La historia de un rehabilitado que rescata de las drogas a habitantes de calle en Cali

Octubre 23, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
La historia de un rehabilitado que rescata de las drogas a habitantes de calle en Cali

Desde hace 8 años, con su fundación Jesús, Pescador de Hombres, el administrador de empresas Henry Aristizábal se dedica, junto con su familia, a rescatar de las drogas a los habitantes de calle de la ciudad.

Desde hace 8 años Henry Aristizábal, un administrador de empresas caleño, se dedica a ofrecer ayuda a los habitantes de calle de la ciudad para que se rehabiliten. Y lo está logrando.

El pescador de hombres sale a ‘pescar’ los sábados, muy temprano. A las 7:30 a.m. tiene lista su ‘caña’, la ‘carnada’. Se ubica en la Calle 26 con Segunda Norte, cerca al túnel vehicular que conduce al Terminal. Entonces, los ‘peces’ comienzan a salir.

El pescador de hombres se llama Henry Aristizábal. Durante 20 años fue adicto a la cocaína y al bazuco.

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Henry  proviene de una familia ‘acomodada’. Su padre fue un empresario del transporte público. Era el propietario de la empresa de buses Azul Crema y llegó a tener 127 vehículos.

 Henry entonces estudió en uno de los mejores colegios de Cali: el Colombo Británico. Después estudiaría administración de empresas, arte y música en Los Ángeles. Para ese entonces ya consumía drogas.

A los 13 probó la cocaína y comenzó a llevar una doble vida: estudiante ejemplo, consumidor. 

Después probaría el bazuco y parecía que todo estaba perdido. Sucedió la historia de siempre: perdió sus empresas (Henry se dedica ahora al sector inmobiliario), perdió su familia, su esposa, su hijo. Al día se podía gastar $100 mil  en bazuco y sagradamente aseguraba un kilo de coca para el resto del mes.

-       Llegó un momento en que solo pensaba en eso, en la droga. Yo podía estar en el mejor club de la ciudad, comiendo delicioso, con mis amigos, pero dejaba todo eso para irme  a consumir. Era absurdo. Para mí ganar dinero se volvió algo mortificante, porque sabía lo que me esperaba. Recuerdo que una vez me gasté $100 millones del negocio de una casa, en un mes. Era de los que me encerraba en los hoteles con mujeres para consumir drogas. Caí en ellas por lo que caen todos: la curiosidad de probarlas.   

Henry además estuvo preso en Estados Unidos. Lo acusaron de un delito que, dice, no cometió. Allá se hizo amigo de todo el mundo, era el ‘profesor’. Enseñaba inglés y matemáticas.  Después de cinco años  lo dejaron libre. Henry  siguió consumiendo.

En casa se quedaba encerrado en su cuarto, aislado del mundo, aislado incluso de su madre. Hasta que llegó un momento en que dijo no puedo más, y pensó en matarse.

Compró un seguro de vida y esperó los 90 días que se debían cumplir para que se lo pagaran a su esposa e hijo.

En el día 90, dice ahora sentado en uno de los muebles de su fundación, confrontó a Dios. Si él existía, entonces, jamás le había dado la mano, le dijo. 

Y le pidió que una vez se suicidara, le encomendaba su alma. Henry es católico y desde niño creció con esa idea de que quien se quita la vida, se va al infierno, pero él estaba dispuesto a asumir las consecuencias.  

Sin embargo, no sabe qué pasó. El día en que se iba a matar   cayó en un sueño profundo. Cuando se despertó vio la cocaína, los bazucos armados, el mercurio que pensaba tomarse. Todo intacto. Y  no sintió deseo por nada de ello. Después de 20 años de drogarse a diario, salió a trabajar sin hacerlo.

-       Yo creo en eso: Dios me sanó ese día.  La droga  dejó de ser parte de mí.

Unos meses   después comenzó su obra. Henry Aristizábal es el director de la Fundación Jesús, Pescador de Hombres.

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-       El pescador de hombres es Jesús, no yo,  aclara Henry. Pero él hace su parte.

Los sábados, entonces, muy temprano, se ubica en la Calle 26 con Segunda Norte. Lo acompañan su esposa, su hijo. La familia se reconcilió tras la rehabilitación de Henry. Y  comienzan a llegar los habitantes de la calle. Sus ‘peces’. 

Henry les promete un plato de comida —no es cualquier comida por cierto, el plato puede incluir corvina incluso—, pero primero solicita que lo escuchen. Es su única condición. 

Porque él no regala comida, no es esa su obra, explica,  sino ofrecer  la posibilidad para que otros salgan de las drogas. Así que el que solo va por comida sin escuchar se puede retirar por donde llegó. 

Henry, después de aclarar sus condiciones,  cuenta enseguida su testimonio como adicto en la jerga de los habitantes de la calle. Algunos de ellos comen y se van, pero otros se quedan. Le piden ayuda, lo ven quizá como un espejo. Y ahí es cuando comienza la obra.

A los que quieren salir de la adicción Henry los conduce a casas cristianas para que inicien su proceso de rehabilitación. Les lleva comida, ropa. Después les busca trabajo. Su intención no es solo que superen el bazuco, la cocaína o la heroína,  sino darles la posibilidad de empezar un nuevo estilo de vida. Para financiar todo ello recibe el apoyo de varios de sus amigos del colegio, hoy importantes empresarios de Colombia, y muchos habitantes de la calle se han salvado. 

Mauricio, por ejemplo, era un muchacho graduado como economista de la Universidad Santiago de Cali. Adicto a la heroína,  dormía en el puente de la Diez con Quinta. Henry lo conoció en un paseo y lo invitó a la cita de los sábados. Mauricio fue barbado, con un costal a su espalda. Al siguiente sábado volvió sin barba. Al siguiente, era ya servidor de la fundación. Mauricio volvió a su casa, a su familia, y actualmente maneja un albergue para ancianos. Aunque el pescador de hombres no solo se dedica a los habitantes de la calle…

-       La fundación,  pensé al principio,  solo hacía la obra para habitantes de la calle, pero resulta que no. Otras personas han venido para llenarse de amor, empezar una nueva vida. Como el doctor Sigifredo López. Después del secuestro, vino aquí a hacer su terapia,  sirviéndole a los demás.  Él también es un pescador de hombres, junto con su esposa. Acá también han venido familias a sanar su duelo después de que les han matado a un ser querido. Gente que viene dolida con la sociedad y buscan el amor para curar ese odio. Como dos señoras de Ciudad Jardín. A una de ellas un indigente le había matado un hijo, y encontró en el servicio a los habitantes de calle su manera de sanar. La consideran su madre, dice Henry, que por cierto sueña con que Cali tenga un gran centro de rehabilitación con capacidad para seis mil personas. 

El diseño ya lo tiene listo. Es la foto de la cárcel de Wasco, en California, donde estuvo preso. Henry quiere construirla tal cual, pero en vez de cárcel, llamarla ‘El complejo de rehabilitación  más grande del mundo’.

-       Yo creo en los milagros.  Yo soy un milagro.

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