La historia de Nelly Borrero, 'la Madre' del Sagrado Corazón de Jesús

La historia de Nelly Borrero, 'la Madre' del Sagrado Corazón de Jesús

Junio 25, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lorena Arana | Especial para El País.
La historia de Nelly Borrero, 'la Madre' del Sagrado Corazón de Jesús

Nelly Borrero Garcés, a sus 84 años, sigue dando clases y siendo ejemplo en el colegio al que llegó como maestra hace tres décadas.

Una exalumna regresa a su colegio para contar esta historia: la de Nelly Borrero, religiosa de 84 años, responsable de la formación de incontables caleñas. Encuentro con una maestra eterna.

Encontrarla de nuevo fue viajar en el tiempo. Estaba ahí, parada en la entrada, esperándome vestida igual que siempre: con hábito, tocado y sus característicos zapatos negros. La Madre Borrero ¿quién no la recuerda? Bueno, tal vez no sea una pregunta abierta para toda la ciudad, pero sí para una parte: hace 30 años un tradicional colegio de Cali tuvo la suerte de contar con ella en su equipo de trabajo y aún hoy la religiosa hace parte de la institución. Y no como un recuerdo. Aunque desde hace cinco años vive en ‘Nazareth’, la casa-hogar ubicada enseguida del colegio Sagrado Corazón de Jesús, donde también viven otras catorce religiosas de la congregación del Sagrado Corazón, a sus 84 años esta monja caleña no se encuentra en ‘estado de retiro’. De hecho, Nelly Borrero Garcés todavía hoy da clases de catequesis. Una vez a su lado, ocho años después de la última visita que hice al colegio, me sorprendió la entereza que conserva, a pesar de su paso lento y su memoria ahora un poco traicionera. La historia de su vocación empezó a escribirse desde hace mucho. Inició en el noviciado a los 21 años, motivada por el ejemplo de varias familiares suyas, cuenta. Ante la decisión, tuvo que mudarse a Bogotá por un tiempo y separarse de su madre, que había enviudado muy joven y también había perdido a su otro hijo, Jorge Eduardo, de 22 años, hermano de la Madre. “A mi mamá le dio tan duro que yo me fuera, que tuve que pedir permiso para que me visitara por un mes en Bogotá y allá le dije: este es un premio que te dan, pero cuando te vayas tienes que hacerlo contenta”, recuerda ella, que califica la vida de religiosa, de principio a fin, como “su mejor época”,  ya que considera es algo que nació espontáneamente de su corazón. Transitando por el camino de su vocación, la Madre Borrero llegó hace 30 años al Sagrado Corazón de Jesús como maestra. Y a través de su labor allí se hizo ejemplo: también fue una de las figuras de autoridad del colegio,  siempre en primaria, donde semanalmente dicta sus clases. “Lo que más he disfrutado siempre es preparar a las niñas, y ahora a los niños, para la primera comunión. Lo he hecho más de veinte veces y siempre siento cómo me quieren”, cuenta. La exalumna Liliana Andrea Ceballos, hoy día Comunicadora Social de la Universidad Autónoma de Occidente, recuerda por ejemplo con gran cariño a esa mujer: “Era muy linda y cuando veía a alguien chupando dedo, le decía que iba a hacer guisito de dedo. Nunca olvidaré sus valores, su amor, su dedicación y que tenía demasiada paciencia con nosotras. Era muy comprensiva”. Uno de los momentos más especiales en la vida de la Madre ocurrió hace diez años, cuando aceptó ir al colegio de Miraflores, en Jaén, Perú, durante un año. Ahí trabajó con niños de tres y cuatro años y los fines de semana se dedicó a una comunidad de cerca de treinta indígenas, que habitaba en Santiago de Surco, distrito de la provincia de Lima; sus labores eran, básicamente, de alfabetización, pues muchos de ellos no sabían leer ni escribir. Igualmente la religiosa enseñaba manualidades a las mujeres. A través de esa experiencia pudo conocer la violencia doméstica que se da en estas comunidades. Al recordarlo, asegura que cuando se enteraba de que algún indígena había golpeado a la mujer, le decía: “¡No sea atrevido! ¡Si vuelvo a saber que ha tocado a su esposa, me la llevo para Colombia!”. A Nelly Borrero se le lee indignación en los ojos y en el tono de la voz, al hablar de cualquier tipo de violencia: “Lo más importante es el trato. Nunca griten”, clama, haciendo no solo referencia a los casos de los indígenas, sino a otros que ha visto, por ejemplo, entre algunas familias colombianas. Por ejemplo, recuerda que en una ocasión, le vio morados en las piernas a una niña del Sagrado Corazón y esta le pidió: “Llame a mi papá, Madre, para que no me siga pegando”. Tras hablar con el señor, el hombre lloró y terminó yendo al colegio a besar y abrazar a su hija, rememora la religiosa.  “Eso hace que ellos (los niños) sientan temor, no amor. Cuando alguien grita, no merece que le respondan ¿Cuántas veces los matrimonios se acaban por gritos?”, cuestiona. “No los dejen comer algo rico, ir al cine o ver televisión. Hay muchas opciones. Pero no griten a sus hijos porque, entonces, un día ellos los van a gritar a ustedes y no van a poder reprocharlo”, dice al final de nuestro entrañable encuentro, como si fuera inevitable que sus palabras no sonarán a otra lección de vida.

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