La historia de los discapacitados que buscan cambiar a Cali

Junio 25, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País
La historia de los discapacitados que buscan cambiar a Cali

Para una persona que se movilice en silla de ruedas, hoy se le hace imposible, por sí misma, acceder a las oficinas de los concejales de Cali. El único acceso son estas escaleras con un gran aviso al frente: Bienvenidos...

Tras un salvaescaleras que permite el acceso de los discapacitados a las plenarias del Concejo, se oculta la historia de un grupo de ciudadanos que intenta hacer de Cali una ciudad incluyente.

El aparato está a un costado de las escaleras. Quizá quien lo inventó a inicios del siglo pasado se inspiró en la alfombra mágica. Una plataforma sube y baja los seis escalones que conducen al hemiciclo del Concejo de Cali. En la plataforma, de a uno en uno, van Fernando Aguirre y Elías Doncel Guzmán, ambos en sus sillas de ruedas. El aparato- llamado salvaescaleras - debió estar instalado hace mucho (han pasado dos años desde que se elaboró un estudio que determina las adecuaciones que se requieren para que los discapacitados físicos accedan a las dependencias del Concejo) y sin embargo apenas lleva tres meses de funcionamiento. Tras él, en todo caso, se revela un movimiento que está librando batallas pacíficas en diferentes puntos de Cali. Ya fueron por el CAM, los puentes peatonales, algunos colegios, después irán por los teatros, el POT, la ciudad entera. II Hace dos años surgió la Veeduría Ciudadana para la Construcción de la Inclusión. El movimiento lo integran una decena de organizaciones que intentan hacer cumplir los derechos de las personas con discapacidad en Cali: la Fundación Mujeres sobre Ruedas; el Movimiento Vida Independiente; la Fundación Grandes Transformaciones; el Club Deportivo Disfad, entre otras. También 25 personas naturales, todos con la misma frustración.Aunque cada uno intentaba por su cuenta hacer de Cali una ciudad accesible para los discapacitados, tumbar las barreras arquitectónicas, sus solitarias iniciativas no prosperaban. Si, por ejemplo, diez o 15 decidían protestar frente al CAM porque era absurdo que un puente peatonal como el de la Universidad Santiago tuviera de un lado rampa y del otro escaleras, a lo sumo, recuerda Fernando Aguirre, presidente del Club Deportivo Disfad, recibían una mirada tierna, una palmada en la espalda, alguna promesa de un político que nunca se cumplía. Por eso decidieron unirse. Son tantos que juntos es imposible no escucharlos, visibilizarlos. Son tantos que podrían elegir un Alcalde. En Cali viven 160 mil personas con discapacidad física. Si no se notan en las calles es porque algunos prefieren encerrarse que salir a poner en peligro la vida, pasar trabajos. La ciudad, se lee en un informe de la Universidad del Valle con fecha de 1996, les puede llegar a parecer, a los discapacitados, una gran cárcel. Aún lo sigue pareciendo. Un recorrido de la Personería y la Veeduría Ciudadana para la Construcción de la Inclusión constató que en el Teatro Jorge Isaacs no existe un acceso para las personas que se movilizan en sillas de ruedas, por citar un caso. Lo mismo sucede con la Secretaría de Cultura y con el Teatro Municipal, donde no hay manera de llegar a las graderías. La escena se repite en el teatro La Tertulia y en el teatro Los Cristales. Cali, para los discapacitados físicos, es una ciudad amurallada que si se intenta cruzar puede resultar peligrosa. A Elías Doncel Guzmán, fundador del Club Deportivo Fundesd,  Oriente sin límites, lo atropelló una moto mientras iba en su silla de ruedas a hacer una diligencia. Ante la falta de andenes, no queda otra alternativa que lanzarse a las calles y competir con los carros para poder hacer lo que todo el mundo: llegar de un sitio al otro, simplemente. La Veeduría Ciudadana para la Construcción de la Inclusión que intenta cambiar todo aquello tiene su base de operaciones en el sur de la ciudad. Es la casa de la presidenta, María Eugenia Escobar, administradora de empresas. El expresidente es un abogado: Andrés Montoya. También hay contadores, especialistas en gestión deportiva, estudiantes, aunque todos se han vuelto expertos en derecho. Las armas de la Veeduría son las tutelas, las acciones populares, los derechos de petición y cada uno de sus integrantes hace parte de una comisión: salud, infraestructura, educación, una comisión por cada Secretaría de la Alcaldía. Así es más sencillo hacerle seguimiento a sus luchas, explican. Y sus luchas, básicamente, son dos: eliminar las barreras arquitectónicas de la ciudad; eliminar, también, las barreras que les impone la sociedad. Que los traten como pobrecitos o enfermos que no pueden trabajar es tan excluyente como no tener por dónde transitar. “Buscamos una accesibilidad universal”, dice Andrés Montoya. A cada candidato a la Alcaldía le exigieron, entonces, que firmara un compromiso para asegurarles a los discapacitados, entre otros asuntos, el acceso al CAM. Después fueron por los puentes peatonales. Junto con la Personería interpusieron una acción popular en contra de la Secretaría de Infraestructura exigiendo que se construyan puentes u otras alternativas con todas las normas de seguridad para quienes se movilizan en sillas de ruedas. El Secretario de Infraestructura Miguel Meléndez se comprometió a que los puentes peatonales del CAM y Bellas Artes serán demolidos y en cambio – es una de las alternativas – instalarán un semáforo y un paso peatonal. Cambiar un solo puente, dicen en la Veeduría, significa en realidad cambiarlos todos, sentar una jurisprudencia para que los nuevos que se construyan tengan en cuenta sus condiciones. También le hicieron el acompañamiento a dos colegios que adecuaran sus instalaciones para atender alumnos con discapacidad: República de Israel y República de Costa Rica. Ahora el objetivo es insistir en el CAM. No hay servicios sanitarios con acceso a discapacitados. Tampoco acceso a las dependencias. Los ascensores son tan estrechos que apenas cabe una silla de ruedas, además la rampa que se construyó en los exteriores no cumple con ninguna norma de seguridad. Quien no tenga la fuerza suficiente para impulsarse hasta la cima corre el riesgo de venirse en reversa y accidentarse. La rampa no tiene descansos. Tampoco pasamanos. “Eliminar una barrera no es simplemente hacer una rampa, sino espacios que nos aseguren la seguridad y la autonomía. Que no necesitemos de nadie para llegar a donde requerimos. Eso es ser parte de una sociedad”, dice Fernando Aguirre y Andrés Montoya agrega que van a luchar jurídicamente para que en otros espacios los discapacitados se sientan realmente como lo anuncian sus carteles: bienvenidos. El Teatro Jorge Isaacs, el Municipal, La Tertulia. También pretenden incidir en el diseño del nuevo Plan de Ordenamiento Territorial de Cali. Colombia, dicen, tiene una de las mejores legislaciones en el tema de discapacidad en América. De hecho la han copiado países como Chile, Costa Rica. “La tarea es hacerla cumplir. Ese es nuestro cuento”. IIIEl salvaescaleras del Concejo fue instalado por la Secretaría de Infraestructura. A simple vista el aparato podría traducir una sociedad que intenta incluir a los que siempre han estado por fuera. Sin embargo, siguen estando por fuera. La plataforma solo puede transportar una sola silla de ruedas por recorrido - si van varios discapacitados a un plenaria la espera será eterna - y además debe ser operada por un funcionario, lo que no les asegura la autonomía de movilidad. ¿Qué sucedería en caso de un temblor, un incendio, y el funcionario no esté para oprimir el botón de encendido?, se preguntan Fernando Aguirre y Elías Doncel Guzmán.Y a las oficinas de los concejales aún no pueden acceder, a no ser que alguien los cargue para bajar una escalera que curiosamente, en letras gigantes, anuncia: Bienvenidos. Para solucionarlo la Secretaría de Infraestructura también prometió un salvaescaleras. La Veeduría espera que sea temporal, solicitó en cambio intervenir el edificio, construir ascensores. Unos de los argumentos para no hacerlo es que no hay recursos y además el edificio es “histórico” y por lo tanto no se puede remodelar. ¿Acaso no será realmente histórico que la ciudad que ha sido una gran cárcel para 160 mil personas deje de serlo?

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