Historias de papás que luchan por recuperar el amor perdido de sus hijos

Junio 19, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros, reportera de El País
Historias de papás que luchan por recuperar el amor perdido de sus hijos

Pablo Figueroa junto a su hija María José.

Pablo Figueroa es un caleño que durante una década libró una ‘batalla judicial’ que lograra, al fin, que su expareja le permitiera ver a su hija María José. Hoy intenta recuperar el cariño de su pequeña.

“La foto que le puedo enviar para que acompañe este artículo no es reciente. Tiene unos tres años”, se excusa Pablo Figueroa, un caleño que durante una década libró una ‘batalla judicial’ que lograra, al fin, que su expareja le permitiera ver a su  hija María José y “participar de su crianza, de las decisiones importantes de su vida”.

Fue un capítulo de su vida que le dejó muchas reflexiones: “aprendí que en este país tenemos leyes, pero no justicia. La ley es clara, y dice que padres y madres tenemos el mismo derecho y deber de hacer parte de la formación de nuestros hijos. Pero los juzgados de familia tienden a favorecer a la mujer siempre. En mi caso, yo sentía que la balanza no estaba inclinada a mi favor por un simple asunto de género: siempre me tocaba una fiscal, una psicóloga, una trabajadora social, una defensora de familia; que lo único que se aseguraban de saber era si yo pagaba la cuota alimentaria. Entonces el error parte de ahí: de creer que el único papel que cumplimos los padres en la vida de los hijos es la de ser cajeros electrónicos”.

Hoy, a pesar de que ya puede ver con frecuencia a su hija (a pesar de que la niña siempre debe salir acompañada de su mamá) sabe que no podrá recuperar todo el tiempo que su expareja le negó para con la pequeña María José, que ya tiene 13 años. 

Poco a poco, ha aprendido a decirle papá. “Pero le cuesta. Estoy acercándome cada vez más a ella para que no me llame “señor”, porque eso me duele mucho”.

La lucha de los Padres por Siempre

Se llamaba Oswaldo Rey. Era profesor de la Universidad Javeriana de Bogotá y un hombre que hasta el último día de su vida luchó para poner a la  justicia a su favor y así involucrarse en la crianza de sus hijos.

Su caso es el más emblemático de la Fundación Padres por Siempre, a la que acudió  en busca de asesoría legal.  “Escribía a nuestro correo con desespero”, recuerda Trini Sánchez, su coordinadora   en el Valle.  “Lo hizo durante dos semanas todos los días, pero de repente perdimos contacto. Entonces investigamos y nos dimos cuenta de que había muerto. Para nosotros, la causa fue la pena moral que le produjo estar alejado de sus dos pequeños”.

El menor tiene Síndrome de Down y era Oswaldo quien se encargaba de llevarlo a las terapias y exámenes médicos. Incluso, tal como demostró su familia, y a pesar de que su exmujer se empeñó en presentarlo ante la justicia como mal padre,  llegó a pagar una cuenta de cien millones de pesos al Hospital Cardioinfantil de Bogotá por la atención del pequeño. 

Pero, al separarse, su exposa le impidió la comunicación con sus hijos, ni siquiera le permitían cruzar la puerta del condominio en el que residían.  Pasaban meses sin que pudiera hablarles, verlos. Tanta presión, dice su familia, hizo que el 6 de junio de 2012, a los 52 años, muriera víctima de un paro cardiaco.

El reto de ser un papá soltero

Wilson Zapata, un ingeniero industrial caleño de 45 años, decidió hacerse cargo de la crianza y manutención de su hija desde que ella tenía 6 meses, pues la mamá de la pequeña sostuvo en su momento que no contaba con los medios económicos ni el ambiente familiar para asumir esa responsabilidad. Hoy Estefanía es una mujer de 22 años y una estudiante de sexto semestre de ingeniería ambiental de la Universidad Autónoma. 

Cuenta Wilson que ante el enorme reto de criar solo a una hija, de ser un padre soltero, se apoyó en su madre y su abuela. “Y junto a ellas fui aprendiendo desde cómo tomarle la temperatura a un tetero hasta cómo cambiar un pañal”.

Con el tiempo, dice, “me fui acostumbrando a que la gente me mirara con extrañeza cuando decía que era un papá soltero, que era yo quien acudía a recibir los boletines del colegio o la acompañaba en una urgencia médica. Porque esta es una sociedad muy matriarcal, donde las mamás representan casi un ideal, y se cree que un hombre no es capaz de asumir ese rol. Que su principal función es proveer dinero”.

El Instituto de la Familia de la Universidad de la Sabana en Bogotá reveló esta semana los resultados de un estudio que se realizó con motivo de la conmemoración del Día del Padre. El objetivo era establecer cómo se han modificado las pautas de crianza de los papás desde comienzos del siglo pasado hasta nuestros días.   

Los padres de esta generación, según el estudio, son los nacidos entre 1950 y 1979. 

Su poder fue cuestionado por los hijos, la pareja e incluso el Estado. Venían con una herencia muy fuerte de sus padres, donde fueron educados a punta de rejo y correazos; vivieron en carne propia la aplicación del refrán que dice: “La letra con sangre entra”, creencia que se implementó en una educación muy tradicional.

Sin embargo, encontraron  otra realidad y comenzaron a recibir mensajes contrarios a sus pautas de crianza. El Estado comenzó a diseñar políticas para proteger a la primera infancia y la revolución femenina que, entre otros logros, permitió que las mujeres trabajaran. Eso  hizo que se sintieran desplazados.

En esta generación la masculinidad estaba asentada en el papel proveedor del hombre, él se vio cuestionado por la entrada de la mujer al mundo laboral. Esa hombría, cimentada en la fuerza física, fue desplazada por el desarrollo tecnológico. Y su capacidad de reprimir y castigar se vio afectada por las leyes.

Estos padres se empezaron a sentir ”sin piso y sin referentes, no sabían cómo actuar y ejercer su autoridad. Lo que sucedió es que  se volvieron demasiado permisivos o, al contrario, se aferraron al pasado, a como fueron criados, sin importar que su esposa o hijos los abandonaran”, dice el estudio.

Estos padres de familia también viven en un contexto social y cultural muy diferente en el que ellos fueron educados, en el que, por ejemplo, la legislación impone pautas concretas de actuación, compromisos y responsabilidades con los hijos. 

Esta generación de papás también reemplazó la fuerza por el dialogo, los golpes por el efecto y, poco a poco, fueron ‘desnaturalizando’ el castigo.

 

 

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