Juan Diego y Yaira, dos caleños que transformaron su vida a lomo de caballo

Junio 20, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Juan Diego y Yaira, dos caleños que transformaron su vida a lomo de caballo

Yaira y Juan Diego entrenan las mañanas de los miércoles y viernes. Sus madres coinciden en que el trabajo con los caballos los ha hecho más seguros e independientes. Angélica, ‘la profe’ (en la foto) gestionó su viaje a Bogotá para Fides.

Juan Diego tiene 16 años y síndrome de Down, compitió por Colombia en las Olimpiadas Iberoamericanas Fides hace un par de semanas y se trajo la medalla de bronce.

Montado en ‘chicungunya’, como le dice a la yegua que en verdad se llama Niña, Juan Diego luce poderoso. El chico encorvado  desaparece y se abre paso el muchacho erguido y con la mirada al frente. 

Hasta Eufemia, su mamá, reconoce que el que se sube allí es otro. Más seguro, confiado, fuerte. 

Juan Diego tiene 16 años y síndrome de Down. Al verlo, ataviado con botas de cuero, casco y briches (pantalón de montar), su madre recuerda que a los dos años no caminaba todavía, pero se aferraba a cuanta cosa veía para intentar pararse. Se golpeaba, lloraba y volvía a comenzar. “Siempre vi que no se rendía”, dice con tremenda sonrisa. 

Y cómo no estar contenta  si ahora su hijo es todo un jinete, compitió por Colombia en las Olimpiadas Iberoamericanas Fides hace un par de semanas y se trajo la medalla de bronce. 

Este logro lo comparte con Yaira Andrade, su compañera de equitación que debió perderle el miedo a los caballos cafés “porque allí de pronto se mataba”.

Esta orgullosa pareja de amigos fueron los únicos colombianos en su categoría en esta reconocida competencia internacional.

¿Cómo llegaron Juan Diego y Yaira a aprender a cabalgar solos, seguir rutinas, superar pruebas y dominar sus equinos?

La historia comienza hace dos años, cuando la Asociación de Discapacitados del Valle, Asodisvalle, toca las puertas del Club Hípico de Colombia buscando apoyo con sesiones de equinoterapia como un proceso terapéutico para estos chicos de zonas vulnerables de Cali.

El Club abrió esa puerta y desde ese entonces, como voluntariado, recibe por lo menos dos veces a la semana a 60 niños para, a lomo de su caballos y con acompañamiento de profesionales, trabajar en mejorar su calidad de vida.

Desde allí, Angélica Montoya lidera esta labor. Cuenta, por ejemplo, el caso de Ayleen, de siete años y con parálisis cerebral. Los médicos descartaron la posibilidad de que la muy conversadora pequeña pudiera caminar. 

De hecho, llegó al campo de entrenamiento adherida a los brazos de su madre. Hoy hay que pedirle que se quede quieta  un rato, que no corra, que venga por favor donde mamá para tomar el refrigerio.

Angélica explica que montados en los caballos trabajan la estabilidad, la fuerza y el tono muscular. Los hacen extender los brazos, acostarse en el lomo, hacer movimientos y acariciar a su animal amigo. 

A diferentes velocidades los resultados comienzan a verse. Algunos vencen miedos, aprenden a sentarse y sostener su cuerpo, Ayleen caminó y Juan Diego y Yaira superaron todas las expectativas. 

Por eso, Angélica y el profe Edinson Amelines decidieron dar el paso. Para estos alumnos aventajados las terapias se convirtieron en entrenamientos. 

“La frase ‘no puedo’ la traen muy presente y esa fue la primera lucha. Sí pueden. Sobre el caballo empezaron a sentirse iguales, sin diferencias con los demás”, dice Montoya.

Para que estos deportistas pudieran ir a Bogotá la batalla fue otra. Angélica vendió manillas especiales para la ocasión, buscó apoyo de particulares y algunos empresarios y cuando fue el momento se montaron en el avión rumbo al sueño de sus vidas. 

Yaira, además de participar, quería ir a la capital a comer hamburguesas, helado de fresa y manzana. Todo lo cumplió. 

En la competencia se encontró con que los entrenadores debían guardar completo silencio (lo que no esperaban) y con que tenía que  hacer parar el caballo en sitios que no había practicado. Con sus tutores estudió el circuito, pasó al equino por entre los obstáculos, hizo los saludos, las maniobras requeridas y al terminar,  gritó tan fuerte y estiró los brazos con tanto ímpetu que ya no importaba si ganaba. 

Ella ya había triunfado, lo había hecho sola, recordó las  tareas, dominó a su caballo. Había viajado en avión, se había comido la hamburguesa, el helado y la manzana. 

La vida nunca volvió a ser la misma. Cada que puede cuenta aquello en palabras un poco enredadas y muestra la pulsera con el caballito que le quedó de la campaña para su viaje. 

Juan Diego y Yaira empezaron yendo a una terapia y terminaron agarrando las riendas de la felicidad.

Actualmente, siete niños del grupo de 60 que recibe equinoterapia están entrenando equitación debido a las mejorías que han presentando en su proceso.

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