Le mostramos cómo es por dentro La Florida, la invasión más grande de Colombia

Le mostramos cómo es por dentro La Florida, la invasión más grande de Colombia

Mayo 27, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Le mostramos cómo es por dentro La Florida, la invasión más grande de Colombia

De acuerdo con una georeferenciación hecha por la Secretaría de Vivienda de Cali, en el 2012 en La Florida habían 1680 techos. La secretaria Amparo Viveros aclaró que eso no significa que allí hubiera 1680 familias. La media de una familia son cinco personas.

De acuerdo con una georreferenciación hecha por la Secretaría de Vivienda de Cali en el 2012, en la invasión La Florida hay 1680 techos contados. El sector está ubicado alrededor de la laguna de El Pondaje, en la Comuna 13.

Este podría ser el fin del mundo. O al menos así parece. Aquí no hay agua. Nunca. Tampoco luz. Apenas la que se descuelga de un sol que visto de este lado resulta apocalíptico: muy abajo, muy grande, muy caliente. Durante días enteros, semanas, meses, años, el calor ha cuarteado la tierra amarilla sobre la que se levanta esta ciudad que ahora festeja; un aguacero ha reventado en el cielo y los niños corren descalzos cazando los goterones que terminan en sus cabezas. El estallido de las gotas también se escucha en los tejados, cubiertos de plásticos azules anclados a las casas con trozos de escombros, ladrillos, piedras: plac-plac-plac-plac-plac. Esta tarde habrá agua para lavar la ropa, bañarse, cocinar una sopa. En el fin del mundo la lluvia también se come.Resguardado bajo la saliente de un techo, uno de los policías a los que les corresponde patrullar por ahí, también festeja en silencio. El agua trae consigo una tregua entre las bandas que se enfrentan a tiros de un callejón a otro; hace unos días, a alguno le pareció gracioso hacer un disparo hacia la orilla donde viven sus rivales y desde entonces empezó una guerra. Hoy, que no se escuchen tiros es una noticia tan refrescante como la lluvia. En las estadísticas de la Policía el fin del mundo es el cuadrante más conflictivo del país. Y de ese lado los conflictos se miden en muertos: 96 el año pasado, 14 en lo que va de este. Este día de lluvia (23 de mayo), antes de que el aguacero lo apaciguara todo, la víctima fue una mujer de 23 años asesinada por su expareja. La chica estaba dentro del programa de Protección de Testigos de la Fiscalía.Hace dos años, la Policía Comunitaria hizo un censo y llegó a contar mil familias resguardadas entre las invasiones que componen ese lado de la ciudad, esa otra ciudad. Y entonces encontró que los asentamientos que había al rededor de la laguna de El Pondaje, al oriente de Cali, se habían ido uniendo poco a poco, pegándose unos con otros, empujándose entre sí hasta ensancharse, regarse, multiplicarse. Lo que antes era Playa Alta, Playa Baja, El Polo, La Paz, ahora es un mismo cinturón que sigue alargándose bajo el nombre de una paradoja en aquella tierra seca: La Florida. Según datos recogidos por la Estación de Policía del barrio El Diamante, La Florida es la invasión más grande de Colombia. Una invasión de invasiones. De acuerdo con una georeferenciación hecha por la Secretaría de Vivienda en el 2012, allá hay 1680 techos contados. Y bajo ellos, quién sabe cuántas personas: cinco mil, siete mil, ocho mil. El fin del mundo es, también, el comienzo de otro. ***Mientras llueve, el policía cuenta una historia. Es la historia de un hombre que empezó como vigilante de cuadra. En La Florida, hombres como esos hay varios. Hombres que cobran de casa en casa dos mil pesos cada semana. Es una cuota, dicen ellos, para mantener las cosas en orden. Evitar robos, candados violados, puertas rotas. Cosas que a veces pasan. Por estos días, algunos de esos hombres emplean niños para que les hagan el mandado. Porque llueva o no, la plata siempre se cobra. Lo que en apariencia es una limosna, en verdad resulta una pequeña fortuna cayendo al bolsillo de los extorsionistas: cada mes la vacuna de las 1680 casas suma $13.440.000. Cada año, $161.280.000.Al hombre de la historia le decían ‘Buenaventura’. Un alias que poco a poco fue haciéndose miedosamente célebre entre esas casas de madera y lata, entre esas calles de barro y piedra donde dos mil pesos también pueden ser la comida familiar de un día. O varios. El miedo, sin embargo, tiene una explicación que va más allá del hambre:Con el tiempo, ‘Buenaventura’ había dejado de ser cobrador para convertirse en reclutador de menores. Algunos de los chicos que reclutaba eran ofrecidos a oficinas de cobro. Algunos de los chicos que reclutaba terminaron trabajando para ‘Los Lindos’, una banda de extorsionistas que él había fundado en el vecino barrio de Comuneros II para aplicar una fórmula parecida a la de los dos mil pesos por casa. La diferencia es que allí vacunaban a todos los comerciantes con una cuota que no bajaba de los treinta mil pesos por cabeza. La leyenda de ‘Buenaventura’ dice que algunos de sus morosos terminaron decapitados. ‘Buenaventura’ cayó el pasado mes de febrero, tras una persecución que se extendió por doce horas. Al momento de la detención, el hombre corría sobre los tejados de La Florida disfrazado de mujer. Bajo la falda y la blusa que había robado para mimetizarse entre la gente inocente, escondía un revólver artesanal y dos granadas. Ese día, aunque no llovió, alguna gente durmió sonriente.Antes de terminar la historia, el policía cuenta algo más: junto a él, solo hay otros once patrulleros encargados de vigilar la zona. Once patrulleros custodiando cinco mil, siete mil, ocho mil personas. En La Florida, a finales del año pasado, fue capturado uno de los más buscados del Cauca. En La Florida, hace dos meses, fue desarticulada una parte de la línea de droga de ‘El Negri’; solo en una casa, las autoridades hallaron cinco mil dosis y una ametralladora Mini Ingram. Pese a todo ello, el secretario de Gobierno de Cali, Carlos José Holguín, dice no conocer una invasión que en la ciudad responda al nombre de La Florida.***La señora Moreno tiene 88 años y hace 13 vive en La Florida. Detrás de la reja de aluminio que protege la puerta de su casa, ya levantada en ladrillo y cemento, dice que hasta ahí la trajo su hijo, que salió antes que ella del Chocó. Él un día le dijo que en Cali, en la ciudad, había encontrado una tierra para levantar un rancho. Que era tierra buena, que se fuera, que allá todo estaría bien. Al hijo de la señora Moreno lo mataron hace años y ahora es otra hija la que ve por ella. Una hija que trabaja lavando ropa en casas ajenas y que apenas ve a su mamá hablando le pide que se entre, que no se exponga, que vea por dios todo lo que ha pasado.Antes de que cierren la puerta, la señora Moreno apaga el radio para poder encender una luz. Dice que dos cosas prendidas no funcionan bien, que eso es raro porque ella paga el recibo cumplida al señor de la Junta Comunal, el señor que siempre le cobra los $17.000, pero igual pasa, siempre pasa, como una de las pocas cosas que por allí son sagradas: la luz escasa, el agua que no existe. Sobre la casa de la mujer, el cielo de La Florida es un crucigrama sin letras; apenas líneas, líneas que son cables que salen de algún poste y van a una casa y de una casa a la otra y a otra y luego a otra; cables que se ramifican y se duplican y se multiplican como todo en esa ciudad, en esa otra ciudad. Cables de los que cuelgan zapatos rotos, trozos de cometas, pedazos de plástico de algún techo. Y gotas. Ahora gotas de agua del último aguacero. Abajo de las líneas, abajo del crucigrama, las casas, las calles, el miedo. La lluvia recogida en baldes. Entonces la nada. O todo. En La Florida, la lluvia es comida. Son las seis de la tarde y las calles se ven solas.

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