La historia de dos vecinos que pasaron de padecer a disfrutar la Avenida Colombia

Mayo 17, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Luz Jenny Aguirre Tobón | Editora de Entorno de El País
La historia de dos vecinos que pasaron de padecer a disfrutar la Avenida Colombia

Don Guillermo Torres, de 83 años, y su esposa, Olga, de 70, estrenaron el bulevar de la Avenida Colombia, que estuvo muy concurrida durante la jornada de inauguración. Muchos caleños armaron paseo en la tarde simplemente para ir a conocer este lugar.

Caleños ya caminan por el bulevar de la Avenida Colombia. La ciudad y su nuevo corazón. Crónica.

El pasado jueves fue de esos días que suelen visitar con frecuencia las conversaciones futuras de la gente, al decir cosas como: cuando inauguraron el túnel de la Avenida Colombia yo hacía esto o aquello, estaba allí, pasé en mi carro, lo vi por televisión.Don Guillermo Torres y su esposa, Olga, dirán, por ejemplo, que ese día, 16 de mayo del 2013, en una mañana caleña extrañamente encapotada y de lluvia indecisa, él vistió de traje completo con corbata y ella lució perlas.Explicarán que la situación lo ameritaba. Para quien dude de aquello añadirán que ellos viven justo en la Avenida Colombia, en el edificio del mismo nombre y que son sobrevivientes de 28 meses de obra, es decir, de polvo, maquinaria que hace ruido e incomodidad para caminar.Pero contarán que esos recuerdos amargos se hicieron pequeñitos cuando sus 83 y 70 años se tomaron del brazo y pudieron darse un paseo por el nuevo bulevar de 780 metros que se extiende desde la Calle Quinta hasta la Ermita. Por el discurso inaugural que dieron el alcalde Rodrigo Guerrero y el secretario de Infraestructura Vial, Miguel Meléndez, ante al menos una centena de funcionarios, políticos y curiosos, se enteraron que dicha obra costó $61.000 millones.Cuando Guillermo fue concejal de Cali (ad honorem, enfatiza), no se hablaba de cifras de semejante tamaño, pero sí se soñaba con embellecer el centro. En aquella época (a finales de los 70), recuerda, el cabildo evitó que se construyera en lo que hoy es la manzana T. Esta pareja, que no perdona caminata diaria de hora y media en el centro, quizá escriba a sus hijos, que ya no viven aquí, contándoles que el incesante sonido de carros pasando por la Avenida, banda sonora de su niñez y adolescencia, no volverá nunca más. Ahora los vehículos van por una depresión de cinco metros de profundidad y 980 metros de longitud por la que cerca de cinco mil automóviles diarios podrán circular hasta a 60 kilómetros por hora. El paso de los automotores se dio cerca de las ocho de la mañana, empezando por una comitiva madrugadora de carros antiguos bien lustrados y conductores orgullosos que se ubicaron haciendo fila desde la Calle 5. El Alcalde, les contará doña Olga, agitó una banderita de Cali y detrás de él docenas de afortunados que alcanzaron una de las mismas. Entonces, Eduardo Mendoza, ingeniero eléctrico de 34 años, se convirtió en parte de la historia siendo el primero en cruzar en su Ford A 1926 el túnel urbano más largo de Colombia. Después, otras joyas de cuatro ruedas. Luego, personas que seguramente iban a sus trabajos y que decidieron que aquel viaje rutinario se hiciera estrenando ruta.Pero el relato a los hijos volvería a centrarse en el bulevar (al fin y al cabo ellos no tienen carro y no se detienen en reflexiones de movilidad). Contarán que no llevaba ni media hora abierto y ya había gente trotando y uno que otro trabajador de la zona desayunando en las bancas nuevas hechas de una especie de madera sintética. Tal vez añadan que casi todo el mundo se tomó una foto del recuerdo en el lugar, así fuera con el teléfono celular. Que las ceibas centenarias se veían aún más grandes contrastadas con las débiles plantas que ojalá la gente deje crecer en los jardines. Que las barandas tienen diseños de animales y, aunque muchos creen que todavía les falta la pintura, en realidad tienen acabado tipo óxido. La emocionada madre seguro incluya en su comunicación aquello de lo que estaba tan pendiente: que sonó, después de mucho tiempo, el Avemaría del reloj de la Ermita y que los vendedores ambulantes solo pudieron dar pasos fugaces por la plazoleta y a ninguno lo dejaron quedarse. El arquitecto y su señora dirán, probablemente, que el día que inauguraron el hundimiento de la Avenida Colombia se sintieron, según Olga, casi casi en otra ciudad, según Guillermo, ebrios de paisaje.

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