Liceo Benalcázar de Cali celebra 75 años de historias

Abril 03, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de el país
Liceo Benalcázar de Cali celebra 75 años de historias

El Liceo Benalcazar de Cali fue el primero en graduar mujeres bachilleres en el Valle del Cauca.

Es el primero en graduar mujeres bachilleres en el Valle del Cauca y se convirtió en el sueño de toda niña caleña.

1. Empuje de abejasFue el primer colegio que tuvo Cali con bachillerato y las primeras niñas que entraron a la universidad fueron las del Liceo Benalcázar. Ese que, según sus ex alumnas y las colegialas que hoy lo habitan, se convirtió en el sueño de toda niña caleña, que buscaba seguir la tradición de su mamá, de sus tías, y de las tías de sus tías, no por exigencia de su familia, sino por gusto propio.Los primeros profesores hombres de Cali se crearon y se educaron allí, en una época en que era un escándalo estudiar arte griego, música o ver obras o estatuas desnudas. “El Liceo fue lo más importante que le sucedió a la educación de bachillerato en Cali. Fue el primer paso de la liberación mental de las mujeres”, sentenció una vez la escritora y periodista Clara Zawadsky, una de sus privilegiadas alumnas.Era tal privilegio estudiar allí, que pocas niñas veían como imposición valores como la solidaridad, la amistad, el conocimiento y la disciplina. Hoy, 75 años después de la fundación del colegio, el sentido de pertenencia de las caleñas hacia el Liceo no ha cambiado. María Alejandra Garcés, una alumna de undécimo grado, que ingresó a éste desde que tenía 4 años, es claro ejemplo de ello. “Mis padres siempre dijeron que si tenían una hija iba a ser alumna del Liceo, porque mis tías son liceístas y las tías de mi mamá fueron liceístas. Y doy gracias que hayan tomado esa decisión, porque me va a permitir ser mucho mejor de lo que pudiera haber sido si hubiera estado en otro lado”, se sincera María Alejandra con una seriedad y una seguridad, inusitadas para alguien que no conozca el perfil de una liceísta. Ese que tiene muy claro una ex alumna del Benalcázar que es hoy reconocida actriz de cine y televisión, Alejandra Borrero. “El Liceo nos incentivaba a tener opinión y a sustentarla y esa es una marca que queda en las mujeres liceístas”, argumenta.Por eso, no es difícil de creer lo que argumenta Norbeyda López, quien lleva 40 años enseñando en el Liceo, y asegura: “Donde hay una hoja de vida de una liceísta, ésta obtiene el trabajo de inmediato, porque es conocida por todos la formación y la capacidad que tiene para el trabajo, su compromiso y su responsabilidad”. Así se formaron, entre muchas otras: Consuelo Lago, la autora de la caricatura ‘Nieves’; Lucy Tejada, pintora y muralista; Soffy Arboleda de Vega, historiadora de arte y experta en gastronomía; Lily de Jensen, especialista en etiqueta y protocolo; Adriana O'Byrne, destacada otorrinolaringóloga; Susana Borrero, anestesióloga muy destacada, y la lista es interminable...Sentada en una banquita del bosque que las propias alumnas sembraron con la directora, que siguen cultivando con la profesora de biología, y que es considerado hoy un pulmón del barrio Santa Teresita, Diana Montoya reflexiona que podrá ingresar muy pronto a esa lista. A un paso de dejar su colegio, tiene claro su perfil de liceísta: “Somos capaces de afrontar lo que sea, no le tenemos miedo de los retos, para eso nos formaron en los valores, en la excelencia, en buscar ser siempre las mejores. No podemos dejar que el mundo nos apabulle, debemos ser las mejores en lo que hagamos”.Lo anterior en palabras de una ex alumna, Pilar Echeverry, médica oftalmóloga pediatra, se traduciría en “esa espina dorsal que siempre nos inculcaron que debíamos tener y que era mantener una actitud firme en todos los momentos. Que no dejáramos de lado los principios por la comodidad o la plata. Se nos dio una educación para el liderazgo”.No en vano el escudo que llevan en su pecho las liceístas es una abeja, pues representa a la trabajadora incansable al servicio de sus semejantes.Ese tipo de mujer querían formar María Perlaza y Ana López de Domínguez, quienes contaron con la colaboración de Betzabé Zapata, al fundar el colegio. Y ha sido la prioridad de su directora, Gloria Domínguez de Leroy, desde 1971 hasta la actualidad. “Fueron ellas quienes dieron los primeros puntales sobre la mujer autónoma, que se realiza hacia el mundo, que busca la perfección, la excelencia. La prioridad de una liceísta son valores como la honestidad, la solidaridad, la conciencia social y ecológica, el liderazgo compartido”, dice Adela Rosensuaig, que lleva 42 años como maestra del Liceo, y que tuvo como alumna a Margarita Rosa de Francisco, “una niña cuyo dinamismo y alegría siempre la distinguieron”.Aunque el Liceo inició labores el 5 de octubre de 1936, hizo historia en 1941, al convertirse en el primer colegio femenino que les otorgó el grado de bachiller a las vallecaucanas. En 1942 el Ministerio de Educación aprobó los estudios de primaria y bachillerato. Desde hace varios años recibe el Diploma de Honor Icfes, ya que, con los puntajes promedio más altos, se ubica entre los primeros colegios del país.2. De armas tomarDe sus 83 años de vida, Gloria Domínguez de Leroy ha dedicado 72 al Liceo Benalcázar: como alumna, como profesora y, en los recientes cinco decenios, como directora.La historia del colegio es casi su historia personal. En sus recuerdos no hay fronteras entre sus acontecimientos propios y los episodios del plantel. Una y otra se entrelazan, se confunden, son paralelas.Basta con escuchar su narración lúcida, precisa: “Yo entré a estudiar primero de bachillerato al liceo y me gradué con la segunda promoción, en 1942. Es decir, soy de las primeras mujeres bachilleras que tuvo Cali. Las primeras-primeras fueron Lucy Tejada, Esperanza Bonilla y Ana Julia Vega, que se metió de monja, en 1941.“Lucy no era tan terrible como dicen. Era una muchacha muy inteligente, pero de un carácter muy fuerte, de mucho temple, aunque no tuvo problemas de disciplina.“Era la consentida de María Perlaza, la fundadora, pues al ser ésta profesora de historia del arte, vio las dotes extraordinarias de Lucy, y por eso la consentía.“María no le perdonaba nada a nadie y era muy exigente. Pero cuando se necesitaba que fuera bondadosa, lo era infinitamente, pero le sobraba temple.“En esa época era muy difícil conseguir profesores para bachillerato, porque los únicos colegios eran Santa Librada, San Luis y el Berchmans. Recuerdo al señor Rentería, que era profesor de física, y al doctor Capdevila, de filosofía. “Éste era un personaje, pues debió huir de España cuando la Guerra Civil de 1936, y llegó aquí, pero no sé quién lo acercó al liceo. Ese fue el profesor estrella que tuvimos.“Ese año de 1942 el Ministerio de Educación sacó un decreto ordenando presentar exámenes escritos de todas las materias. Eso fue una cosa tremenda, pues se acostumbraba terminar materias y salir. “Los presentamos en Santa Librada y éramos seis mujeres en medio de ese mundo de hombres. Porque en la promoción del 42 fuimos sólo seis.“Yo tenía locura de estudiar medicina, pero en Colombia no había universidades para mujeres. Ese año abrieron la Javeriana femenina y mi mamá me dijo que fuera a estudiar enfermería a Bogotá. Como yo lo único que quería era viajar, dije que sí.“Estaba muy contenta estudiando, cuando mi mamá, que era directora del Liceo, me llamó a decirme que María Perlaza tenía peritonitis y debía regresar a hacerme cargo del colegio. Imagínese, yo tenía 18 años. “A mi mamá no volví a verla, porque ella se quedaba con María en la clínica. Betzabé Zapata se hizo cargo de la parte académica y yo de la financiera. Me acabada de graduar y me tocó ponerme al frente del liceo.“La fundadora del Liceo Benalcázar murió y yo me tuve que quedar, porque las ex alumnas, que éramos nueve gatas (tres graduadas en el 41 y seis en el 42), en su honor resolvimos fundar una escuela que lleva su nombre, la cual aún funciona y es manejada por la Asociación de Ex alumnas. “También me tocó meterme allá. Francamente, no recuerdo cómo hacía todas esas cosas.“En ese entonces el liceo funcionaba en la Carrera 4 con Calle 9, donde estuvo primero el Berchmans antes de ser trasladado a Centenario.“Pero fíjese que me gané una beca y me fui para los Estados Unidos a estudiar educación. Regresé cuando tenía 22 y automáticamente me nombraron profesora de inglés, porque traía ideas nuevas sobre formación de la mujer. Yo era muy templada, sobre todo para calificar. “Estuve un tiempo aquí y luego me fui a Francia, gracias a un novio que tuve en Bogotá, Juan Manuel Pradilla, hijo de madre francesa, quien todo el tiempo hablaba, cuan largo era el tipo, de París, de donde huyó de la II Guerra Mundial. “Él me inculcó la obsesión por ir, así que lo dejé a él y me fui para Francia. Eso eran como 35 ó 36 horas de vuelo y uno debía pagar camarote para dormir.“Aproveché unas vacaciones para recorrer España. Por quedarme unos días más en Madrid hice un cambio de itinerario y por esa causa conocí a quien después fue mi marido: Jacques Leroy.Pudimos viajar juntos y cuando llegamos a Francia comenzamos a salir. Como tenía carro, me llevaba a todas partes. “Pero terminó mi año allá y regresé. Él vino, nos casamos y nos fuimos a vivir a París durante tres años. Allá nacieron mis dos hijos mayores.“Curiosamente, fue él quien tomó la decisión de vivir en Cali, porque era muy difícil vivir en Europa de la postguerra. Nunca le dije nada, porque él manejaba una industria familiar. Pero tampoco sabría decir porqué tomó la decisión, porque nunca me dijo nada, excepto que un día me anunció ‘usted se va para Colombia’.“Me quedé a vivir con mi mamá mientras venía mi marido, pero al otro día de llegar ya estaba trabajando en el liceo, en la sede nueva, que era sólo un pedacito de lo que es ahora. Yo traje el viacrucis y el crucifijo para la capilla.“Eso de dictar clases y pasar a directora fue cosa paulatina. Aquí había sólo un contador y una tesorera. Un día de 1961 el señor mandó llamarme, porque a mi mamá ya empezaba a olvidársele las cosas. “El contador me dijo que el colegio tenía un déficit de dos millones, que en ese tiempo era una locura. Yo quedé helada, sin saber qué hacer, sólo sabiendo que tenía que meterme en esto. No me pregunte cómo hice, porque no recuerdo, pero lo saqué adelante.“Llevo 50 años como directora, pero sigo viniendo todos los días. He ido delegando muchas cosas: mi hija Anne-Marie maneja la parte académica y Robert, otro hijo, que es arquitecto, es el encargado del mantenimiento y de coordinar el transporte. Yo sigo manejando la parte financiera, porque eso es muy delicado.“Tengo seis nietos y la mayor es la encargada de las compras, la cartera y organiza las actividades del colegio. O sea, ya vamos cuatro generaciones de Domínguez en el Liceo Benalcázar.“Llevo toda una vida aquí. Entré de 11 años y tengo 83. ¿Se da cuenta?”.3. Hablan las ‘ex’Un colegio no sólo está hecho de muros y tableros, sino también de los muchos recuerdos de las alumnas que por allí pasaron. Y como el Benalcázar es famoso por la férrea disciplina de sus estudiantes, cómo no recordar también algunas anécdotas de las librepensadoras que albergó, rebeldes como la artista plástica Lucy Tejada, de la primera promoción de mujeres bachilleres del Valle del Cauca (1941), quien estaba secretamente enamorada del profesor de química.Un día, María Perlaza castigó a Lucy por responderle muy mal a aquel maestro: “Va a mirar detenidamente estos dos libros y se queda allá en su casa”, le dijo. Y le pasó las obras de Leonardo Da Vinci. “María Perlaza se había dado cuenta que yo podía pintar, era la que hacía los telones, los escenarios, todas esas cosas de las presentaciones de niñas. Ella influyó en mi vida porque supo apreciar que yo tenía dotes para la pintura”, confesó la gran artista años después.Y qué decir de una de las primeras arquitectas que graduó Colombia, la caleña Elly Burckhardt (promoción 1952) quien a pesar de su amor al colegio le reprocha “habernos hecho excesivamente responsables (risas). A veces me gustaría no complicarme tanto, ser como otros que viven sin tanto rigor por el trabajo, pero esa ética del esfuerzo es una de nuestras grandes herencias como ex alumnas”. Recuerda que el Liceo siempre se preocupó por el ser, y no por el tener: “Nunca conocimos la diferencia entre los que tenían y los que no tenían dinero. Yo nunca me di cuenta que mi mejor amiga era rica y yo no, sino mucho tiempo después cuando ya eramos grandes. Lástima que Cali haya perdido ese sentido de la igualdad y que ahora en los colegios valga más el que tenga más plata, más cosas, más cirugías plásticas”, dice.En medio de la estricta disciplina del Liceo, también hay quienes fueron consideradas ‘las rebeldes’, del Benalcázar.“Ahora pienso en nuestra supuesta rebeldía con ternura, pues era la rebeldía más inocente del mundo”, dice la joyera caleña Nelly Rojas, que con su marca, Senda, ha recorrido las principales ferias de moda del país. “Más que rebeldía era una autoafirmación de nuestro ser y de nuestro epíritu artístico”, reflexiona la literata María Claudia Zarama, propietaria y chef del restaurante El Escudo del Quijote. Nelly recuerda que todas las liceístas vestían de punta en blanco, con la falda larga y las medias relucientes hasta la rodilla, pero ella se esmeraba por llamar la atención llevando la contraria: “Siempre fui alta y grande, y en esa época tenía un afro gigante que me hacía parecer aún más voluminosa. Como mi mamá siempre me mandaba impecable, yo llegaba al colegio y buscaba la compañera que tuviera los zapatos más viejos y más acabados y se los cambiaba por los míos; luego hacía lo mismo con la falda y la camiseta, hasta quedar con la ropa más descolorida que hubiera”, dice. Ella, quien ahora es una de las mujeres con más estilo en Cali, recuerda que sus compañeras sólo pensaban en estudiar mucho y sacar las mejores notas, “en cambio, yo siempre perdía matemáticas y ganaba las demás materias a punta de dibujos, que era lo que sabía hacer bien. Siempre decían ‘Susana va a ser presidenta de Colombia’, ‘Margarita va a descubrir la cura contra el cáncer’, ‘Isabel va a llegar a la Nasa’... Luego me miraban y decían en tono burlón: ‘Y Nelly... ¡va a tener una boutique!’”, recuerda con carcajadas ahora que la profecía se cumplió, para bien suyo. Sus escapadas del colegio también merecen capítulo aparte: “A la hora del recreo me robaba la bicicleta de Evelio el jardinero, una ‘monareta’ pelada, sucia y destartalada, para comprar piña en la esquina del colegio”, dice Nelly. “Mis escapadas eran aún más inofensivas. Un lunes acordé con una amiga que no entraríamos a clase, pero éramos tan ingenuas que ni siquiera se nos ocurrió a dónde ir. Al final terminamos en Unicentro... pero justo estaba cerrado ese día”, cuenta María Claudia. Coinciden con Elly Burkhardt en que, pese a la rígida disciplina del Liceo, fue un espacio privilegiado en el que cada alumna sobresalía sólo por su esfuerzo, por sus capacidades intelectuales y personales. “Aprendimos a valorar la esencia de las personas, más allá de las apariencias triviales”, dice María Claudia. “A uno ni se le ocurría ir más allá con el noviecito”, añade Nelly, porque toda egresada del Benalcázar que se respete recuerda las severas palabras de la rectora: “La mejor forma de no quedar embarazadas es... ¡NO HACERLO!”, dicen al unísono y estallan en risas. Recordar es vivir, y con 75 años de recuerdos a cuestas, el Liceo Benalcázar tiene mucha vida por delante.

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