La historia de los trabajadores que limpian los ‘intestinos’ de Cali

Octubre 20, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas

De no ser por un pequeño ejército invisible, la ciudad colapsaría: todos los días, 400 toneladas de basura circulan por sus entrañas. Crónica de hombres sin nariz.

Para explicar lo que hace, Efraín Torres utiliza un chiste que debe ser un clásico entre médicos bromistas. Efraín, un ingeniero sanitario de 60 años que lleva la mitad de su vida trabajando en la Empresa de Servicios Públicos de Cali, Emcali, es el jefe del Departamento de Recolección y su labor es la de coordinar la limpieza de los 92 kilómetros de canales de desagüe al igual que la de los 3.400 de tuberías y alcantarillados que hay en la ciudad. Su tarea, entonces, consiste en encargarse de los desechos menos visibles, los que van corriendo por el laberinto de tripas que se extiende bajo el asfalto hirviente que soporta a casi dos millones y medio de caleños. ¿Cuál es el órgano más importante del cuerpo? pregunta él, para ilustrar la importancia del trabajo que realiza su equipo. ¡El corazón!, responde el fotógrafo; ¡El cerebro!, dice alguien más; El estómago, contesta el ingeniero, con una sonrisa que se queda a mitad de camino: “Si el estómago se tapa, a los días el cuerpo colapsa, se muere. Y eso mismo puede pasar en la ciudad”. Cali, pocos lo saben, necesita el trabajo diario de 150 especialistas en intestinos, 'gastroenterólogos' en overol que ayuden a impedir su muerte.Aunque suene a barbaridad, es cierto: todos los días, por canales, tuberías y alcantarillados, los habitantes de Cali arrojan 400 toneladas de desechos como si aquello fuera un simple shut de basura. 400 toneladas, para hacerse una idea, es el peso equivalente de 22 articulados del MÍO, 316 Twingos, 5.333 hombres adultos. A veces, allá abajo, por canales, tuberías y alcantarillados, circulan neumáticos de buses, partes de carros, sillas, gatos atropellados, perros muertos, cadáveres. Sí, también cadáveres: en algunas oportunidades, los gastroenterólogos del overol han tenido que rescatar cuerpos lanzados a algún canal como si apenas fueran trozos de árbol recién talado. ¿Es entonces Cali un gigante de estómago enfermo?Sin el trabajo de esos hombres, probablemente lo sería. Y mucho más en días de aguaceros. La semana pasada, por ejemplo, en la Calle 5 con 24, hubo un represamiento de agua que alcanzó los 90 centímetros de altura. Un conductor que no atendió el desvío quedó atrapado en su carro bajo el puente vehicular que conecta la Quinta con la Avenida Roosevelt. Cuando los técnicos de Emcali llegaron hasta ahí, comprobaron una vez más lo impensado del motivo de la inundación: en el sumidero estaban atascadas las placas de dos carros. Jesús Orlando Naranjo, de 59 años, auxiliar de recolección desde hace 25, ya no se aterra. Mientras toma un descanso junto al vehículo Vactor con el que el pasado miércoles hacían limpieza en el alcantarillado de una esquina del barrio Colseguros, el hombre recuerda otras cosas que también ha encontrado: colchones enteros, poltronas, cojines, sábanas, maletas. Puede que aquello parezca inofensivo, pero resulta que en los intestinos de la ciudad todo eso es una suerte de cáncer que no tarda en hacer metástasis. A la inconsciencia de la gente, que bota a la alcantarilla cualquier cosa que se le ocurra, se suma la basura de las calles que, arrastrada por el agua, se convierte allá abajo en un asunto imposible de digerir. Cali tiene 70.000 sumideros; en lo que va del año, Emcali ha tenido que limpiarlos dos veces; en este momento, previendo la temporada de invierno, están empezando a hacerlo por tercera vez. De acuerdo con la coordinación de Hidroclimatología de la CVC, este será el mes más lluvioso del año.Pese a que muchas de esas cosas logran ser conducidas por la corriente hasta las rejillas de las estaciones de bombeo con que cuenta el sistema, algunas, por su peso, se quedan atrancadas en un algún recodo. Si Cali fuera un gigante, también sufriría de cálculos renales. Ese día, detrás de Jesús, a un costado del camión Vactor, los técnicos de Emcali habían apilado un montón de rocas tan grandes como balones de fútbol. La gente, explica el hombre, suele pensar que si patea algo por las rejillas que hay en los andenes, nada pasará; entonces hay personas que cuando salen a barrer el antejardín, echan el polvo por allí; cuando matan un ratón que se coló en la casa, lo echan por allí; cuando encuentran una roca en la calle, peligrosa para motos y carros, la echan por allí.El ingeniero Torres dice que a eso se suman todos los hábitos caseros que parecen tan normales pero que resultan tan dañinos: el papel que se va por el inodoro junto a toallas higiénicas y condones; el aceite quemado arrojado por el sifón del lavaplatos, junto a colillas de cigarillo y envolturas plásticas. ¿Entenderemos algún día que la disposición de desechos es un reflejo, no reciclable, de la disposición de nuestra propia inteligencia?Ya superado el chiste del estómago, el ingeniero dice cosas muy serias sobre lo complicado que puede ponerse todo si la gente continúa sin entender: Cali es plana, muy plana. Así que todo el agua de la ladera se descarga sobre el canal oriental. Y en los cerros, debido a la forma en que han sido invadidos, la tierra es muy endeble. Cuando llueve, el agua no solo empuja barro y piedras, sino que lleva consigo ramas, maleza, troncos. Por eso, los gastroenterólogos del overol no utilizan propiamente pinzas para hacer sus procedimientos; necesitan palas-gruas, retroexcavadoras, vehículos como el Vactor, dotados de un poderoso sistema de succión que a través de mangueras y sondas gigantes saca cosas de rincones de olor innombrable a los que a veces no pueden llegar los especialistas.Aunque los más reconocidos son los del sur y oriente, la ciudad, en total, cuenta con 53 canales. Sobre el sur desembocan los ríos Líli, Cañaveralejo y Mélendez, que cada año arrastran 200.000 metros cúbicos de sedimento. La red de canales se extiende a lo largo de 92 kilómetros. Aunque el costo de la limpieza de todo el sistema no está calculada, se estima que su aseo le cuesta al Municipio entre treinta y cuarenta mil pesos por metro cuadrado.Ruben Darío Guevera, de 50 años, es un inspector de seguridad que acompaña a los técnicos de recolección y limpieza. Su labor es velar por la salud de los hombres que cuidan la salud de la ciudad subterránea. Porque para quienes no lo saben, lo que ellos hacen es un oficio de alto riesgo. Ruben Darío, ataviado de mascarilla, casco, guantes, protección auditiva, enumera los peligros: contacto con sustancias patógenas, exposición a gases, vapores, cargas orgánicas, caídas, cortadas, heridas, infecciones. El técnico de recolección Jesús Orlando Naranjo, por ejemplo, lleva diez años tratando de combatir un hongo que se resiste a abandonar sus pies.Y hay más. A veces, dice él, sin importar los chalecos reflectivos o los conos dispuestos para señalar la zona en la que están trabajando, la gente les tira los carros, los insulta al verlos parados junto a un sumidero creyendo que no están haciendo nada. A él mismo le pasó: un día, después de amenazarlo con su auto, un conductor le gritó “vago de mierda”. Esa es otra de las cosas que pocos saben: los gastroenterólogos del overol son tratados por algunos como si fueran desechos.El desconocimiento, entonces, es otra de las enfermedades con la tienen que luchar. El área de comunicaciones de Emcali tiene un dato que lo comprueba: todos los días la empresa debe reponer entre 25 y 30 tapas de alcantarillas, robadas por carteles que persiguen el hierro y cobre escondido en medio del concreto; como una medida de prevención, el Departamento de Recolección se encuentra instalando en distintos puntos rejillas de fibra de vidrio desprovistas de hierro. Pero aún así se las llevan. Los ladrones, como la mayoría del resto de la ciudad, no sabe nada de lo que pasa en sus entrañas.

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