La esperanza sí es posible en Potrero Grande

La esperanza sí es posible en Potrero Grande

Mayo 21, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Adolfo Ochoa Moyano | reportero de El País
La esperanza sí  es posible en  Potrero Grande

El colegio del barrio tiene 1.440 estudiantes. Su rector dice que la deserción va disminuyendo cada año.

La labor de la empresa privada y la Alcaldía de Cali hace que se respire un nuevo aire. Crónica de la cara bonita de un barrio marginal.

Por esos días el mayor orgullo de Miguel era agazaparse solo, en medio de un silencio felino, cobijado por la oscuridad de la noche a esperar a que alguno de los chicos de una banda rival del barrio vecino pasara a su lado para poder destrozarle el rostro con una piedra del tamaño de una naranja.La emoción estaba en lograr su objetivo sin sufrir la reprimenda de los amigos de su víctima. Miguel cuenta eso como si se tratara de otra persona y no de él. Lo cuenta como hablando de una travesura infantil, como si eso fuera equivalente a tocar el timbre de una casa y huir corriendo con los cómplices. De esos días poco le queda. Ahora Miguel tiene 16 años y las manos fuertes. Ya no las usa para lastimar sino para crear. Crea música, les pide notas a sus dedos y éstos se las dan como si una entidad ajena a él se apoderara de ellos. Ya no es ese Miguel que usaba drogas y tenía una guerra jurada con otros chicos del barrio Potrerogrande, que aunque no entendían por qué, ponía muertos de verdad, en una batalla por territorio, simplemente porque así se hacían las cosas desde siempre.Miguel dice que esa era la ley implícita de quienes, como él, viven en Potrerogrande: lo que es mío se defiende a la fuerza. Letal si es necesario. Pero, ya nunca más.La marca de la oscuridadSe llaman Jason y Rodrigo. Ambos tienen 16 años pero sus cuerpos parecen de menos. Son flacos y pequeños pero caminan como panteras. Tienen ojos de cazador: vigilantes, inquietos, atentos al menor movimiento. Dicen que aprendieron a vivir así, en estado de alerta permanente porque las balas siempre zumban lejos pero siempre están cerca, muy cerca. Ahora están tranquilos. Caminan por las calles pavimentadas y limpias del barrio Potrerogrande como si fueran los pasillos de sus casas. Saludan a sus vecinos. Bromean con otros chicos que no son de por allí. En otras épocas en lugar de compartir sonrisas hubieran intercambiado cuchilladas tal vez, dice un vecino.Andan por ahí tranquilos, sin armas, sin zapatos siquiera porque ya no necesitan correr. No como en el 2008 cuando las cifras de asesinatos, según Asprilla, un líder comunal, era de cinco personas al día, en promedio. Todo por causa de vendettas entre pandillas de la zona. O por hurtos.Y es que, dice Asprilla, esos chicos como Miguel, Jason y Rodrigo, hace tres años peleaban como perros salvajes por su territorio, sin saber muy bien por qué.Quizá porque en ese barrio empezaron a vivir juntos, como vecinos, habitantes de 48 asentamientos subnormales de Cali y el estar allí juntos se podía comprar con una bomba de tiempo social, como uan pitadora que no libera la presión. Aunque hoy todos están de acuerdo en que el ambiente es otro. Que esas rencillas ya están a punto de ser apenas malos recuerdos, apenas recortes de periódicos de ayer. Porque antes las cosas iban bastante mal en Potrerogrande. Hubo una época en la que todo el que viviera allí llevaba una marca de oscuridad.Cuentan que hubo un día en 2009 en el que la violencia se llevó a 25 personas en 24 horas en Aguablanca, y que según las autoridades muchos fueron de allí.Entonces, ¿qué fue eso que pasó que cambió la dinámica violenta de lo que para muchos en Cali es una suerte de gueto, una zona marginal, un sinónimo de pobreza y violencia?, ¿qué ha cambiado en Potrerogrande?El docente Samuel Vanegas, rector del colegio Potrerogrande, creado por la Alcaldía de Cali y administrado por la caja de compensación familiar Comfandi, dice que lo que cambió en ese barrio creado hace cinco años para reubicar a 20.000 invasores desalojados de todas las esquinas de Cali, es la esperanza.El profesor cuenta, con una sonrisa, que hace cuatro años, cuando el colegio ni siquiera había sido inaugurado, sus 52 empleados tenían como postre de sus almuerzos una balacera diaria.Alguien descubrió que parte del problema era que esos mismos muchachos que se cosían a tiros en la calle pasaban horas pegados a las rejas del colegio sólo con ganas de saber qué pasaba adentro, así que les abrieron las puertas y desde que las clases empezaron todo empezó a cambiar, poco a poco, despacio, sin llegar a exagerar, pero al fin y al cabo ha cambiado.Un ejemplo es Miguel. Su talento musical, ese que reemplazó su capacidad para el mal, fue descubierto en ese colegio. Miguel cuenta que la señora que trabaja en la cocina fue la que lo convenció de inscribirse, para que dejara de emplear su tiempo libre en pensar venganzas o en encontrar nuevas sustancias para matar los malos pensamientos.Él aceptó de mala gana. Pero, hoy se le ve sonriente. Irradia una energía de positivismo, tiene un aura de éxito, si se puede decir así. Hoy hace parte del grupo de música del Pacífico Majagua, de su colegio, y con ellos ha ganado concursos en todos los recodos de la ciudad.Inclusive, logró que ocho de sus amigos, también chicos con historias de violencia y desdén por la vida humana, empezaran a cambiar los puñales por libros de biología, las calles por las aulas.La renovada esperanza del barrio, acostumbrado a riñas entre pandillas, ha permitido también que esos enemigos jurados, listos a ponerle una bala entre los ojos a quien se atreva a cruzar los límites invisibles de los barrios, se reúnan a jugar fútbol en la cancha de Potrerogrande, para luego comprometerse a dejar de matarse porque sí.La renovada esperanza del barrio ha logrado también que las cifras de deserción estudiantil empezaran a hacerse más pequeñas. En 2008 25% de los estudiantes abandonaban sus estudios porque para ellos el dinero se hace en la calle, trabajando, no sentados en un salón de clase.Luego de trabajos conjuntos entre profesores, psicólogos y cerca de 60 líderes comunales, en 2009 sólo 20% decidieron abandonar el colegio. Y para el 2010 el número bajó al 17%.Ahora, los pequeños sueñan con tener estetoscopios en lugar de pistolas, en pelear en tribunales y no en las esquinas.Hasta Jason y Rodrigo, que no van a estudiar, cuentan que uno de los líderes de la zona les compró máquinas afeitadoras y les enseñó a arreglar el cabello para que se ganen la vida cortando el pelo y no las vidas.Millerlady Mosquera, otra líder, dice que a su cargo hay 17 niñas que aprenden a hacer manillas de martes a sábado y que luego ellas le enseñan a otras 17 a hacer las mismas manillas y así. Todo para que el tiempo libre no se haga ocio en sus manitas aún inexpertas. “Multiplicamos la esperanza”, dice Miller, como la llaman todos en el barrio.Y agrega que no se trata de tapar el sol con tres dedos. Se trata, dice, de que Potrerogrande no es la quinta paila del infierno. Es un barrio con gente, con niños, con madres, con abuelas, con jardines infantiles, con bibiliotecas comunitarias, con risas muecas, con niños que elevan cometa, con balones, con vecinos que sacan bafles para celebrar en Año Nuevo en la calle, con músicos, con profesores. Se trata, dice, de que allí la esperanza sí sabe florecer.Haciendo culturaParte del desarrollo de Potrerogrande es la construcción del Tecnocentro Cultural Somos Pacífico.El objetivo de este proyecto, que tendrá un costo de US$3,5 millones, es que mediante actividades educativas, deportes, culturales y artísticas se abra un espacio para que las víctimas de la violencia y desplazamiento forzado, puedan desarrollar conocimientos y habilidades tecnológicas, artísticas, de información, comunicación y se les prepare para el trabajo.Según los diseñadores y desarrolladores del centro, lo que se pretende es una articulación entre el sector público y el sector privado para cumplir el Plan de Desarrollo de Municipio y de la comuna.Los responsables de esta obra son la Fundación Alvaralice, La Fundación Paz y Bien, la Alcaldía de Cali y el Ministerio de Cultura. El diseño arquitectónico estuvo a cargo del experto egipcio Nagui Sabet, director de proyectos en Bogotá, Cali y Medellín.

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