la Universidad de Comillas de Madrid, y está a punto de recibir otro doctorado en bioética en la Universidad Complutense de Madrid.

Es que si algo reclama, es valorar más a los feligreses. “Muchos sacerdotes caen en el error de creer que los fieles no piensan y no es cierto; por eso los curas decimos tantas bobadas desde el púlpito, hay mucho cura diciendo tonterías. No, la gente hoy lee, se informa y muchos entran a la sacristía después a confrontar lo que uno dijo en la homilía”, confiesa el padre Alzate.

Recuerda siempre a un profesor que les enseñaba que el sacerdote tiene una ventaja y es que siempre tiene público, sin necesidad de hacer campaña. De ahí que él piensa que la responsabilidad del sacerdote es dar lo mejor, educar a la feligresía y valorarla en su búsqueda, acogiéndola con respeto, dice este docente que viaja mucho dando cátedra de espiritualidad a otras órdenes religiosas, a seminaristas y en universidades.

Sin embargo, cuando pasa por migración ya no se presenta como sacerdote sino como profesor. Lo hace desde que en México se identificó como cura, la funcionaria de turno lo miró extraño, llamó a la Policía y lo retuvieron durante tres horas mientras confirmaban si era o no un religioso.

Otra vez, en un aeropuerto en España, una chica le dijo señalando a otra joven: “Es que mi amiga le gusta mucho tu música, pero le da pena hablarte, que si por favor le das un autógrafo”. A lo que él respondió: “Ah, claro, con mucho gusto” y le estampó una firma en el papel, pero nunca supo con qué rockstar lo confundieron, porque no sabe nada de rock.

A él ni le gusta ni lo escucha, ni toca guitarra, aclara, aunque cuando despliega su amplia sonrisa, tiene la melena alborotada y camina con su figura atlética, ya que hace deporte, su parecido con Mick Jagger es innegable. Y en Colombia también lo confunden con el ciclista Rigoberto Urán hasta por su acento apaisado y tono descomplicado.

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Su devoción no es el rock
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El padre Alzate, siempre de jeans ajustados, desflecados y hasta con rotos.

Raúl Palacios / El País

Lejos de las estrellas de rock, su admiración y devoción es por Santa Teresa de Jesús, quizás porque el colegio donde estudió se llamaba así y cada año participaba de la fiesta en honor de este ícono de la mística y la espiritualidad cristiana. Creció en una familia católica como es habitual entre los paisas, en Argelia, Antioquia, pero jamás tuvo inclinación religiosa.

Su vocación sacerdotal no se la explica porque “yo nunca fui a buscarlo”, salvo que él cree que “Dios también hace locuras”, dice dejando escuchar de nuevo su límpida carcajada. Es más, estudió veterinaria –tuvo novia en la Universidad– y cuando ya estaba en prácticas, una hermana que estudió con las carmelitas misioneras, le pidió que la acompañara a un encuentro. Él fue, pero regresó y se graduó.

Luego, el director vocacional lo invitó a una convivencia en Villa de Leyva. Asistió y tampoco pasó nada. Pero al tiempo, se lo encontró en el pueblo y al mes, ya estaba en el Seminario. “Yo tenía 20 años, entramos 17 postulantes, algunos ya habían hecho proceso vocacional, cuatro se ordenaron sacerdotes diocesanos y solo yo ingresé a la orden Carmelitas Descalzos”, recuerda.

¿Por qué su mensaje cala en los fieles? Sencillamente porque rompe el esquema. No solo el del sacerdote de zapatos y sotana negros y clériman o alzacuello. También el del discurso, porque sus homilías parecen más una cátedra universitaria que un sermón. En una de esta semana concluyó: “El ser humano tiene nostalgia de cielo, nostalgia de paraíso, nostalgia de Dios”, para sensibilizar que por más que nos atraigan los encantos mundanos, al final siempre anhelamos esa dimensión espiritual que a veces esquivamos.

Claro que no a todos les encanta su estilo ‘sui generis’. El rector de una de las universidades de Medellín donde enseñó, le pidió vestir de negro. Pero él le respondió que si había alguna objeción por su labor como profesor, la aceptaba, pero no por su imagen. “¿Dónde están los corruptos?”, cuestiona: “Vestidos de cuello blanco y corbata”, se responde para significar que el empaque no garantiza ser mejor ni peor.

Así se explica sus diez tatuajes: los nombres Javier y Rubiela, sus padres, en una muñeca, y los de Santa Teresa y San Juan, en la otra. No podían faltar poemas de Santa Teresa de Jesús, obra sobre la que versó su tesis doctoral. “Para vos nací, qué mandáis a hacer de mí”, reza su cuello. En otro ora: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta”.

Pero como él dice, los tatuajes son como las papitas fritas, enviciadores. Entonces luce otros de animales como el águila o la pantera, que representan libertad; o la mariposa, símbolo de la transformación mundana a la mística en la obra de Santa Teresa.

Le encanta oficiar la misa dominical al mediodía en Premier Limonar, porque va mucha gente y todos escuchan atentos. “Es como una parroquia que ya quisiera cualquier político”, dice riendo de nuevo. Pero todos no comulgan con sus hostias: ya identifica a una señora que apenas lo ve, sale corriendo como si viera al mismísimo diablo, reconoce. También un día lo mandaron a llamar para poner los santos óleos a un enfermo, pero cuando llegó no le dejaron entrar: no creyeron que él era el cura.

Pero en un año que lleva de vivir en Cali, ha quedado gratamente sorprendido con la respuesta de los caleños en El Templete. Haber encontrado 19 grupos pastorales, 80 ministros comprometidos y consagrados a servir en la parroquia y a la comunidad, le habla muy bien de que la gente sí está en la búsqueda de Dios. “La gente quiere formación, busca la mística y la espiritualidad”, admite.

Y ya lo siguen mamás que le dicen: ‘Ay padre, le voy a traer a mi hijo, él es como usted, seguro que con usted sí habla”. Y ya ha tenido varias experiencias positivas de ese tipo. Por ello, en su apostolado enfatiza que es importante que agilicemos más la ceremonia religiosa y seamos menos acartonados, porque la gente busca un discurso distinto, dice el padre Hernando Alzate, quien admite que tiene ciertas rebeldías, pero “no siento que me haya equivocado, este era mi sitio y aquí soy profundamente feliz”, dice.

Vinieron de Kenia y lideran la Pastoral Afro en Cali y Valle
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Los padres Kiptum Too (izq.) y Venancio Mwangi Munyiri (der.), ordenados en Nairobi, Kenia, llevan más de diez años en Cali. Aquí, frente al mural fruto de la tesis de grado de una egresada del diplomado de la Pastoral Afro.

José L. Guzmán / El País

Kiptum Too vino a saber que era negro cuando llegó a Colombia. En Kenia, su país de origen, todos son negros, por lo tanto no hay necesidad de autorreconocerse como tal. Pero cuando aterrizó en Bogotá y vio que no había más personas como él en varias cuadras a la redonda, entendió su nueva realidad.

Realidad muy distinta a ese dato histórico que le habían enseñado en su país: que muchos africanos fueron esclavizados en América y no más. Pero ver y sentir en profundidad las huellas de ese desarraigo violento, de esa experiencia esclavizante, fue impactante para este sacerdote del Instituto Misioneros de la Consolata.

“En Nairobi nunca me reconocí negro, pero cuando vi aquí que el afro está en la periferia, no solo de la ciudad, sino en la periferia social, eclesial, me impresionó”, dice el padre Too.

El padre Venancio Mwangi Munyiri, también keniata y misionero de la Consolata, comparte este sentimiento en el que ser afro no es algo automático, pues siendo africano, fue una novedad para él ver a sus hermanos de etnia en proceso de resistencia, de emergencia y de resignificación de su identidad. “Es como volver a nacer. Es cuando el negro ya nace en uno”, enfatiza al decir que venir a Colombia fue una bendición.

Lo dice porque halló una misión en gestación permanente, que “te involucra con el caminar de la gente. Aquí es cuando uno se da cuenta de lo que implica ser negro hoy y lo que falta por lograr”, dice el padre Venancio, coordinador de la Pastoral Afro Americana y del Caribe.

Así la Pastoral Afro de Cali haya sido fundada hace más de 35 años, este par de sacerdotes africanos van más allá de oficiar misa e impartir sacramentos. Además de su labor de evangelización, se enfocan en programas de inculturación de las comunidades afrodescendientes y en acompañarlas en sus proceso de autoidentificación e inclusión.

“Hay que darle respuesta al negro de hoy”, sentencia el padre Venancio con su amplia sonrisa. “No solo es un compromiso pastoral, sino un deber moral, siendo africano”, dice explicando que su misión es dar una mano que ayude a comprender el grito –que aún retumba– de una comunidad que corrió una suerte que bien pudieron correr ellos, solo que nacieron un poco más tarde”.

Por eso la casa de la Pastoral Afro, en la parroquia Cristo Maestro, del barrio Unión de Vivienda Popular, es un viaje al África de sus ancestros y al África que vive en Colombia. Está cargada de símbolos en la que conviven las jirafas con los instrumentos de la musicalidad afro en Colombia: cununos, bongoes, marimbas, y todo eso que los esclavos no trajeron en los barcos, sino impreso en su memoria genética y en su corazón y lo reprodujeron acá.

“La respuesta eclesial es dignificar la persona devolviéndole algo de eso que le arrebataron violentamente”, dice el padre Too. Por eso la Pastoral Afro tiene escuela musical para niños y jóvenes, donde ellos mismos fabrican sus instrumentos tradicionales y para la venta. 200 niños de Cali, Yumbo y Buenaventura en formación para liderazgo, con énfasis en identidad, inclusión y participación. Poseen también un blog, una página web y una emisora de transmisión interna. Y un diplomado con 80 egresados en acompañamiento de procesos comunitarios afro e indígena.

Un banquete de la fraternidad afro, en el que personas de esa etnia que tienen recursos económicos ayudan a los de su etnia que carecen. “Tratamos de tender puentes entre la abundancia y la escasez”, comenta el padre Venancio.

Con estas y otras obras, ambos sacerdotes venidos de África sienten que cumplen la misión que asumieron cuando atendieron el llamado divino. El padre Venancio siempre sintió un deseo profundo de servir a la humanidad y en el sacerdocio católico dice que encontró la mejor opción. “No se trata solo de ayudarlos, sino que desde la espiritualidad se puede hacer esta misión más a fondo porque es un apostolado por la dignidad de la persona y sobre todo, por los más necesitados”, explica este hombre que desde niño fue un buen acólito en el que caló la llegada de los misioneros a su tierra y sus testimonios.

El padre Too, en cambio, confiesa que él no nació en la sacristía ni en el patio de la casa cural, mientras ríe con amplitud. Él era pastor, pero en el campo, donde pastoreaba animales. Trabajó como enfermero de Acnur, la ONG que ayuda a los refugiados. Atender a las víctimas de la guerra en Ruanda fue una experiencia que le tocó la fibra.

Sin embargo, cuando ya construyó su casita, su abuela quiso encontrarle una buena esposa, y así ser aceptado en el Consejo de Ancianos del pueblo. Pero él decidió elegirla por sí mismo y pensó en tres opciones: en el mercado, los miércoles, pero él no tenía nada qué comprar ni vender; en las fiestas, pero no había muchas, y en la iglesia. Optó por esta última y conoció una chica. Le dijo que le escribiría una carta y acordaron que se la entregaría en el saludo de la paz.

Al intentar escribir, no contento con el resultado, quiso buscar en revistas palabras rebuscadas para impactar a la chica. Pero encontró un aviso que decía: Misioneros de la Consolata, quien desee participar, escribir al director vocacional. Así que esa noche la misiva que escribió no fue romántica, sino para el director de la Consolata. Las cartas iban y venían hasta que lo invitó a una reunión y se decidió por el sacerdocio, porque siempre lo movió la filantropía. Tres años después se encontró a la chica, quien le reclamó: “Tú eres un mentiroso, nunca me escribiste”.

Con lúdica lleva el mensaje de Jesús
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El sacerdote Manuel Felipe Forero se inclina por la homilía vivencial y experiencial, para que los fieles sientan la palabra de Dios en toda su dimensión.

Jorge Orozco / El País

La escena parece de una obra de teatro. El protagonista pregunta: ¿Quién no aprendió a aplanchar ropa?, salga acá. Va un joven. ¿Quién no aprendió a montar bicicleta? Sale una señora. ¿Quién es malo para los remedios caseros? Sale un señor.

Entonces el protagonista llama: alguien que le enseñe a él a aplanchar, mientras de atrás salen unos asistentes con la mesa, la plancha, un cable para conectarla y una camisa. Va una señora y le da el tutorial de aplanchado al joven. Luego llama a dos personas que lleven a la otra señora por todo el pasillo central en una bicicleta, que ya tenía lista. Y finalmente, saca dos vasos con cristales de sábila e invita al tercer voluntario a tomar este remedio casero, acompañado por él, que se toma el otro vaso.

El protagonista de la escena es el padre Manuel Felipe Forero, un caleño formado en el Colegio San Francisco de Asís y en el Seminario Mayor de Cali. El escenario es el altar principal del Santuario de la Divina Misericordia, en el barrio El Pondaje, donde una misa dominical o un lunes de la devoción de la Divina Misericordia, puede reunir unas 3000 personas, 1200 sentadas adentro, y otras 1800 en los pasillos laterales y la plazoleta frontal. La feligresía es tanta, que hay emprendedores que llevan sus chanas llenas de sillas para alquilar.

El mensaje que el padre Felipe, como lo llaman, quiere dejar en los fieles es que en la vida siempre hay situaciones difíciles que tenemos que enfrentar, pero que no estamos solos, siempre hay alguien que nos puede ayudar y es la presencia del Señor que está ayudándonos a superarlas, explica el religioso.

¿Qué lo motiva a hacer esa puesta en escena en plena homilía? La respuesta es simple: llegar a la gente. Su gran preocupación es que ese mensaje tan bello de la Biblia se quede allí, y la gente no lo entienda.
Dice que en semana “se cranea” cómo darle vida al Evangelio; “qué me voy a inventar” para que el mensaje de Jesús cale en esas 3000 almas que le llegan en busca de la palabra de Dios.

Y para esa misión, sus insumos son la lúdica, las dinámicas y las simbologías. Para ello no es sino mirar la vida de Jesús y encuentra que está llena de signos, de metáforas y de parábolas. Entonces, ¿porque no seguir su ejemplo hasta en su estilo?

Por ejemplo, el Día de los Esposos, llama al altar a tres parejas e invita a que cada esposa diga qué le admira, qué le agradece y que le diga algo bonito a su marido. En ese ejercicio, hay espontaneidad, salen expresiones conmovedoras o graciosas y hasta declaraciones de amor y eso emociona y deja sensaciones y reflexiones en cada quien.

En otra Eucaristía reparte fósforos y los hace encender, como metáfora de su vida. Cada quien observa que el fósforo se consumió y el mensaje es ese, que si obramos con la llama encendida, es dar la vida por lo que hacemos, que nos gastemos, nos consumamos dando lo mejor de cada uno, argumenta este protagonista de la vida eclesial.

Todo esto lo hace, con un lenguaje sencillo, pues lo primero que hace es traducir las palabras rebuscadas y evitar los tecnicismos teológicos que la gente no comprende, comenta. Y también le pone ritmo a sus celebraciones, pero música del contexto. “La música es importantísima, pero no podemos seguir con las mismas piezas de la música clásica –sin menospreciar su valor artístico–, sino, ¿para qué los músicos cristianos que tenemos hoy?, cuestiona.

Otra de sus innovaciones es que él se sale del libreto ceremonial. Por ejemplo, en el acto penitencial, se enfoca más en el perdón y en la oración para lograrlo. Por ejemplo, pide reflexionar sobre en qué nos equivocamos esta semana como padres, como esposos, como hijos, como compañeros de trabajo. O jamás lee la serie de peticiones previstas para la oración de los fieles; el padre Forero las hace pidiendo por la familia, por el país. “No hago nada extraordinario. Solo que le resto la parte mecánica y la hago más vivencial”, comenta el clérigo.

Su estilo le ha granjeado el cariño de muchos feligreses, que lo siguen desde que le tocó ir a fundar y construir la parroquia Juan Pablo II, en el barrio Valle del Lili. Y también construyó una gran feligresía con este carisma de la innovación católica que atrae cada día más personas a practicar la fe.

Más

Arquidiócesis tiene en Cali más de 150 parroquias, donde los sacerdotes hacen su labor apostólica y evangelizadora y la Pastoral social para las comunidades necesitadas.

El padre Felipe Alvarado, de la parroquia La María, (Pance), ha incorporado las nuevas tecnologías a la homilía, que hace con proyección en power point y se apoya con el celular.

El padre Juan Sebastián Zuluaga renovó la feligresía de la Ascensión del Señor, barrio Tequendama.

El sacerdote Guillermo Segundo Jiménez es muy solicitado en la parroquia de San Nicolás, un barrio más comercial que residencial.
Al clérigo Diego Fernando Gaspar, de la parroquia San Juan Eudes, la comunidad lo reclama cada que lo van a cambiar, porque es cercano a ella.

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