Ir a estudiar, todo un drama para los niños de la zona rural de la capital del Valle

Ir a estudiar, todo un drama para los niños de la zona rural de la capital del Valle

Septiembre 16, 2011 - 12:00 a.m. Por:
José Luis Carrillo Sarria
Ir a estudiar, todo un drama para los niños de la zona rural de la capital del Valle

Este en el panorama diario que viven los estudiantes de la zona rural para transportarse hasta el colegio. A los menos afortunados les toca a pie.

De los 5.500 menores que estudian en las escuelas de los corregimientos de Cali, sólo 3.000 tienen auxilio de transporte. Los jeeps o las ‘gualas’, los únicos medios de transporte.

Antonia tiene cuatro años y recorre siete kilómetros de ida y vuelta desde su casa hasta la escuela. Lo hace día de por medio porque que se le hinchan tanto los pies que dice que necesita tiempo para recuperarse. Cuenta que tiene miedo de perder el año por faltas de asistencia y que por eso hace el esfuerzo de caminar loma arriba por dos horas. El drama de los niños de la zona rural de Cali para llegar a sus escuelas ha sido siempre una historia invisible. Sin embargo, en los últimos días dos hechos llamaron la atención sobre lo que parece seguir siendo un problema sin doliente: el volcamiento el pasado miércoles de una ‘guala’ con trece escolares y una protesta que hace dos semanas se tomó la plazoleta del CAM para pedir la cobertura total del transporte escolar rural. De los 5.500 menores que estudian en las escuelas de los corregimientos de Cali, sólo 3.000 tienen auxilio de transporte. El medio para movilizarse en estas zonas son los Jeeps o las ‘gualas’, únicas capaces de recorrer con eficiencia las trochas de Los Farallones. El auxilio que ofrece la Alcaldía se contrata justamente con este tipo de vehículos.“Es muy duro ver a los niños por la vía caminando en medio del sol o la lluvia, nosotros llevamos hasta donde podemos, son nuestros propios hijos”, explica Juan C. Villafañe, uno de los transportadores.El sobrecupo en estos vehículos es evidente y aunque en las ‘gualas’ que contrata la Alcaldía no es permitido llevar pasajeros colgados o en la parrilla, la necesidad de transportar la mayor cantidad de pequeños hace que se acomoden en su interior hasta 40 niños.“Nos sentimos como piedras, el movimiento del carro me duele. Una vez casi sacó a un amiguito sin querer”, relata Juliana, de 5 años, mientras hace cola y empuja para poder montarse al Jeep. Francisco Amaya, docente de la escuela del corregimiento Los Andes, afirma que la situación del transporte escolar llevó a que muchos niños desertaran. “Por lo menos 300 de los 600 estudiantes de nuestra institución no han vuelto”.Según líderes de la zona, el 30% de los estudiantes, es decir 1.650 niños, han abandonado las aulas en la zona rural de Cali por falta de transporte. Cupos milagrosos12:00 a.m. Al menos un centenar de niños se amontona frente a las puertas de su escuela en Villacarmelo, ninguno se quita del lugar. El campero está por llegar.El carro entra en escena, abre su puerta trasera y de ella sale una ayudante que con su índice comienza a seleccionar a los afortunados que viajarán. Los más pequeños y los que viven más lejos son la prioridad y como si se tratara de un juego de tetris, los acomoda uno a uno hasta que ajusta 40 pasajeros. “Dónde están los que se bajan primero... aquí los más pequeños... hay que sentarse como reina... que los grandes carguen a los chiquitos... mijito mejor deje la maqueta”, son algunas de las frases de rutina de la acompañante. Finalmente la mujer se cuelga de la parte trasera del Jeep y empuja a los niños con su cuerpo, abrazando la parte trasera del campero, en lo que parece un intento de ser una puerta humana. A pesar del milimétrico ejercicio para lograr acomodar al mayor número de pasajeros posible, muchos se quedan por fuera. Más abajo del camino los muchachos de bachillerato, que ni siquiera tienen opción del subsidio Municipal, negocian con el conductor de otro jeep. -$500 por cada uno, propone un estudiante.-Hágale.Entonces, como si se tratara de un enjambre de abejas, copan cada espacio del vehículo, incluso el techo, donde se balancean como malabaristas al ritmo de la ‘guala’.A los otros, los que no tienen subsidio ni los $500, sólo les queda conjugar un verbo: caminar.

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