La historia de Doña Elsy, la ama de casa que se convirtió en abogada empírica

La historia de Doña Elsy, la ama de casa que se convirtió en abogada empírica

Abril 13, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | Reportera de El País
La historia de Doña Elsy, la ama de casa que se convirtió en abogada empírica

Elsy García Medina atiende a las personas que acuden buscando una orientación jurídica para salir de la cárcel y reintegrarse a la sociedad.

Una madre se armó del Código Civil para ayudar a defender jóvenes que están en la cárcel. Sin tener título, ha sacado a 18.

Elsy García Medina era una tranquila madre y ama de casa que sostenía a su hija y a su hijo vendiendo minutos y comestibles en un puesto ambulante frente a la Clínica Valle del Lili.

Así se defendía desde que la separación matrimonial la devolvió  del barrio Salomia, donde vivía con su esposo, a su casa materna en el barrio República de Israel. Un día cualquiera, que empezaba a las 6:00 de la mañana, una llamada le impidió terminar su jornada hasta  las 10:00 de la noche, cuando volvía a casa.

–Su hijo está detenido en La Estación de Policía Los Mangos por porte ilegal de armas– le dijeron al otro lado de la línea.

Elsy se sintió morir. Hasta donde ella sabía, su hijo estaba en 11° en el Cencoes y no le observaba mal comportamiento alguno. Recordaba que los vecinos le hablaban mal de algunas compañías del muchacho, pero no de él propiamente. Pero el Policía la ilustró de las andanzas del joven que fue capturado un 10 de noviembre, seis días después de haber cumplido los 18 años.

  El papá apareció con un abogado, mientras ella comenzó a cuestionarse su papel como madre. Hasta entonces  pensaba que bastaba con que no le faltara lo necesario,  que estudiara y de vez en cuando, darle para  las zapatillas de $180.000. Entró en depresión, estuvo seis meses en tratamiento siquiátrico y por andar como sonámbula en la calle, un 31 de diciembre una moto la atropelló y se fracturó una pierna.

Pero apenas se recuperó empezó a visitar a su hijo en el penal de Villahermosa. Ese fue el primer golpe de muchos que recibió  cada domingo, cuando se iba enterando de algo insospechado de  su hijo: que  se había involucrado en “cosas delicadas”, que era consumidor de drogas, que tenía ‘liebres’ (enemigos), que le habían hecho diez atentados...

Así conoció las tristes condiciones en las que estaba el joven y  los más de 7000 detenidos para un penal diseñado para 2600. “Allí un día mi hijo me dijo: ‘esto es chistoso, me capturan por porte ilegal de armas, pero acá hay armas de sobra, hay droga, hay corrupción, hay de todo’”, recuerda Elsy y comenta: “Allí no hay resocialización. Allí se ve de todo y todos delinquen, buenos y malos”.

 Mientras se dio el proceso que lo condenó  a cuatro años y medio de pena intramural, Elsy  pensó que pasar de Salomia a República de Israel había sido un cambio muy fuerte para un niño  de 13 años: la violencia y la delincuencia persigue a los menores  para engancharlos. 

También  que no le había inculcado los principios y valores como los había recibido ella de sus padres. “Me di cuenta que faltaba Dios. Me decía católica, pero no practicaba”, reconoce ahora y empezó a orar y a pedirle al Señor que  pudiera hacer algo por su hijo y por los demás.

Entonces supo de Misión Carácter, un programa de principios y valores en familia con el que el Centro de Rehabilitación de Villahermosa busca resocializar  a los internos. “Es muy lindo, son cuatro módulos: coraje, visión, carácter y liderazgo y allí me di cuenta de que uno no les dedica tiempo a los hijos, no les hace seguimiento con quién se juntan, qué amistades tienen”, reflexiona ahora.

Halló el apoyo de Gloria Jiménez, subdirectora del penal de Villahermosa; de Blanca Nelly Toro, la trabajadora social y del coronel  Octavio Guevara, director de la institución. Y también de Jonás Cardona, quien apoya el programa brindándoles capacitación a las madres y las esposas de los internos.

 En ese ir y venir  Elsy comprendió que debía hacer algo más allá de sacar libre y reencausar a su hijo. Otros estaban en idéntica situación.  Compró el Código Penal y la Constitución colombianos y comenzó a aprender de derecho penal, carcelario y penitenciario. “Allí está todo lo que nos defiende, es que a uno no le falta sino conocer la ley”, sentencia con propiedad  la abogada empírica que lleva dentro y no lo sabía. 

En la siguiente   visita llegó diciendo que quienes tuvieran las 3/5 partes de la condena cumplida, ya tenían derecho a la libertad condicional, es decir, derecho a salir a estudiar o a trabajar y regresar al penal. Y cuando les informó que quienes tuvieran el 50 % de la pena cumplida, tenían derecho a la domiciliaria o a la casa por cárcel, muchos no le pusieron  atención.

Solo un joven confió en ella y le dio los datos. Elsy hizo las cuentas y el muchacho ya había pagado la mitad de su condena y llevaba seis meses de más. Entonces  le redactó el ‘habeas corpus’, lo llevó en la visita siguiente para que él lo firmara y lo tramitó el  lunes por la mañana. El día martes en la tarde la llamó y le dijo:

–Doña Elsy, ya estoy libre.

A partir de ese primer caso  todos empezaron a ponerle más atención a lo que ella les decía: que si estudiaban y trabajaban les rebajaban la pena. Y eso fue lo que hizo su hijo. Y 16 jóvenes más y dos chicas, que suman las 18 personas que desde 2012 esta ama de casa ha sacado de las cárceles, sin tener título de abogada. Apenas ahora está terminando el bachillerato, pues solo había hecho hasta sexto grado.

Así  vio la necesidad de tener soporte jurídico para su actividad: creó la Fundación Luz de Amor para los presos, expresidiarios y sus familias, Fundapre. César Julio Murillo Ramírez, abogado  especialista en Derecho Penal de la Universidad Santiago de Cali, la conoció cuando Elsy  fue a la Gobernación a pedir apoyo.

“Yo asesoro a la asociación de jubilados de la Gobernación y ella fue a solicitar un servicio relacionado con su labor, entonces allí surgió la idea de crear la fundación”, recuerda el penalista, que vio tan buena causa en Fundapre que aún hoy la asesora, mientras mujeres y hombres van llegando en busca de la  ayuda de Elsy. 

Una de las reclusas beneficiadas gracias a sus buenos oficios es una mujer que  se fue a acompañar al novio a Medellín, que iba “a entregar un carro”. Pero el vehículo iba cargado de droga y los detuvieron.

Elsy se apersonó del caso, ya que la joven era  madre de un bebé de 8  meses que quedó al cuidado de la  abuela materna, que la crió porque la chica  era huérfana. Logró sacarla de la cárcel de Jamundí con la pena domiciliaria, para que   pudiera cumplir su condena en su casa, cuidando a su bebé.

Y   se puso a pensar: ¿Ahora de qué van a vivir?. Entonces le  organizó  una tiendita: los vecinos le dieron  productos, otro le donó un celular minutero, alguien más le regaló  un chip con tres mil minutos para vender  y Elsy  le gestionó dos computadores y una impresora vieja que repararon, para ofrecer  servicios de internet. “Viera como tiene ese sitio de bonito esa niña y ahora vive en su casa con su abuela, su bebé y portando su dispositivo electrónico mientras cumple la pena”, cuenta.

Cuando pensó que había logrado conseguir dos computadores para la joven, se dijo: ¿Y yo porqué no tengo el mío? Entonces encontró el apoyo del Banco de la Mujer, WWB, que le ayudó a adquirirlo y  la capacitó para aprender a manejarlo y en otros temas de economía solidaria.

De sus 18 exreclusos, cinco están trabajando, cinco estudian, pero dos  han muerto.  “Murieron porque cuando salieron yo todavía no tenía nada qué ofrecerles”, dice esta mujer que habla con decisión y entusiasmo a pesar de los golpes de la vida.

Se refiere a que los internos salen a la libertad con la autoestima por el piso, a enfrentar el rechazo de la sociedad y no hallan empleo. Entonces reinciden. “Ellos llevan meses o años sin trabajar, tienen familia y nada de apoyo, pero sí tienen los contactos que hicieron en la cárcel, entonces les ofrecen dinero por hacer una ‘vuelta’ y vuelven a ello y por eso nunca salen de la cárcel”, dice para mostrar ese círculo vicioso de la violencia que se repite otra vez.  

Por eso buscó el apoyo de Crear Futuro, una entidad que forma técnicos en mecánica automotriz, mecánica de motos, mantenimiento de motores diesel, gasolina y gas, y también en marroquinería. Crear futuro  creyó en su propuesta de capacitar a estas personas y es donde cinco de ellos se están formando.

Y los otros cinco que ya  trabajan, dos laboran en panaderías, oficio que aprendieron en el penal; uno es taxista, otro trabaja en un puesto de la galería de Santa Elena con su padre y otro hace mensajería, cuenta esta líder. Mientras tanto,  madres y familiares esperan  en su estrecha oficina para exponerle su caso de su hijo, esposo o familiar.

 Es tan eficaz en su labor, que hasta sacó de la intramural al hijo de un abogado titulado, pero especializado en derecho comercial. Mejor dicho, le dio cartilla.

Esta  defensora  empírica expone que a los expresidiarios  hay que ayudarles a superar la adicción a las drogas, capacitarlos en un oficio o emprendimiento productivo y darles apoyo espiritual y conocimiento de Dios “para quitarles esa rabia contra el sistema, pues salen muy afectados por el trato que recibieron en la cárcel, que muchas veces es injusto”.

Por eso su proyecto es conseguir una finca donde pueda recibir durante los primeros seis meses a los internos jóvenes   que van saliendo y hagan así un proceso de resocialización. Y también conseguir recursos para que cada uno vaya organizando su emprendimiento productivo, “donde ellos sean los dueños porque nadie les va a dar empleo”, explica.

Por ahora, Elsy sostiene Fundapre con las donaciones voluntarias de quienes tienen cómo. El abogado comercial le obsequió $400.000 por haber diligenciado la libertad de su hijo, otros dan $200.000 y los que no tienen, sencillamente dicen gracias.

Su invitación es a que todos los empresarios se vinculen ayudando a detener la espiral de violencia y de delincuencia, resocializando internos y evitando que los que no han caído detrás de las rejas, lleguen allá.

“La delincuencia nos toca a todos, en Villahermosa están todos los estratos sociales, lo que pasa es que a los pobres se les nota más porque no tienen plata”, asevera esta mujer que cuando vio a su hijo preso de la delincuencia se sintió morir, pero que ahora vive para ayudar a otros a recuperar la libertad y la dignidad.

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