La historia de Paz Animal, dos décadas de lucha en defensa de los animales

Marzo 07, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas
La historia de Paz Animal, dos décadas de lucha en defensa de los animales

En el corregimiento Borrero Ayerbe de Dagua, a 40 minutos de Cali, está el asilo con capacidad para 600 sobrevivientes del abuso.

La fundación dirigida por Liliana Ossa, que desde 1995 funciona como albergue y clínica para los animales desprotegidos de la ciudad, otra vez cerca del cierre.

Los peores días de su vida son los lunes y los jueves porque esos son los días de movimiento en el matadero. Así que no ha de ocurrir algo excepcional -¡qué se abra la tierra!, se ha descubierto implorando- , en cierto instante Liliana Ossa terminará suponiendo la suerte que corrieron las vacas que de allí salieron colgando en garfios, o convertidas en filetes, y la impotencia   será como una braza ardiendo. Luego vendrá un grito ahogado. Lunes y jueves. Lea también: Muchos creen que los animales son basura, dice directora de Paz Animal

Los relatos que sobre la mezquindad de los sacrificios tiene posteados en Facebook le darán vuelta esos días. Así como pasará con las cosas que ha tenido que ver de camino al matadero de Cali: reses que desde el Putumayo viajaron días y días en camiones y antes de caer desvanecidas por el cansancio fueron enganchadas y colgadas de la nariz para evitar que la rigidez de una muerte inoportuna les malograra la carne.

 Recordará sus ojos negrotes y apesadumbrados como siempre, desorbitados del susto esa vez, asomados por las hendijas del camión. Verá el miedo de las vacas y sentirá pena por ellas. Pero sobre todo por nosotros, nuestra especie, y llorará. Lunes y jueves.

Será entonces el miércoles de esta semana, un día supuestamente menos duro en la vida que decidió, cuando encare otro dolor que también se le ha vuelto común: Paz Animal, la fundación que se inventó en 1995 para darles servicios de albergue y clínica a los animales desprotegidos, nuevamente está que cierra por falta de recursos. A las nueve de la mañana, en el Ventolini que está frente al Gato de Tejada y junto al río, citará a la prensa y a algunos amigos para contarles pormenores. 

Activista vegana, filósofa, profesora  de  cientos de caleños que la tuvieron de maestra en el bachillerato o en Bellas Artes, y dueña de una vida que ya no es necesario encasillar en años, Liliana cae en cuenta que desde que se dedica a la causa animal nunca tuvo un día feliz.  “Con lo que tengo que ver no me queda nada para celebrar. Vivir-morir, vivir-morir, esa ha sido mi vida”.

Nacida en el seno de una familia caleña-caleña, su lucha probablemente tenga origen en los primeros años de crianza, junto a tíos que un domingo podían  arrimar a saludar con guatines colgando de las colas como trofeos de cacería. 

Presa tras presa y sin poder percibirlo, contrario a cultivar en la niña el mismo instinto depredador, lo que consiguieron fue empezar a moldear algunas de las fibras fundamentales en su carácter; el proteccionismo en dirección opuesta a las normas, por ejemplo: a los 4 años comenzó a dormir con un chivo al que le mataron la mamá para llevarla al fogón. Más adelante una chucha sería su mascota.

[[nid:514685;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/03/liliana-ossa-3.jpg;left;{Liliana Ossa es la creadora y directora, el alma y vida, músculo y vientre de la fundación Paz Animal. Foto: Elpais.com.co | Archivo}]]

Como fundación, Paz Animal arrancó a partir del caso de una perrita maltrecha que hace 21 años Liliana recogió de la calle y la convocatoria que entre sus amigos y conocidos hizo para costearle el tratamiento clínico. Aparecieron 40 y poco a poco la solidaridad fue depurando la lista hasta que quedaron 20 creyentes que le ayudaron a salvarla. Luego encontró otro animal  enfermo. Y luego otro atropellado. Y otro molido a golpes.  Y otro violado. Y otro más. Y otro. Siempre otro. 

Fue así como la ciudad espantosa que de pronto iba abriéndose ante sus ojos paradójicamente le mostraba el lugar que la reclamaba. Y es así más o menos cómo se explica su historia en el activismo y proteccionismo animal, que desde ese momento y hasta ahora atendió más o menos de la misma forma que al principio, es decir, pidiendo ayuda y abriendo un hueco para tapar otro. Siempre otro.

En 1996 consiguió una camioneta  para rescatar animales estropeados de las esquinas. La lista de víctimas encadenadas que encontró en su recorrido puede empezar con una tortuga y terminar con un mico bebé, pasando por el oso perezoso que tuvo que desprender del sótano de una discoteca; aunque en el listado cabe casi cualquier deformidad de la imaginación. ¿Excesos contra los gatos? Los ha visto sumergidos en alquitrán. ¿Abusos contra los caballos? Los ha tenido que recoger quemados y cortados a machete. 

Hubo meses en los que llegó a socorrer 600 animales, que por consiguiente fueron meses de colapso en la casa que como albergue y veterinaria acondicionó a la vuelta del Hotel Intercontinental.

 La cosa fue aflojando por allá en el año 2000, cuando consiguió que el Gobierno Nacional le entregara una finca que había pertenecido a los hermanos Rodríguez Orejuela, para que bajo su administración el predio se transformara en un sanatorio de animales sacudidos por la demencia del hombre. El terreno, 17 hectáreas de jardines  a las afueras de Dagua, conserva un bautizo a la medida de sus nuevos huéspedes: Caballo Loco.

Eso tampoco alcanzó. Nadie llega a calcular las dimensiones de  la violencia contra los animales ni el número de casos de abandono que se presentan en Cali: desde que empezó a funcionar en el  El Peñón, no ha habido un mes en el que no hayan encontrado afuera de la sede, en cajas y chuspas, cachorros recién nacidos, pájaros de alas fracturadas, y mascotas que al envejecer comenzaron a olerles mal a sus supuestos amos. 

En medio de lo que ha tenido que hacer para no dejar morir a unos y otros, los líos en los que se ha metido  también son incalculables: con los vecinos que se quejaron por el ruido; con unas señoras ‘dediparadas’ que pegaron el grito en el cielo y casi les oyen; con las mafias del tráfico de especies exóticas; con carretilleros que pasaron del madrazo a las amenazas de muerte. “Y con unas viejas chismosas que se inventaron que  eutanasiábamos a todos los animales que recogíamos, cuando las únicas eutanasias que aplicamos son por piedad… ¡Viejas pendejas!”.

Uno de los líos más recientes, que no el último, salió de Caballo Loco. Hace dos años Liliana hizo un convenio con una asociación de campesinos para que ocuparan cinco hectáreas de la propiedad a cambio de dos cosas: que ayudaran a cuidar y que un porcentaje de lo que consiguieran trabajando la tierra, se lo entregaran a la Fundación para el sostenimiento de los animales que viven ahí mismo.

 Imposible de prever, lo que pasó, cuenta, fue que empezaron a talar el bosque y a correr las cercas, y a los 16 meses cuando ella canceló el convenio y les pidió que desalojaran, esos amables inquilinos contestaron con amenazas e insultos. A mediados del 2015, en las ramas de un árbol amanecieron colgados dos de los perros del albergue. Luego una veintena de gatos muertos. Liliana no volvió a Dagua. Como si fuera una sugerencia médica, a finales del año pasado alguien llamó a decirle que aquello era lo mejor para su salud.

Pero el lío eterno es el de la  plata. El sostenimiento de Paz Animal vale 32 millones de pesos mensuales, necesarios para alimento, droga, gastos clínicos y sueldos de cuatro trabajadores, entre otros mil asuntos. En medio de muchas penurias, hasta ahora Liliana siempre consiguió todo gracias a donaciones de amigos y empresas que nunca fallaron: Carlos Arcesio Paz, Betty Pava, Luz María Paz y Giovana Erazo.

 Y la Harinera del Valle, que les da alimento para 15 días. Colombina, que   les proporciona galleta en trozos destinadas para mezclar con la comida. Imbanaco, que les da ropa usada, y Mead Johnson, que les regala 7.000 kilos de Enfamil para revolver también en el alimento y hacer que alcance. El problema es que la fórmula del hueco tapando otro hueco puede que ya no alcance, pues por efecto  de  la crisis económica que le da la vuelta al mundo uno de sus mecenas deberá reducir el apoyo que le venía entregando  y eso hace temblar toda la fundación. “Es una vergüenza -dice- pero si  a los animales no puedo garantizarles  dignidad en el trato, mejor cierro”. 

 Parece mentira lo que con tan poco ha podido: la ‘pequeñez’ de cubrir todas las atenciones de casos veterinarios, abandono,  tantas locuras que van a dar a Paz Animal; el año pasado fueron 20.000 casos.

Desde el 95 hasta ahora no ha habido Alcaldía ni Gobernación que patrocinen su trabajo ni caído en cuenta de lo que sucedería si  no lo hiciera. Por si no la han visto, Liliana  va por ahí en un Twingo gris, con una fauna de calcomanías pegadas a un costado. Los lunes y jueves casi siempre está en su casa; son días  muy tristes. Este miércoles, por si acaso, a las nueve  va a estar en una heladería.

 

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