'La olla de mi barrio', la fundación que calma el hambre en la calle de la heroína

Mayo 15, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Camilo Montaño Duque | Reportero de El País
'La olla de mi barrio', la fundación que calma el hambre en la calle de la heroína

Desde hace tres años, un mensajero caleño, criado en el Chocó, llega hasta el barrio Sucre para alimentar a los habitantes de la calle. No se considera un salvador, solo un hombre que hace lo que debe.

Desde hace tres años, un mensajero caleño criado en el Chocó, llega hasta el barrio Sucre para alimentar a los habitantes de la calle. No se considera un salvador, solo un hombre que hace lo que debe.

Gustavo acaba de perder la última papeleta de heroína que llevaba entre los bolsillos. Tiene el torso desnudo, el cabello mal cortado, las uñas molidas a mordiscos, 16 años y el pellejo templado sobre los huesos. 

Busca la droga en su pantalón y solo encuentra uno, dos, tres, cuatro ‘bolsitos’ vacíos. Quiere llorar pero sabe que no debe; en la calle, que es territorio salvaje, tiene que comportarse como un ‘machito’, y aunque todavía es un cachorro, debe ser fiero como un perro de ataque. Resignado entonces se sienta en el andén, y llevando las manos hasta la frente, oculta su mueca de frustración.

-¿Cómo es posible que esto nos parezca normal?, ¿Desde cuando aceptamos esto como parte común del paisaje?Alexander Rentería me habla de cerca. -Ahora mirá: ese abuelo tendría que estar descansando en su casa, disfrutando de su pensión, pero anda arrastrando un costal mugriento por toda la ciudad. Las cosas están mal, no tienen porqué estar así-.

Estamos sentados en la calle de la H. Un par de cuadras más allá se encuentran las calles Francia, Italia y la Holanda; todas reconocidas en Cali como lugares de expendio y consumo de bazuco, cocaína, heroína y marihuana. Cada ocho días, y desde hace tres años, Alexander llega hasta este punto del barrio Sucre con algo de comida que comparte con las personas que pasan, largos días con sus noches, pegados a una pipa o a una jeringuilla de plástico. 

Por lo general reparte chocolate con leche y pan, pero hoy quiere preparar un sancocho. Es domingo en la mañana. Aunque las nubes cenicientas cubren todo el cielo,  Alex y los voluntarios de su fundación, ‘La olla de mi barrio’, arman el fogón con unos cuantos ladrillos húmedos que estaban tirados en una esquina.

-Buscáme a ‘La Gata’-, dice Alex a un muchacho que se ha acercado a saludarlo, -decíle que me ayude con la leña. Más tarde venís vos, que te tengo una camisa-. 

La Gata tiene la piel de bronce. Lleva la sonrisa incompleta pero se ríe con la boca grande. Nos saluda levantando la cabeza, agarrándose los pantalones por la cintura. -Alex, pongala a trabajar, aproveche que está ‘pipiadita’-, grita a carcajadas un hombre de barba cana.

Alexander es bien conocido en el barrio. Puede caminar sin temor por sus calles, saludando con nombre propio a todos los que por allí se mueven. 

Se ha ganado la licencia de penetrar hasta los rincones más difíciles de esa ciudad de la que tanto escuchamos hablar, pero que desconocemos por completo. 

Escucha a los viejos, bromea con los jóvenes, habla con las mujeres y juega con los niños. Conoce miles de historias que siempre terminan igual, estancadas en una calle sucumbiendo ante el poder devastador de un ‘plon’ de bazuco o de un ‘chute’ de heroína.

Pero no desiste. Se niega a hacerlo. Quiere arrebatarle a la droga cuantas personas le sea posible, y aunque por el momento solo le alcanzan las fuerzas, (y el bolsillo), para brindarles un poco de comida una vez a la semana, está convencido que su labor puede, y debe, generar más impacto sobre las vidas de aquellas personas.

‘Sumando voluntades’, ese es su credo, su mantra diario. Él mismo es la prueba viviente de esa premisa. Empezó su labor cuando cursaba primer semestre de contaduría pública, sin un peso en el bolsillo, porque en ese entonces su sueldo de vigilante no le alcanzaba para mucho. 

Divulgó su idea, se la contó a varios, convocó voluntarios hasta que una compañera de su universidad le creyó. Le creyó, también, sin un peso en el bolsillo pero con muchas ganas de ayudar. 

Pasaban entonces semanas enteras hablando en las panaderías de los barrios y con los vecinos de la cuadra tratando de obtener una donación; leche, pan, chocolate, cualquier cosa para llevar hasta la ‘Olla’ y  llegar hasta  las personas que se reunían allí. Aunque con el tiempo más voluntarios fueron llegando, y con ellos más pan y chocolate, también fueron llegando más habitantes de la calle en busca de un poco de comida caliente.

-Yo no me quiero quedar solo trayendo comida hasta aquí- dice Alex.  -Deseo rescatar gente de las drogas y para eso necesito apoyo de gente y organizaciones que sepan de eso, que estén dispuestas a donar recursos y tiempo para devolverles un poco de dignidad a los habitantes de la calle-.

El fogón que ha prendido la Gata lleva buen tiempo ardiendo. Varias personas se han acercado a preguntar a qué hora empezarán a repartir el sancocho, llevan las manos llenas de tierra y la boca pálida, blancuzca, partida por la sed. -Empiecen a hacer la fila que ya vamos a repartir-, les dice Alexander.

La gente empieza a llegar. La fila se hace más larga. Todos esperan su turno para recibir el único plato de comida que recibirán durante el día, tal vez durante la semana. Alexander y los voluntarios ven desaparecer el sancocho en cuestión de minutos. Por hoy han terminado, pero solo por hoy, porque Alex seguirá volviendo.

Si usted está interesado en donar algo o sumarse como voluntario a ‘La olla de mi barrio’, puede comunicarse al número de celular 313 827 1699, escribir al correo electrónico bonillasolano@yahoo.com o ingresar a la página oficial de facebook.
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