La horrible noche que se vive en los hospitales públicos de segundo nivel de Cali

Julio 17, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Jessica Villamil

Pacientes hacinados y tirados en el piso, médicos amenazados, pandilleros heridos que ejercen violencia y enfermeros con hambre y miedo son realidades que se viven en los centros asistenciales del centro y oriente caleño.

La primera puñalada la sintió en las costillas, debajo del brazo izquierdo. Su verdugo fue un niño como de 12 años. En un intento por zafarse de él lo golpeó en el pecho, pero una tromba de muchachitos se le fue encima. Le rompieron la piel más de 40 veces con un cuchillo. Todo por no dejar pasar al pequeño a la unidad de urgencias del Hospital Carlos Holmes Trujillo.Daniel tuvo esa pesadilla después del primer turno de guardia que prestó en el único centro de salud que atiende urgencias en el Distrito de Aguablanca. Fue hace once días y todavía —dormido o despierto— ve su cadáver tirado en el piso.No está paranoico. La primera noche de guardia vio entrar a cuatro personas que después de unos minutos murieron: dos por múltiples heridas con arma blanca y dos con sobre dosis. Una mujer ingresó con un hueco en la frente, su novio la golpeó.Y cuentan que hay días peores. Por algo en los primeros tres meses del año seis médicos huyeron del Carlos Holmes Trujillo después de ser amenazados y son pocos los valientes que se quedan para combatir en una guerra donde la muerte casi siempre es triunfadora.Una realidad que se vuelve paisajeYa no le aterra la muerte, tampoco las amenazas. A diferencia de Daniel, este enfermero que habla bajo el juramento que no se revele su nombre, lleva más de una década viendo heridos de bala, de cuchillo, de accidentes viales, enfermos terminales, borrachos, asesinos atacando a sus compañeros. Eso es lo de menos en el Hospital San Juan de Dios, afirma.Así también lo hace saber su compañera. Osorio, la auxiliar de enfermería, lleva un mes en el centro asistencial. Dice que ya entró en pánico.Una mujer le dijo que la iba a esperar hasta que terminara su turno.-De dónde querés que saque plata. ¡Cómo voy a comprar la inyección de mi mamá!, resolló una señora. -Es que acá no tenemos ese medicamento, explicó la enfermera.-Esperate y verás que te voy a pegar una puñalada cuando salgás de acá, sentenció.Pacientes tirados en los pasillos mientras la bolsa que les provee de suero pende de las ventanas, gente que sangra y se tiene que ir porque no encuentran su historia clínica para poderlos atender, salas de observación con 50 personas cuando su capacidad es de sólo 10. Eso tampoco suele asombrar a quienes trabajan en ese hospital, que gran parte del año permanece en crisis.En este momento, por ejemplo, hay una amenaza del sindicato. Si no se les paga la prima de junio y más de 40 días de salario que les deben bloquearán las puertas de ingreso al hospital. Ni pacientes “con dolencias menores” ni las directivas podrán acceder.Esas dificultades en este país son bien conocidas, aunque no dejan de sorprender. El martes pasado, en una noche, El País conoció otra realidad que es igual de aterradora: “Lo más difícil de trabajar acá es que uno siempre está bajo presión y se puede confundir con tanto paciente y desencadenar un evento adverso, es decir, ponerle un medicamento a la persona que no era. Eso puede ocasionar hasta la muerte, usted entiende. Es que son a veces hasta quince pacientes para un sólo enfermero auxiliar y si uno atiende bien a cada persona, entonces descuida las otras obligaciones.Mire, en este momento en esta sala que es de observación quirúrgica no hay un sólo médico. Y así son todas las noches.¿Porqué no me voy? porque estoy esperando cumplir los dos años que es el tiempo que se requiere de experiencia para salir a buscar trabajo. Estudié para salvar vidas, esa era mi ilusión, pero en este hospital no hay cómo. Siempre falta algo”.Ahí no termina la agonía de este joven de 20 años. Él, al igual que el experimentado enfermero, implora que no revele su identidad. Recuerda que se quiere ir, pero todavía no puede perder el trabajo porque necesita la experiencia.Sigue su relato mientras prepara un medicamento. “Trabajar de noche y en este ‘moridero’ es muy difícil. Hay compañeros que llegan a pie porque no tienen plata para el pasaje. A veces, cuando el hambre es tan brava, comemos de lo que preparan para los pacientes de hospitalización.Ahora ni hablemos del peligro de esta zona. A mí me atracaron —claro que eso es un decir— porque no he tenido una sola moneda en el bolsillo. No ve que desde hace cinco meses no me pagan”.Pablo Julio Rodríguez, presidente del Sindicato del hospital, revela que todavía hay más por contar. La mitad de los 227 trabajadores del San Juan de Dios está sin afiliación a la EPS y eso que cuando les pagan ya han descontado el servicio de salud que nunca reciben.“No son tantos”, refuta Iván González, director del hospital. Explica que están tratando de responder con la seguridad social a sus empleados y ahí en el San Juan de Dios “tratamos de darle cobertura a los trabajadores con enfermedades agudas”.Una auxiliar cuenta que hace tiempo se enfermó y que sus compañeros la atendieron, lo hicieron bien, pero hubo pocos privilegios. Estuvo varias horas acostada en una camilla de lámina, fría, sin colchoneta, sin almohada.Mientras Humberney Correa, administrador de Urgencias del San Juan de Dios, confirma las dificultades con las que allí se trabaja, se activa una sirena en el pasillo. “!Código azul, código azul!”, gritan. Una mujer esperó durante dos horas que su EPS de Régimen Subsidiado aprobara su traslado a una Unidad de Cuidados Intensivos, porque el San Juan de Dios no tiene ese servicio. Es un hospital de Nivel II. El tiempo se le agotó a la señora, ya había sufrido un infarto y otro fulminante acabó con ella antes de que fueran las once de la noche del martes pasado.Huir a veces es mejorSon casi las once de la noche del miércoles en el Hospital Carlos Holmes Trujillo y en la sala de espera de la Unidad de Urgencias hay más de 50 enfermos con sus respectivos acompañantes. A muchos la enfermedad se les convirtió en furia. Adentro, tras pasar una puerta café donde está Daniel, el de la pesadilla, hay dos habitaciones más.En una hay ocho personas, todas llegaron al borde de la muerte y por diferentes razones. Incluso heridos de bala. Dos policías ayudan a correr las camillas, sólo hay un médico y dos auxiliares de enfermería le toman la presión a una mujer que sigue de pie. Más adelante se darán cuenta que padeció un accidente cerebral.En la otra habitación hay cinco camillas con cerca de quince personas entre bebés y sus madres. Están apiñados como si se tratara de un campo de refugiados africano. Es la sala de nebulizaciones.En este hospital no es que sobren los recursos económicos, pero acá, a diferencia del Hospital San Juan de Dios, el drama es otro.“¿Usted sabe cómo le decimos a este hospital en el barrio?: El Carlos Muerto”.El hombre lleva trece horas esperando una consulta para su hijo porque tiene fiebre y vómito. Sostiene que de la única manera que atienen rápido a la gente es cuando llega bañada en sangre, “pero de todas maneras se muere”, asegura.Lo que no sabe es que la espera se prolonga cada que llegan heridos con armas de fuego. Por ejemplo, dos de los médicos que estaban de turno ese miércoles tuvieron que irse con un hombre que llegó con un tiro en la cabeza y fue remitido al Hospital Universitario del Valle.El médico Javier Arévalo, director del Carlos Hólmes Trujillo, rechaza de tajo ese apelativo de ‘Carlos Muerto’. Explica que el Distrito de Aguablanca tiene 650.000 habitantes, es decir, que dobla la población de una ciudad como Palmira y, aún así, tiene un único centro de urgencias.“Estamos en un sector donde confluyen todas las comunas violentas. El que llega acá lo hace casi muerto o con heridas tan graves que no alcanzamos a salvarle la vida, pero tenemos médicos excelentes”, señala.La misma fachada del hospital cuenta una historia. No es de paredes blancas y tampoco hay encerramiento de malla. Lo cubre una puerta que parece blindada y un muro de latas negras. El portero de seguridad privada viste chaleco antibalas. Alguien dice que parece un hospital de guerra.Fernández, como lo identifica el adhesivo en el pecho, sostiene que cuando llegan pandilleros con “sus parceros” moribundos es mejor no oponer resistencia. “Una vez tumbaron la reja que había para obligar al médico a resucitar un muerto”, recuerda.El negro espigado relaja su postura corporal y dice que es mejor conservar la vida. Daniel, su compañero, el de la puerta que divide las urgencias de la sala de espera, el de la pesadilla, también opina lo mismo. Por eso, el día de su descanso irá hasta la empresa para pedir que lo cambien de puesto.“Yo sabía que en los hospitales la situación era crítica, pero estar acá toda una noche o todo un día es algo que pocos pueden resistir”. Ahora es presa del miedo o de la depresión, confiesa el guardián.En el San Juan de DiosIván González, director del Hospital San Juan de Dios, sostiene que el principal deudor de esta casa de salud es el Estado. “Tenemos radicada información que indica que habría una prestación de servicios con fecha al 2010 por un total de $27.000 millones”.”Ese déficit es el que genera incumplir con parafiscales y en menor grado, con las obligaciones laborales. Hemos tenido que priorizar recursos y hemos descuidado algunos elementos”, admite el funcionario.Calisalud, la EPS de Régimen Subsidiado que fue intervenida el año pasado, le debe a este hospital $1.400 millones.Normalmente, la institución permanece entre lunes y jueves con un sobrecupo del 40%. Sin embargo, los fines de semana, o los días de quincena son “mucho más congestionados”, cuenta Humberney Correa, administrador de urgencias de este hospital.Del Carlos HolmesAl año el Hospital Carlos Holmes Trujillo recibe 110.000 pacientes por urgencias, de los cuales el 60% no son verdaderas urgencias, según Javier Arévalo, director de la institución.De ese 60%, el 40% tiene que ser remitido al HUV porque generalmente son heridos de gravedad.La alta demanda de servicios hizo que las directivas destinaran $3.800 millones de recursos propios para la ampliación del centro de salud. Ahora sólo hay 5 camillas en urgencias y 7 en observación, 5 en pediatría, 12 en hospitalización. La idea es doblar la capacidad.

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