La historia del hombre de los gallos, una afición que corre por las venas

Marzo 18, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País

Cuando fue gobernador del Cauca, en el despacho hubo un cuarto para las aves de pelea. De ese tamaño es la afición de Andrés Arroyo, uno de los motores del Mundial de Gallos que empieza este viernes en Cali.

Tal como cuenta la vida, los gallos de pelea prácticamente se le encaramaron en las ramas del árbol genealógico: su papá, un profesor universitario de Popayán, era gallero y poco a poco le fue dejando la afición como enseñanza y herencia. 

Así que cuando salía del colegio, siendo un niño de 7-8 años, su mayor entretención era irse a cuidar las aves que en el patio de la casa crecían o se recuperaban de algún combate; una entrada a la gallera era el premio por las buenas calificaciones; a los 11 tuvo su primer gallo, Calígula, una fiera que con él se ponía muy manso y que murió después de ganar cinco combates. Fue también la última vez que lloró a uno de sus gallos.

El final de Calígula hacía parte de su naturaleza, dice casi con la misma naturaleza con que alguien podría recordar la fecha del cumpleaños. Desde entonces, esos años, ya no se pudo separar del vicio que llevó a toda esquina, a la adolescencia de pantalones largos, a la universidad donde entró a estudiar Matemáticas Puras y Administración de Empresas, y también a la Gobernación del Cauca: designado gobernador durante la Presidencia de López Michelsen, se le salió el gallero hasta el extremo de mandar a construir un cuarto en el despacho, su propio despacho, para guardar aves de pelea mientras atendía los asuntos más urgentes del departamento.

Lo que pasa, cuenta, es que las comisiones de los municipios descubrieron su afición y le llevaban gallos de regalo cada que se aparecían en su oficina; de pronto los obsequios fueron tan frecuentes que tener un galpón en miniatura cerca al escritorio resultó lo mejor para todos. Incluyendo los gallos. 

Tan célebre se fue haciendo el asunto que incluso el Presidente López Michelsen, una vez de visita, le pidió que le abriera la puerta del cuartito para echar un ojo. Estuvieron conversando entre el cacareo, recuerda Andrés Arroyo, hoy con el pelo todo blanco y una cuenta de más de veinte mil ejemplares que han pasado por su vida. Veinte mil, sí, ‘El hombre de los Gallos’ lleva la suma a mano en un arrume de cuadernos.

No todos han corrido la misma suerte de Calígula, en todo caso, aclara él, explicando que al igual que como sucede en una corrida de toros, hay gallos que resultan indultados por bravura y hay otros que por sus condiciones nacen solo para ser reproductores: gallos que por ser muy bellos no tendrán que ganarse el maíz a espuelazos. 

Ejemplos de unos y otros van pasando en jaulas individuales y altas, sembradas bajo los árboles que al borde de la finca de Andrés Arroyo, un terreno llano y amplio en el corregimiento de Palmaseca, dan sombra a los últimos días de picos y espuelas que en casi todas las ocasiones se ganaron el privilegio del retiro más por fiereza que por gracia.

La razón del encierro aún en esas instancias tiene que ver con los genes de los animales: según él, desde que cumplen seis meses de nacidos, instintivamente los polluelos comienzan a atacarse entre sí y por eso a partir de entonces deben permanecer separados unos de otros. 

Mientras estén jóvenes serán boxeadores: comerán por gramos, tendrán un entrenador que ejercitará sus piernas y reflejos, recibirán masajes de aceite y hierbas sobre la fatiga, les remendarán con nylon sus heridas y vivirán siempre buscando la forma de no dejarse matar en la próxima pelea. 

Con los ojos encendidos y de plumajes colorados, cenizos, verdes tornasolados, prietos, los combatientes cacarean su ardor a punto de fuego en jaulas que del suelo al techo se encuentran acomodadas en un kiosko con cubierta de paja que es su dormitorio. Todos componen la misma familia, las sangres de sus ancestros están cruzadas en un linaje guerrero. Cuerda, se llama en gallería. La de Andrés Arroyo, la  Palmaseca.

Las riñas de gallos son legales en Colombia. En el 2010, la Corte Constitucional  rechazó la demanda que buscaba prohibirlas, junto a las corridas de toros y las corralejas.

En un altillo arriba de 70 gallos duerme un muchacho: Luis Fernando Vélez, que es su cuidador. Según como lo explica, antes que una extravagancia, pernoctar y amanecer tan cerca de ellos es más bien una necesidad: “Un gallo es como un ser humano, lo más difícil es ganársele la confianza”. 

Después de aquello, lo que sigue en adelante será ayudarles a recordar cómo era la vida  fuera de la jaula: que aleteen, que sepan cómo caer y se hagan fuertes. Una de las maneras de lograrlo es llevarlos a pastar, dice Luis, hoy de 30, pero aficionado desde los 5. En sus manos mientras habla, las caricias se le enredan en un gallo prieto.

Cada mañana ‘El hombre de los gallos’ viaja desde Cali unos 40 minutos para visitar a sus pollos. En medio de varios kioskos tiene un cuarto  sin lujos, pero con aire acondicionado y baño, como un refugio a medida de su afición. Allí a veces duerme una siesta o se reúne con amigos o clientes para hablar de gallos. Su esposa nunca va, pero él nunca falla. Siempre que pueda, más o menos después de las diez, aparece  repartiendo una bolsa de pan que se queda en las fauces de los perros gigantes que le ayudan a cuidar la finca. Así empieza su jornada de monitoreo de huevos, pollos, gallinas, padrotes, peleadores furibundos y soldados que se ganaron la pensión.  Andrés Arroyo ya está jubilado.  No así el gallero que lleva dentro. 

La cuerda Palmaseca es también el hogar de varios gallos originarios de distintos países. Sus padres o sus abuelos, en algún momento combatiendo en Cali, fueron dejados ahí por sus dueños con la esperanza de cruzarlos y empezar  una casta. Y allí han crecido. En Palmaseca hay gallos con lazos familiares que se alargan hasta Venezuela, Ecuador, Perú, Brasil, Aruba, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana, España, México y Cuba. Resulta que Cali, por  el arraigo histórico que la gallería ha tenido, es uno de los epicentros internacionales de esta afición, que aunque se mantiene viva en distintas partes del planeta, como la tauromaquia cada vez cuenta con menos sitio: en Estados Unidos, por ejemplo, las riñas están prohibidas. En Europa solo son aceptadas en Andalucía (España) y en el Paso de Calais (Francia).

Los gallos de Palmaseca se enfrentarán este fin de semana en un Mundial de gallería que empieza hoy y termina el domingo. Será en la gallera Pico de Oro, de la 16 con 25. 90 peleas cada día. 540 en total. “Muchas cosas han cambiado con respecto al pasado: las peleas ya no son a muerte sino a ocho minutos y se definen por puntos, las espuelas son más cortas, de plástico, y con medidas de regla”. ‘El hombre de los Gallos’ habla con la naturalidad que recordaría la fecha de su cumpleaños. Todo empezó cuando usaba los pantalones cortos en Popayán y ya tiene 78 años. También tiene dos nietos. Uno de ellos, dice, le salió animalista y no le gusta la  suerte de la mayoría de aves que tiene el  abuelo.

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