La eterna campeona de la rumba caleña

Octubre 03, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Libreros / Reportera de El País
La eterna campeona de la rumba caleña

Con su pareja de baile desde hace 20 años, Félix Veintemillas. Con él baila desde una pachanga hasta un fox trot.

María Tovar fue la primera bailarina en ganarse un campeonato mundial de salsa. Ocurrió en 1974 y al lado de un grande: el negro Watusi. Pasos de una leyenda.

Al final, el campeonato resultó tan reñido que fue necesario  definirlo a punta de aplausos. Corría 1974 y el coliseo Evangelista Mora  era un amasijo de gentes llegadas de todos los barrios populares.

Las tres parejas que seguían en competencia bailaban frenéticamente al son de una orquesta en vivo mientras las palmas del público iban dejando las cosas en su sitio: Evelio Carabalí y Esmeralda, como ya era su costumbre  en los grilles, habían entregado el alma en la pista. También Jimmy Boogaloo y Aydé España, que dieron cátedra de estilo con su pasito ‘cañandonga’.

Pero el asunto parecía no tener discusión: los mejores de aquel primer Mundial de Salsa que se celebró en esta ciudad, los que más emocionaron a todos esa tarde, fueron el negro ‘Watusi’ y una bella y jovencísima rubia —de la que nadie había escuchado hablar hasta entonces— nacida en las calles de Salomia.

Han transcurrido 41 años ya y los recuerdos  permanecen intactos en la memoria de la mujer. Se llama Rosa María Tovar Cardona y, salvo los 60 años que carga ya a cuestas, varias cosas siguen inalterables desde esos días felices.

El acento caleñísimo, la risa franca y ruidosa, la gracia del cuerpo. Y el derecho —repite enfática—  a no entregar un ‘trono’ que siente que nunca ha dejado de ser suyo: “Yo fui y seré siempre la primera campeona mundial que tuvo Cali. El día que el público me abuchee o que ya no pueda bailar, dejaré de sentirme como una campeona”.

Ese mundial fue una ocurrencia genial de los periodistas José Pardo Llada y Vicente Gallego Blanco, las voces que comandaban el dial caleño de la década del 70. El primero con su inolvidable ‘Mirador en el aire’ y  Gallego con ‘La voz de Cali’, donde conversaba por igual de fútbol que de toros.  

 Apoyados en la brisa de civismo que aún soplaba con fuerza luego de los Juegos Panamericanos, el cubano y el español creyeron que había llegado el momento de propiciar un espacio que confirmara lo que ya era un secreto a voces en toda América: que nadie les ganaba a los caleños cuando de bailar salsa se trataba.

 Convencidos de su idea, Gallego y Pardo Llada convocaron durante seis meses a los mejores bailarines a través de sus micrófonos. Y el eco del llamado se coló pronto hasta los grilles de la Carrera Octava y del centro. A Cabo Rojeño, a Séptimo Cielo, a El Columpio, a Honka Monka, a Chacarel, a Séptimo Cielo.

María era por esos días una chica de 18 años recién cumplidos que había abrevado sus pasos precisos de las parejas que bailaban —desprevenidas ante sus ojos verdes y fisgones— en discotecas del barrio Salomia como ‘La terraza’. Únicamente le permitían permanecer hasta las 6:00 de la tarde por una razón apenas obvia: era menor de edad.

Pero tan bien bailaba la muchacha, que un día terminó  en el set de grabación de un programa de Ernesto González Pacheco, en Bogotá. María anhelaba poder presentarse en el bendito Mundial y aguardaba la oportunidad de encontrar una pareja a la altura de ese sueño con la que pudiera inscribirse. 

 En las mismas andaba ‘Watusi’, que también había viajado hasta la capital para presentarse en algunas audiciones que se hacían con miras al Mundial. Hasta entonces no se conocían. Pero a María Tovar aún le brillan los ojos cuando recuerda el momento en que ese bailarín la vio sobre la pista y les dijo a los organizadores: “Mi pareja es esa monita”.

La química fluyó enseguida. “Nos entendimos en la pista y de ensayo en ensayo conseguimos perfeccionar  los pasos que luego presentaríamos en el Evangelista Mora”, cuenta  la bailarina.  

Sobraban los motivos para tanto entrenamiento. Es que ese año no solo competirían junto a 30 parejas de Cali y varias más de Venezuela, Estados Unidos y Puerto Rico. Aquel año sería la primera vez de muchas cosas: del debut de María, del debut mismo de una Cali que hacía su primera competencia internacional de baile y la primera vez que el cubano Rolando Laserie pisaría la ciudad.

El Mundial, lo sabían los bailarines, le rendiría homenaje a esa voz espumosa que le había enseñado a toda una generación, con Las Cuarenta, aquello del “pucho de la vida apretado entre los labios”. 

Justamente  Laserie sería uno de los jurados de la competencia, al lado de otro cubano que también comenzaba a ser leyenda,  Miguelito Valdés, esa voz de boleros y guarachas a la que todos llamaban Míster Bubalú.      

Parados frente a ellos, recuerda María, “comenzamos todas las parejas a bailar al mismo tiempo mientras al fondo una orquesta sonaba. Pero no como se baila ahora, con ese baile cronometrado y veloz. Allí no se trataba del que más maromas hiciera. Lo de nosotros era un baile al piso, elegante, pulido”.

A las parejas las  iban descalificando en la medida en que se iban equivocando. “Al final quedamos Evelio, Esmeralda, Jimmy, Aydé, ‘Watusi’ y yo. ¡Imagínese!, a mí que no me conocía nadie, peleando el título”.

Pero ganó. Y entonces la vida de esa ‘monita’ pequeña y de piernas delicadas no volvió a ser la misma. El Mundial les permitió a ella y a ‘Watusi’ —“un negro feo, flaco y muy alto”— ser contratados durante seis meses para bailar en diferentes discotecas de Nueva York y en el mismísimo Madison Square Garden. 

La humilde muchacha de Salomia conocería las  finas puntadas de la mejor modista de la época, Merceditas Baquero, que en su taller de la Avenida Sexta se encargó de diseñarle los vestuarios de sus presentaciones. También a Gonzalo Quevedo, en cuyas manos las señoras de la alta sociedad entregaban con confianza sus peinados. Y conocería la sensación de no vivir la angustia de que la noche la sorprendiera sin zapatos para danzar: ser campeona le dio derecho a tener varios, hechos a su medida, gracias al almacén Calzado Yusti.       

Los dos bailarines no estarían solos. Junto a ellos viajaría la voz de otro caleño que ya comenzaba a ser hospitalaria para la salsa colombiana, Piper Pimienta, que escoltado por The Latin Brothers, lograba que nadie se quedara sentado cada vez que entonaba ‘A la loma de la cruz’.

De regreso al país, la campeona siguió en su rumba. Lo mismo un son que una guaracha. Una pachanga que un mambo. Un bolero paseado  que un boogaloo. María baila incluso milongas y tangos, “pero eso no es lo mío”. 

De ‘Watusi’ no volvió a tener noticia desde hace muchos años. “Se radicó en Estados Unidos y al comienzo nos llamábamos con frecuencia. Pero le perdí la pista y él nunca volvió a ponerse en contacto conmigo”, dice María. 

Ella misma quiso también buscar otros horizontes. “Es que en esa época no era posible vivir del baile por más talentoso y campeón que uno fuera. Probé suerte en Venezuela, donde viví casi seis años y en Italia, donde trabajé vendiendo ropa en un almacén y dando clases de salsa”.

Fue precisamente, dos décadas atrás, durante una visita al barrio donde nació y creció, que María Tovar se enteró de que un canal de televisión preparaba un programa para mostrar a los bailarines de la vieja guardia en una discoteca de Juanchito. Que la andaban buscando. Que no la habían olvidado.

Y el episodio no solo le sirvió para convencerse de que nunca más debía marcharse, sino para reencontrarse con quien sería su pareja de baile desde entonces: Félix Veintemillas. 

Con él pudo volver a sentir lo que tantos años atrás con el gran ‘Watusi’. “Que lo que nosotros hacemos es el aunténtico baile caleño. Así los jóvenes ahora nos vean y digan ‘esos viejitos no bailan nada’. Pero ellos aprendieron de los pasos que nosotros no tuvimos que copiar en una academia. ¿Ve por qué le digo que nunca dejaré de ser una campeona?”.

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