La otra cara de la discapacidad: viviendo el día a día, dignamente

Diciembre 03, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Heinar Ortiz Cortés | Reportero Elpais.com.co

La historia de un discapacitado por limitación motriz y tres personas en condición de discapacidad por limitación visual. ¿Cómo afrontan sus condiciones?

Lo importante es volverse a levantarCuando volaba más alto chocó contra una barrera que no pudo esquivar. Jhader Rodríguez, un empresario de 47 años, recuerda cuando tras despegar en un vuelo de parapente en Bellavista, Quindío, colisionó contra una montaña que le dejó una herida que jamás se cerraría. Los médicos diagnosticaron una luxación de tibia y peroné y 180 días de incapacidad. Pero después todo se complicó por problemas vasculares que no dejaron cicatrizar su herida. Desde entonces, Jhader es uno de los 145.256 caleños con discapacidades que reporta la Secretaría de Bienestar Social.Pero ser discapacitado no es estar muerto en vida. Así lo entendió Jhader, quien se negó a dejarse limitar por aquella peligrosa sensación de autoconmiseración que merodeaba.Recuerda Jhader que cuando recibió su primer sueldo como asesor comercial, el primer trabajo que conseguía tras haber sufrido el accidente, entró al baño del centro comercial donde queda la agencia de viajes y se miró en el espejo. “Recuerdo que veía mi aparato en la pierna, con los pantalones grandes para poder caminar y parecer normal. Pero me miraba y me decía: “sí se puede””.Ahora, Jhader es el gerente de una prometedora fundación/agencia de viajes donde trabajan siete personas, cuatro de ellas con discapacidades. Dice que por el momento no se han generado pérdidas y que los números van en alza. Dice que su vida es feliz. Se siente pleno. Todos los días se levanta a las 5:30 de la mañana y camina al menos 45 minutos en un parque del barrio El Caney. Acepta que a veces le duele la pierna, pero asegura que le duele más cuando lo ven con lástima.Porque es cierto. A veces duelen más las cicatrices cerradas en el alma que las heridas abiertas en la piel. Como la que tiene Jhader, después de cuatro años, en su pierna derecha.Ojos que no ven, corazón que sí sientePor esta época una sensación de nostalgia la abruma cuando recuerda cómo se ven las luces de navidad.Era de las cosas que más le gustaba ver, y de las que más extraña de poder ver Yamile Guzmán, sicóloga de 34 años con maestría en lingüística. También dice que recuerda las pinceladas de color salmón en los amaneceres frente a su casa, en la zona rural de Jamundí. Le encanta leer, tejer y es muy buena para el origami. En cambio Jorge Iván Arteaga, trabajador social de 37 años, no recuerda haber visto. Desde que llegó a Cali desde su natal Bugalagrande para poder estudiar, su olfato son sus ojos: se da cuenta cuando va por el norte de Cali porque huele a cebada, o cuando va a llegar a su casa porque cuadras después de una panadería, llega un olor a caño. Ahí se baja del bus y sigue su camino.En cambio Sofía, una niña de cinco años que nació sin la vista por problemas congénitos, mira el mundo a través de los oídos. Así es, según una de sus tutoras del Centro de Estimulación Artístico Tra-la-lá, Rocío Idárraga. “Ella tiene oído absoluto. Es capaz de identificar cualquier nota y de interpretar canciones en el piano con sólo escucharlas una vez”.Los tres tienen en común que hacen parte del 13% de la población discapacitada que tiene limitaciones visuales. Pero lo que más los hace parecidos es que llevan una vida digna.Yamile y Jorge trabajan en la Corporación Oficina Local de Empleo y Emprendimiento, OLEE, que es la primera bolsa de empleo para personas con discapacidades. Fueron ellos quienes ayudaron a Jhader Rodríguez a encontrar el personal para su agencia de viajes.

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