Lo que Uribe hizo en su primer período fue muy corajudo: Malcom Deas

Agosto 01, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal
Lo que Uribe hizo en su primer período fue muy corajudo: Malcom Deas

Profesor Malcom Deas, de los más connotados ‘colombianólogos’.

El profesor Malcom Deas, de los más connotados ‘colombianólogos’ hace un análisis de la situación del país, tan profundo como divertido. Una visión criolla desde Oxford.

Alfonso López Michelsen, que le rendía culto a la inteligencia y al sentido del humor, describe a Malcolm Deas, autor de ‘Del Poder y la Gramática’: “parece un profesor distraído, arrancado de una novela del siglo pasado. Pero es un historiador de veras. Dios sabe por qué razón acabó interesándose y especializándose en Colombia hasta convertirse en una autoridad sobre nuestro Siglo XIX. Bien hubiera podido escribir un texto completo de historia, o al menos, la biografía completa de alguno de nuestros hombres públicos, pero ha preferido escribir ensayos breves sobre los rasgos más salientes de nuestra gente, y de esta suerte sus observaciones no solamente son amenas sino hasta divertidas. ¿Qué decir, por ejemplo de su hallazgo con respecto al estudio sobre el consumo de la coca que, según Deas, tuvo por precursor ni más ni menos que al doctor Rafael Núñez?”. Malcolm Deas vino por primera vez a Colombia a finales de 1963, se enamoró del país, y desde entonces sus visitas han sido frecuentes y continuas. Fue cofundador y director del Centro de Estudios Latinoamericanos de Oxford y ha publicado libros numerosos artículos y ensayos sobre los más diversos temas colombianos. En octubre de 2008 el presidente Uribe le otorgó la nacionalidad colombiana. Un capítulo de su libro, ‘Una tierra de leones: Colombia para principiantes’, refleja la perspicacia y el sentido del humor del profesor británico: “Hacia 1890 gobernaba a Colombia Rafael Núñez. Este estragado y viejo intelectual, converso reciente de los lupanares de Liverpool –había sido Cónsul allí- y del liberalismo, ejercía su influencia desde una ventilada glorieta sobre la playa, cerca de Cartagena. La tarea de gobernar en Bogotá se la había dejado al ultramontano gramático, pedagogo, traductor de Virgilio y polígrafo, Miguel Antonio Caro, quien en el curso de una larga vida, según se dice, no sólo jamás se preocupó por ver el mar, sino que se propuso no ir a mirar el Río Magdalena. Bajo las ondulantes palmeras, Núñez leía The Economist, La Revue des Deux Mondes y cosas de esa laya –también se interesó por los documentos de Freud sobre el uso de la coca-, provenientes de todo el mundo, como cualquier ex presidente colombiano hoy, en las Islas del Rosario.Era poeta, además, y cualquier día acogió con delirante entusiasmo a la naciente estrella del primer ‘boom’ literario de América Latina: el joven genio nicaragüense Rubén Darío, y resolvió designarlo Cónsul Colombiano en Buenos Aires. Caro recibió el mensaje telegráfico y dejó de “violar a las musas y de perseguir a los liberales” para comunicarse con Darío, quien manifestó su gratitud en un desastroso soneto que comienza con el verso: “Colombia es una tierra de leones”. Darío conocía poco el país. No hay leones en Colombia”.Profesor Deas, usted vino a Colombia cuando tenía 22 años. ¿Ya había trabajado en Inglaterra?Yo nunca he trabajado. Risa. No, la verdad es que soy un hombre inocente, ignorante, al que generalmente le dan un trabajo académico, que sí es trabajo. Enseñar y escribir es trabajar y la evidencia de eso es que después de hacerlo uno debe sentirse cansado. Si no, no ha trabajado en serio.¿Por qué vino a Colombia?Desde joven he pensado que uno debe viajar y ver el mundo. Cuando me gradué pensé en venir al occidente y no al oriente y vine aquí por una especie de impulso. Desde chico quería conocer América Latina. No sé por qué.¿Ya conocía algún colombiano antes de venir al país?Sí, a Alberto Lleras que después de su gobierno llegó a la Universidad de Oxford. Como yo era el único que sabía dónde quedaba Colombia me pescaron para atenderlo. Recuerdo que la figura de Lleras era completamente opuesta a la de una imagen vulgar de un presidente latinoamericano. Hablaba un inglés perfecto y era muy elegante.¿Cómo lo recibió Bogotá?La Bogotá de 1963 no era ninguna ciudad romántica de una tierra que había sido española. Un amigo, el antropólogo Gerardo Reichel Dolmatoff, me contó después que André Siegfried, un intelectual francés, le había dicho que viniera a Bogotá “una ciudad llena de patios maravillosos y de árboles de limón”. El pobre Gerardo no encontró patios y mucho menos árboles de limón! Yo llegué de noche y a la mañana siguiente salí a caminar, en un día gris y lluvioso, por Teusaquillo. No entendí nada: había salido de la gris Londres y estaba paseando por un barrio inglés, ¡en medio de una bruma igual! Risa.Hablaba algo de español?Mi español era muy precario y tampoco había tenido estudios previos porque en mi país América Latina era un libro cerrado. En cierto modo fue una ventaja no tener orientación porque fui formándome paulatinamente mis propias opiniones. Había muy pocos historiadores profesionales colombianos en ese tiempo: Luis Ospina Vásquez, Jaime Jaramillo Uribe, y los jóvenes Hernán Colmenares y Jorge Orlando Melo. Me registré en el Consulado Británico y después me contaron que como escribí profesión Historiador, habían sospechado de mí y enviado un cable a Londres para ver si se trataba del disfraz de algún profesional siniestro. Yo me iba a la Luis Ángel Arango que era una gran biblioteca manejada por Jaime Duarte French. A mí me parece que hoy es la mejor biblioteca de América Latina. Me gasté el cerebro tratando de entender la época de la violencia.¿Cómo se introdujo en ese tema tan arduo?Con el libro de monseñor Germán Guzmán Esponda, Orlando Fals y Eduardo Umaña Luna. Parte del libro de Guzmán me parece todavía muy bueno pero, francamente y sin querer hablar mal de nadie, me sorprendió el ensayo de Fals Borda en el que dice que la violencia es una disfunción. ¿Qué carajo es una disfunción? Sin embargo viajaba y fui captando la realidad de diferentes partes del país y paulatinamente fui aprendiendo a descifrarlo. Confieso que no llegué con temas ni con hipótesis, pero pasados unos años ya tuve demasiados temas y demasiadas hipótesis. Risa.¿De aquella época a entonces ha observado muchos cambios?Los cambios sociales aquí han sido muchos. En Bogotá no había mucho turismo, no existían el Internet ni los celulares y la telefonía era muy costosa. Uno se comunicaba por el viejo cable, en medio de ‘stops’. La ciudad tenía un millón y medio de habitantes y una estratificación más fuerte que ahora. Había una clase media muy distinta, más reducida. También la posición de la mujer ha cambiado radicalmente. La Iglesia entonces parecía mucho más poderosa, pero yo creo que era un espejismo porque recuerdo que mi segunda visita coincidió con el primer viaje a América del Papa Paulo VI, que echó todo un rollo de la Humana Vitae en contra de la píldora. Todo el mundo se arrodilló, se santiguó y dijo que sí, y al otro día todas se agarraron a tomar la píldora. En los años 60 esa gran fachada de la Iglesia Católica se cayó, en parte por la influencia de Camilo Torres que hizo menos presentable el conservadurismo eclesiástico. Además hubo un cambio general muy drástico en los años 60 y la brecha se abrió enormemente. La Universidad de ese entonces era muy reducida en tamaño, bastante masculina, con pocas facultades y casi nada de ciencias sociales. Recuerdo que los debates de entonces se daban sobre lo que llamábamos el ‘cambio de estructuras’ y nadie entendía que era eso. Había ‘grupos de presión’ que eran muy siniestros y que probablemente todavía subsisten.Cuando usted llegó el presidente era Guillermo León Valencia. ¿Lo recuerda?Sí. Era muy accesible. Recién llegado, recuerdo que después de un acto en el Teatro Colón todos pasamos al frente, al Palacio de San Carlos, a una recepción donde él estaba, y entraba todo el mundo. Era muy curioso ver que hasta los choferes de taxi estaban allá. Una de las cosas que me gustan del país es que tiene muy poco protocolo. ¿A cuáles presidentes ha conocido mejor?A López, a Gaviria y a Álvaro Uribe. El presidente López escribió un magnifico prólogo para su libro ‘Del Poder y la Gramática’ donde lo llama “el profesor distraído”.Tuve una magnífica relación con él. Era un hombre de una inteligencia formidable y un historiador. Después de su presidencia lo llevé a Londres porque quiso mirar el archivo de Oxford para investigar sobre la presidencia de su padre. Le serví de escolta y conversamos largamente. Le mandé algunos escritos míos y él me escribió una carta como de quince páginas, de su propia mano, con observaciones muy pertinentes y agudas sobre mis ensayos. Aunque fuera del país era un gran defensor de Colombia, adentro era un gran crítico. Muy mordaz. Decía que el vicio carnal de los colombianos es la autocompasión.¿Usted fue asesor de César Gaviria?Tuve un papel muy modesto de asesor en asuntos de seguridad y defensa, por invitación de Rafael Pardo. Yo había dictado, a fines del gobierno de Barco, una conferencia en la que destacaba que Colombia es un país con grandes problemas de seguridad y nadie estaba estudiándolos. Dije que entender esos problemas era también un deber de los civiles. No digo que los militares sean incapaces de pensar, yo no tengo ese sesgo que aquí es bastante pronunciado, pero pienso que los civiles deben adentrarse en esos temas. Por eso en el gobierno de Gaviria trabajé muy bien con un grupo de civiles y de miembros de las Fuerzas Armadas y de la Policía. Tuvimos también relativo éxito en el análisis de la economía del conflicto y en impulsar reformas en la Policía. Sugerimos el control de armas, recomendamos el control del consumo de licor y realizar esfuerzos para bajar la tasa de homicidios. ¿Cree que a pesar del fracaso del Caguán fue importante abrir en ese momento diálogos con las Farc?En cierto modo, porque el país necesitaba la ayuda de los Estados Unidos. Kissinger en The Prophecy, escribe todo un capítulo sobre Colombia y dice que Estados Unidos no debe meterse en una lucha contrainsurgente en este país y recuerda el síndrome de Vietnam. Por consiguiente la presentación del Plan Colombia tuvo que ser para la lucha antinarcóticos y así poder obtener el permiso militar gringo para el uso de los helicópteros en la lucha contrainsurgente. Creo que era necesario investigar profundamente si era posible llegar a una paz por esa vía, aunque no creo que eso se hubiera manejado siempre con la precisión y discreción necesaria. Pero si el gobierno de Pastrana no hubiera intentado ese camino, la calibración de la realidad no se hubiera dado. El costo fue bastante alto porque cuando no hay una política coherente de seguridad, uno puede hacer una correlación cruda entre esfuerzos de paz mal, o imperfectamente manejados, con las alzas y bajas del paramilitarismo. Luego vino Uribe con su proyecto de Seguridad Democrática, que indudablemente cambió el país.Sí, hay que reconocer también que con todos los problemas que tiene el país, la policía colombiana tiene un prestigio más alto que en el promedio de la región. Lo mismo ocurre con el Ejército. El presidente Gaviria dio un paso necesario al nombrar un ministro de defensa civil, no porque los militares sean incapaces sino porque un ministro militar no puede ser vocero de la misma institución de la que hace parte. Imagínese cómo hubiera sido difícil manejar las coyunturas ocurridas desde entonces bajo el mando de un ministro de defensa militar. ¿Se justificó, o no, la reelección de Uribe?Estamos muy cerquita a ese período y, como vemos, hay una fuerte reacción antiuribista. Me parece que lo que Uribe hizo en su primer período fue muy necesario y muy corajudo. Creo que la gente no entiende muy bien la estrategia de la Ley de Justicia y Paz. El mensaje de Uribe a los paramilitares indicaba que cuando llegara a la Presidencia tendrían que desaparecer, porque pondría a actuar a la fuerza pública. Claro que después viene ese proceso tortuoso de Ralito, un juego de ajedrez que termina con que Uribe primero ubica a los jefes paramilitares, que salen en la prensa y se presentan en el Congreso, después los restringe, más tarde los pone en la cárcel y luego los extradita. Recuerdo que muchos críticos decían que le iban a poner conejo, pero yo nunca lo creí porque el presidente Uribe tiene una inteligencia política excepcional. Ahora existen las Bacrim y hemos tenido la parapolítica, pero me parece que el país está mucho mejor que antes. creo que los políticos colombianos cuerdos van a escoger otros caminos para hacerse elegir.¿Cómo ve la administración Santos?El presidente Santos ha hecho propuestas muy audaces que están sobre el tapete y que ojalá conduzcan a una progresiva pacificación del país y a una seguridad paulatinamente mejorada. Una de las críticas injustas que le hacen a Uribe es que supuestamente dijo que el problema de los paramilitares había llegado a su fin. Nunca lo dijo. Uribe no fue complaciente frente a este problema que sigue produciendo violencia, que restringe la agenda, y que distorsiona los gastos y la agenda política. Con este gobierno está sobre el tapete el futuro del campo. La ley de restitución de tierras es un reto muy grande. Al país le toca repensar su futuro porque no es sólo devolver predios, sino diseñar políticas agrarias de muchas facetas. Una humilde sugerencia para hacerle a este gobierno sería la de buscar mucho más la opinión urbana en apoyo a las políticas rurales, que deben ser coherentes, cosa que hasta ahora no se ha visto muy clara.¿Y cómo ve el tema de la corrupción, tan continuada?Yo veo mucho abogado, mucho fiscal, mucho contralora, mucho procurador, mucha cárcel por aquí y por allá y muy poco foco en las instituciones de control que, como es evidente, están lejos de funcionar correctamente. También me parece que, con todo y las bellezas de la Unidad Nacional, si no hay una oposición fuerte que fiscalice las instituciones de control, éstas se harán mucho más débiles y sufrirá la democracia. Veo pocos políticos colombianos con vocación de oposición. Hay que olvidar los heroísmos de ciertos fiscales o funcionarios. El ataque contra los corruptos debe ser mucho más institucional. Creo que el Congreso colombiano fabrica demasiadas leyes. Es bueno respetar la ley, como dice Mockus, pero es muy difícil respetar leyes malas. ¿Qué opina del desempeño del gobierno Santos en materia internacional?El Presidente ha reposicionado el país internacionalmente de forma muy inteligente. Creo que no era un viraje posible sin ciertas cosas que hizo el presidente Uribe. Siempre hay una continuidad que la gente trata de negar, pero creo que las relaciones con Venezuela tuvieron que empeorar radicalmente antes de mejorar. Hay una buena parte del país que le reconoce a Uribe sus ejecutorias y él sigue teniendo una gran popularidad. La inversión en 260 Consejos Comunales deja su legado, pero Uribe nunca tuvo una gran acogida en Bogotá.Bueno, a él tampoco le gustaba Bogotá. ¿Finalmente, ve la posibilidad de lograr un acercamiento para una nueva negociación con las Farc? Joaquín Villalobos, del Farabundo Martí de El Salvador, me decía que para él, un jefe de mucho prestigio, era muy difícil mantener disciplina en sus filas cuando estaban negociando la paz. No sólo cada uno piensa en su futuro, sino que el que primero hable del tema puede ser calificado de traidor. Hay que hacer el ejercicio de ponerse en las botas de caucho de ellos, para ver cómo se imagina la guerrilla un proceso. Además hay que tener en cuenta que siempre hay una enorme desconfianza de parte y parte. Por otra parte, las Farc tienen una larga historia de supervivencia. Yo tengo muy claro que hay que concluir que forman parte de la historia del país y que por consiguiente es un problema que tiene que reconocerse. Si no se hiciera así, yo no podría imaginar un arreglo. No es fácil porque un conflicto tan dilatado va dejando en el camino venganzas y odios muy profundos. Pero hoy, aunque todo el mundo no está dispuesto a aceptarlo, creo que el ambiente frente a las Farc, es que si éstas decidieran hacer acuerdos -el mes entrante, por ejemplo- la reacción de la gente sería mucho más generosa si tuviera la certidumbre de que hablan en serio y de que se puede llegar a la paz. No tengo la más remota idea de cuándo podría darse esta situación, pero no la veo imposible.

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