La otra tragedia que viven los repatriados tras el terremoto de Ecuador

Mayo 01, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País

¿Cómo es empezar una vida desde cero en el Valle del Cauca, lejos del país que les dio todo?, esto dicen los connacionales que tuvieron que regresar al país dejando atrás toda una vida construida en el país hermano.

[[nid:532132;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/04/familia_repatriados__ecuador_cali.jpg;full;{Un grupo de repatriados vallecaucanos cuentan el drama que han tenido que enfrentar desde que llegaron a Cali tras el sismo en Ecuador. Piden que los ayuden.Videógrafo: Jhonatan Herrera l Reportera: Diana Carolina Ruiz}]]

Ya se cumplen dos semanas del terremoto en Ecuador. En el vecino país, ya son más de 25.000 personas las damnificadas, que tendrán que enfilarse hacia el arduo trabajo de reconstrucción que les espera, tras el devastador sismo de 7,8 grados en la escala de Richter.

En Colombia también comienzan a librarse batallas, como las de los más de 500 connacionales que fueron víctimas y que retornaron a la tierra que los vio nacer, dejando atrás toda una vida construida en diferentes pueblos ecuatorianos.

Cali y otros municipios del Valle, advierte la Defensoría del Pueblo, será el lugar en el que muchos de esos repatriados intentarán echar raíces, en medio de la escasez y las pocas oportunidades de atención estatal.

Alexander Vargas, James Díaz y Natalia Machado son algunos de esos sobrevivientes que escaparon del horror para enfrentarse a otra tragedia: la de la falta de empleo, de ayudas humanitarias, de oportunidades para recuperar la vida que en Ecuador quedó sepultada bajo escombros.

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Por eso, desde ya, dice Carlos Hernán Rodríguez, municipios y autoridades departamentales deben hacer un llamado de atención al Gobierno para obtener apoyo adicional para estas personas “que llegan al Valle, especialmente a Cali, a buscar una nueva oportunidad, lo que acrecienta las cifras de desempleo”.

Alexander busca pescar un trabajo

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En las playas de Manta, cuenta Alexander Vargas, desde hace dos meses la pesca bajó. Madrugaba a trabajar como carguero en  la  pesquera de siempre y se encontraba con que no había producto para transportar, entonces no le pagaban los US$40 por echarse al hombro la carga. Durante dos décadas, Ecuador ha sido su casa y no ha podido conseguir un trabajo estable.  Lanzarse al comercio a vender quesos y productos de campo, en compañía de su esposa Arelis,  era  la otra estrategia que aplicaba  para mantenerse y atender a  Dustin y Haykel, sus hijos de 10 y 14 años.

“¿Qué hay para hacer en Manta, si todo está destruido?”, dice Alexander para responder el porqué decidió devolverse a Colombia.

Lo más duro desde su llegada, el pasado domingo,  dice, es tener que vivir  amontonados en un cuarto ene Palmira. Los Vargas Macías duermen en un cuarto que  sirvió como el ‘San alejo’ de la casa materna de Alexander.  En un  colchón doble, en el piso, se acuestan los cuatro,  también ‘Nena’, una perrita criolla. Dicen que ni siquiera se adaptan a la ropa que usan,  regalada por su familia.

Lo única ayuda conseguida hasta ahora es una afiliación al Sisbén para él. La de su esposa  e hijos solo podrá hacerse  hasta que tengan la nacionalidad colombiana. No tienen cómo viajar a Bogotá para hacer las vueltas en la Cancillería. Si necesitaran ir al médico, podrán llegar al Hospital Ricardo Orejuela Bueno y mostrar el papel que les dio la Secretaría de Salud de Palmira como ayuda provisional. Para ‘Nena’, por falta de plata, por ahora no habrá visita al veterinario. Después del terremoto, la perra orina poco y tiene un jadeo incesante. No piden plata regalada.   Alexander  y Arelis insisten en que  quieren que alguien les ayude a pescar un trabajo,  para llevar a los niños al colegio, para comprar un mercado. Por ahora, atienden una tienda en la casa en la que viven.

James quiere cocinar para sobrevivir

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No es la primera vez que James Diaz huye de algún lugar por motivos adversos. La primera vez salió corriendo de El Mango, Cauca, su tierra natal, por los problemas de orden público que rondaban al pueblo. Tiene 36 años y a Ecuador llegó como  ilegal en el 2012 con su esposa Lorena, buscando ganar más plata para la crianza de sus tres hijos, de 19, 12 y 9 años. Es  tecnólogo en gastronomía, graduado del Sena,  y en Manta, haciendo uso de sus saberes como chef, conquistó el paladar de personas cercanas al Gobierno, que se volvieron clave para tramitar su estadía legal. La meta era obtener la Visa Mercosur para poder trabajar con los mismos beneficios de un ciudadano ecuatoriano.

Emprendedor desde siempre, con unos ahorros compró un carrito de comidas rápidas en el que vendía conos de plátano rellenos de queso y carnes. Por ser el ingreso insuficiente, logró emplearse en una cafetería de una cadena estadounidense.

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Los recursos que recibía, a los que se sumaban los de su esposa, que trabajaba como cajera y mesera de un restaurante, eran suficientes para pagar los gastos de los hijos, que siguen viviendo en El Mango. Con el terremoto, los restaurantes se cayeron, al igual que la casa en la que vivían. El carrito de conos de plátano se averió por los escombros que le cayeron. No tenían cuentas bancarias, vivían al día. Y al llegar a Cali se encuentran con una vida cara. “Un queso, unos buñuelos, pandebonos y una gaseosa de tres litros cuestan $20.000. Aquí no hay manera de ahorrar, como lo hacíamos en Ecuador, con el dólar. Nos preocupa mantener los mismos ingresos”, explica James.

Por eso le resulta desalentador que en diversas partes les digan  que ahora no hay ayudas disponibles. “Estoy agradecido porque la Cancillería nos trajo, pero ojalá nos den un empujoncito. No queremos subsidios pero sí, por lo menos,  un trabajo. Ojalá me saliera algo en una cocina, eso es lo que sé hacer”, agrega.

Natalia seguirá rebuscando la vida en Ecuador

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Solo han pasado ocho días de haber regresado de Manta, Ecuador, y Natalia Machado ya piensa en regresar al vecino país a buscar mejor suerte.

La decisión la tomó basada en la experiencia del pasado. Apenas salió a buscar trabajo, recién graduada como auxiliar de enfermería, le pedían un año de experiencia. Ha vendido minutos, ropa, estuvo en un call center, fue secretaria, pero ningún trabajo era permanente. 

Natalia, que tiene 28 años, se fue el año pasado a buscar mejor suerte. Después de mucho buscar, logró ubicarse como ayudante de cocina en un restaurante árabe. El pago por su trabajo llegaba directo a la casa de su mamá en el barrio El Guabal de Cali, para soportar los gastos. Doña Rubiela Machado, de 50 años, tiene una afección cerebro vascular que le impide trabajar. 

Justo iba a instalarse en un segundo trabajo para aumentar sus ingresos cuando ocurrió el terremoto.

“Mi mamá dice que cuando duermo doy como brincos, y cada que veo las noticias me da una angustia, como ganas de llorar. Es que yo dormí en la calle, yo sé lo que está viviendo la gente allá”, añade Natalia.

Comenzó a tocar puertas: en la Cruz Roja, por Cancillería y Migración Colombia, y la respuesta es la misma: ninguna razón sobre posibles ayudas. Dice que su pasaporte ni siquiera tiene el sello de ingreso a Colombia.

La mujer está planeando irse de nuevo al vecino país, a pesar de los miedos que la invaden. “Dicen que Guayaquil es mejor plaza de trabajo. Es preferible ganarse US$40 en un día, que al cambio son $120.000 o más y mandarlos de una, que esperar a que me salga un trabajo acá”.

¿Hay ayudas?

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