La historia del único equipo de voleibol del Valle compuesto por mutilados

La historia del único equipo de voleibol del Valle compuesto por mutilados

Octubre 07, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País

En Cali está el único equipo de voleibol sentado del Valle. Lo conforman exmilitares víctimas de minas y civiles parapléjicos. ¿Puede un juego curar las heridas de la guerra?

Responden desanimados. Quizá porque la pregunta se las hace todo el que los conoce: ¿Qué te pasó? Responden mecánicamente, mejor, como resignados a tener que contar siempre lo mismo.- Mi nombre es Fabio Franco. Tengo 25 años. Fui militar, herido en combate. Sucedió en el Cauca. Pisé una mina por salvar a un compañero. Perdí la pierna derecha.- Mi nombre es Carlos Henao. Tengo 32 años. Caí en un campo minado hace seis. Fue en el Corregimiento de Flechas, Montelíbano, Córdoba. Perdí las dos piernas.- Mi nombre es Francisco Javier Aguilar. Pisé la mina el primero de mayo de 2008, en Puerto Rico, Caquetá. Perdí la pierna derecha.Los hombres están sentados en círculo en una de las canchas de la liga de voleibol del Valle, ubicada al sur de Cali. Sudan, estiran. Acaban de terminar su práctica. Son parte del único equipo de voleibol sentado en el departamento, el Club Deportivo Disfad. El deporte, que se practica desde hace 60 años en el mundo, se creó pensando en los mutilados que dejó la Segunda Guerra Mundial. En Colombia se juega desde hace aproximadamente cinco años y se implementó pensando en lo mismo: los mutilados que está dejando la guerra entre el Ejército y la guerrilla.II- ¿Te ayudo?- No.Fernando Aguirre sale de la cancha en silla de ruedas. No hay rampas. Él lidia con gradas y escalones. Le gusta enfrentarlos solo. ¿O el día que no haya nadie qué hago?, se pregunta. Si acá adentro es difícil movilizarse, dice, imagínese lo que es allá afuera, en la ciudad, donde en cada esquina hay una barrera arquitectónica por sortear. Fernando se dirige hacia su carro, un Aveo GT blanco. Él, parapléjico, maneja. Es uno de los fundadores del equipo de voleibol sentado, que no solo es integrado por militares. Fernando es administrador de empresas. Tiene 40 años, una esposa, dos hijos, una marca de ropa deportiva para mujer. En su perfil de Facebook se lee un mensaje: “mi propia empresa, mi propio jefe”. Siempre jugó voleibol. Fue selección Valle infantil, juvenil. Siempre jugó, incluso, después del accidente. A él también le preguntan. Sucedió mientras hacía un curso de rescate helicoportado, en Dapa. El ejercicio era cruzar un abismo de casi dos kilómetros por un cable de canopy. El cable se partió y Fernando cayó 120 metros. Cuando se despertó en la clínica, 72 horas después, le dieron la noticia sin preámbulos: no vas a volver a caminar.Fernando lo agradece. Decirle lo contrario, piensa, era alimentarle una esperanza que en realidad era una gran mentira. Mejor afrontar la vida como se venía, sin condolencias. ¿Qué hay que hacer?, preguntó. Los médicos le decían no puedes trabajar, no puedes manejar, no puedes hacer deporte. Y Fernando que sí, que sí, que sí.- Cada impedimento se lo pone uno mismo. La única que nos pone parámetros de lo que podemos lograr o no es la mente. Entonces se hizo buzo. Y un día lo llamaron de la Oficina de Atención al Herido de la III Brigada para enseñar ese deporte entre los soldados mutilados por las minas. Fernando fue. Ahora oprime la alarma de su carro. IIIEl teniente Alexander Tapasco entra caminando a su oficina. Está vestido de jeans y camisa. No parece una víctima más de la guerra. El teniente, sin embargo, hace parte de una estadística aterradora: en Colombia, 6.467 militares han caído en una mina en los últimos 23 años. Entre enero y agosto de 2013 le sucedió a 165. Las víctimas se cuentan así, por miles, por cientos. Miles, cientos de pies, de manos, de piernas, de ojos, de niños, de mujeres, de ancianos y también de vacas, de perros, de gallinas volando por los cielos debido a esos explosivos que arman en diez minutos y cambian vidas para siempre. Debajo del jean del teniente se oculta su prótesis. Justamente en este día que nos encontramos, 11 de septiembre, se cumplen siete años de la vez que le cayó una mina teledirigida y le mutiló una pierna en Suárez, Cauca. También quedaron heridos 9 de los 36 hombres que tenía bajo su mando; otros 4 murieron. Es lo que más le duele. Es en lo que más piensa. Más que en su propia pierna.Un año y medio más tarde, después de haber completado su rehabilitación, al teniente lo nombraron Coordinador de la Oficina de Atención al Herido. Llegaban pacientes de todas las regiones de Colombia: Caquetá, Boyacá. Decenas, cientos, de mutilados.El teniente debía solucionar un problema. Los soldados de esas regiones apartadas no contaban con su familia para la etapa de rehabilitación. Los muchachos – todos por lo general menores de 25 años- hacían su terapia y volvían a la zona de hospitalizados.- Quedaban en la habitación mirando para arriba, sin nada para hacer.El teniente contactó entonces a Fernando Aguirre, parapléjico, buzo. Pensó que enseñarles a bucear podría ser una buena manera de tener la mente de los soldados amputados distraída.Sin embargo, no se dieron las condiciones para hacerlo. Entre otras cosas, Cali está a cuatro horas del mar. El teniente y Fernando buscaron otras opciones: atletismo, natación, tiro. Los soldados se aburrían, en todo caso. Eran deportes individuales, solitarios. Lo que en realidad necesitaban era compañía. Entonces probaron el voleibol sentado. Es un deporte colectivo que se adapta fácilmente a las condiciones físicas de los amputados. No se requieren sillas de ruedas para practicarse y es sencillo: las reglas son las mismas que el voleibol convencional. Juegan seis contra seis. La diferencia es que en el voleibol sentado la cancha es más reducida (10 metros de largo por seis de ancho), la malla es más baja y está prohibido levantar los glúteos del piso.A los soldados les gustó. No era solo jugar. Era también reunirse, hablar, hacerse amigos. Se formó un equipo.Pero querían competir en serio. El voleibol sentado se practica en Medellín – Antioquia es el departamento con más víctimas por minas– Granada Meta, Neiva, Popayán, la costa, Bogotá, Valle. Y para competir se necesita apoyo, patrocinios. El Ejército no tenía presupuesto. Entonces Fernando les propuso formar un club civil para buscar respaldo de la empresa privada, las ligas, la Secretaría del Deporte. Así nació el Club Deportivo Disfad.El equipo es el segundo mejor del país. Solo es superado por la Selección Colombia. Entrenan para el nacional, que será en octubre. Y aspiran ser parte de la selección para participar en los Parapanamericanos de Toronto 2015 y los Paralímpicos de Río de Janeiro 2016. Las potencias a vencer son países en guerra, países de mutilados. Irán, Irak. Tal vez ahora, quién sabe, Siria. VFuera de la cancha es difícil detectar su discapacidad. Cuando termina el entrenamiento, la mayoría de los integrantes del club Disfad caminan hacia la salida de la liga. De la cancha se desplazaron sentados, ayudados por sus manos, hacia unas bancas donde estaban sus prótesis. Se las pusieron como si fueran pantalones, fácil. Y bromeaban. Aguilar contaba que antes del voleibol probó suerte con la natación. No le gustó. Lo que hacía, en vez de nadar, aceptaba, era tomarse el agua de la piscina. Sus compañeros, en coro, le advertían que tanto tiempo después el agua no le había salido y enseguida le señalaban el estómago, riéndose a carcajadas. Aguilar, el mejor clavador del equipo, es alto, de brazos larguísimos, pero panzón. El equipo de voleibol sentado es también una tropa de bromistas que no pierden la oportunidad para mofarse de sí mismos.Santiago Lizcano Martínez, el entrenador, dice que el voleibol sentado les permitió a sus dirigidos fortalecer el autoestima. Nadie anda por ahí quejándose de nada, haciéndose la víctima, con la cabeza gacha. Nadie anda encerrado en su casa sin querer salir. El equipo les dio identidad. Comparten una misma historia, se sienten cómodos en comunidad, toman confianza en una sociedad que los excluye desde su misma arquitectura. El entrenador menciona en ese sentido otro detalle: jugar voleibol sentado es una forma de comunicarse justamente con esa sociedad. Peleando cada bola, ganando cada punto, los integrantes del equipo envían un mensaje: no son inferiores a nadie.Es lo que sucede justamente ahora, un día después del entrenamiento. El equipo Disfad hace una exhibición para estudiantes de la Escuela Nacional del Deporte y pacientes parapléjicos del Hospital Universitario del Valle. Disfad juega contra estudiantes que no tienen ninguna discapacidad, los vencen, y en el salón donde se juega el partido se escucha un aplauso atronador. Los pacientes, por su parte, miran concentrados, como en otro mundo, como pensando que quizá no todo está perdido. Algunos quedaron parapléjicos por heridas de armas de fuego, la guerra entre pandillas, la guerra, y uno se pregunta si acaso la escena de esos hombres que juegan sin alguna de sus extremidades no será razón suficiente para pensar firmar, por fin, la paz de un país que ha permanecido siglos en un conflicto demasiado costoso.

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