Historias de bailarines caleños, que hoy son figuras del Salsódromo de la Feria

Diciembre 08, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Luiyith Melo García, reportero de El País
Historias de bailarines caleños, que hoy son figuras del Salsódromo de la Feria

Aydée Moncayo y un grupo de su academia Son de Luz muestran la fantasía de los bailarines, llenos de alegría y gestos acrobáticos propios del caleño.

Hace dos años había 53 escuelas de salsa, hoy se estima que hay el doble. Miles de jóvenes dan su mejor paso en la vida.

La salsa se ha vuelto una cátedra que se imparte por todos los rincones de Cali. En 16 de las 20 comunas existen 53 escuelas formalmente constituidas. En ellas hay 1682 bailarines profesionales y 2067 estudiantes. Al menos eso era lo que había hasta hace dos años, según un estudio realizado por la prestigiosa firma Lecther Américas con el auspicio del Ministerio de Cultura y la Fundación Delirio. Los directores de las escuelas dicen que hoy tal vez esas cifras se han duplicado, por el oxígeno que el Salsódromo le ha dado a la salsa, hasta el punto de convertirla en una industria cultural y un destino turístico de la ciudad. La alegría de la música y los pasos de baile que explotan en un escenario, han logrado exorcizar las amarguras de muchos bailarines que pasaron a convertirse en verdaderos artistas y a escribir una nueva historia de vida. He aquí algunas de ellas.

Antes de bailar hacía de todo un poco. Vivo con una tía y ella me dijo que el baile no me iba a dar de comer, ni para vivir. Entonces me metí al baile para demostrarle que sí se podía. Yo trabajaba por las noches en la galería Santa Elena. Allá llegaban los camiones con productos y yo iba con la carreta y les cargaba a los de los supermercados. Estaba de las 11:00 de la noche a las 8:00 o 9:00 de la mañana. Después dormía. Iba a ensayar baile de 6:00 a 9:00 de la noche, volvía a la casa, me quitaba el uniforme y para Santa Elena. Todos los días. Al frente de mi casa vivía Fredy Leudo, el de Combinación Rumbera. Y me llamó la atención lo de los vestuarios, el maquillaje de las mujeres, las presentaciones. Mi primera clase fue de ballet, hace unos cinco años. Yo entré solo a bailar bachata. Me gustaba bailar los valses y por eso quería bachata, no salsa. Pero el movimiento de los pies me llamó la atención, el sabor. La verdad es que yo quería era jugar fútbol, jugaba de volante 6. Cuando me mandaron a vivir a Bogotá alcancé a jugar en las inferiores de Millonarios. ...Los muchachos que viven con la mamá, con el papá, que estudian... eso a mí no me tocó. Porque siempre me he criado con mi tía o con mi abuela. No tenía un hogar estable. Eran dos años aquí, dos años allá. Pero sufrí maltrato en la familia. Volví donde mi tía, pero en esa casa vendían de todo: vicio, cosas robadas, metían armas... Yo ni sabía qué era la marihuana, porque mi tía era la que la molía, la empacaba. Yo inocentemente le pregunté que eso qué era y me dijo que ella vendía cilantro molido, para que me quedara sano. A cada rato la Policía iba allí. Lo bueno es que ella me inculcó que no llegara a esos pasos. Que no cogiera un arma ni fumara vicio. Por eso le doy gracias, aunque no era mi mamá y no podía dar mucho: si me daba el desayuno, no me daba el almuerzo. Como a los 17 comencé lo del baile. Mi proceso de salsa empezó en Combinación Rumbera. Comencé a dejar el trabajo de Santa Elena cuando me vine a Salsa Viva, hace tres años, aquí empecé mi proceso como instructor y la capacitación y estoy todo el tiempo acá. Decidí no volver a la galería y dedicarme 100 % a la escuela. Lo estoy ganando todo.

Antes de bailar ¡Qué no hacía! No he sido de esos niños normales que han jugado con un balón, que siempre han jugado yeimy o cosas así. En Desepaz donde vivo se ve mucha violencia, mucha droga. Armas van, armas vienen... Siempre he estado rodeado de eso, de ese ambiente malevo, pero no he sido una persona mala. En los 21 años que tengo nunca he probado algo malo que me quede gustando. Alcohol como todo el mundo. Cuando cumplí 12 años de edad empecé a trabajar con mi papá que nunca respondió por mí. Creo que ni sabe cuándo cumplo años. Solo me quiso como una máquina de trabajo. Él es maestro de construcción, entonces me ponía a ‘muliar’. Hasta que me encontré un amigo que ahora está en Estados Unidos y me dijo que yo tenía buena madera para bailar porque siempre me ha gustado la rumba, toda mi familia es rumbera, de Buenanventura, del Chocó, Tumaco... Me metí a un grupo de salsa del barrio. Me gustó porque vi los mundiales de salsa, me impresionó el movimiento rápido de los pies, me interesé y averigüé números telefónicos de academias y hallé el de Fredy Leudo; lo llamé y me dijo que podía ir a aprender. Yo sabía cositas básicas. Me metí a Combinación Rumbera. Me conseguí una cicla para ir a ensayar, porque me tocaba irme a pie de Desepaz al Doce de Octubre. Una vez por robarme la cicla casi me matan, me iban a apuñalear. Me llegaron amenazas. A mi mamá le decían que yo dejara de bailar salsa, que si no me dedicaba a vender droga o ‘traquetiar’ o incluirme en el vicio y en las pandillas del barrio, me iban a matar por ser bailarín. Mi mamá demandó a mi papá por no responder por mí, y mi papá me quitó el trabajo. Llegué hasta el punto de pensar en vender drogas, con tal de tener mis pesos en el bolsillo y ayudar a mi mamá. Pero no lo hice. Una vez me encontré a Danilo (instructor de Tango Vivo) en el Teatro Municipal y me dijo que si estaba interesado en ingresar a Salsa Viva podía hacerlo. Me metí, empecé desde abajo, iba para los viajes de 12 y 14 horas a Bogotá al Caquetá a bailar uno o dos discos que me sabía. Pero fui creciendo y aquí estoy dándola toda. He tenido mis primeros títulos en bachata, en salsa fuimos finalistas en La Pista, el reality de Caracol. Segundo puesto en el Mundial de Salsa y tercer puesto en parejas en el Festival de Salsa de este año. Gracias a Salsa Viva soy otro, he participado en eventos muy importantes y he conocido países que nunca esperé conocer, porque siempre viví rodeado de la maldad. Y, nada, ahora estoy pensando en cosas más grandes con el grupo.

Las escuelas de salsa en Cali han empezado desde abajo. Desde el barrio mismo, en la acera, en la esquina, en la “calle luna-calle sol” como lo cantó Lavoe. Así surgió Constelación Latina, una escuela que se lo ha ganado casi todo a nivel mundial en el baile de salsa. Nació hace 13 años en la marginalidad de Manuela Beltrán, uno de los sectores más violentos del Distrito de Aguablanca. Surgió de la creatividad de Alirio Montezuma y su hija Ana Cecilia, que alguna vez armaron un grupo para animar una fiesta de 15 años en su cuadra, con una coreografía de charlestón y rock and roll. ‘Amigos del barrio’ se llamó esa aventura que empezó a hacer presentaciones en Palmira, Buga y Tuluá hasta llegar a Shangai, hoy, trece años después. En la guardería del barrio dio sus primeros pasos. Allí ensayaban y fue la semilla de la actual Constelación Latina, la escuela que ha exportado bailarines a China, Japón, Turquía y Estados Unidos, donde animan eventos y enseñan a bailar salsa. Son de Luz es otra academia de la salsa caleña. Luego de ganar campeonatos de baile con Wilson Palomeque y Wilmer Rodríguez, y de haber sido pareja de baile del campeón mundial Evelio Carabalí, durante trece años, la bailarina Aydée Moncayo decidió enseñar lo que sabía. Fundó la escuela en el barrio Villa del Sur para formar niños y adultos, ocupándoles el tiempo libre y enseñándoles lo que para Aydée es nuestro pan de cada día, porque -según dice- “desayunamos, almorzamos y cenamos salsa”. Con un grupo de artistas caleños, Aydée salió a representar a Cali en eventos mundiales del género y terminó plantando aquí la semilla académica del Congreso Mundial de Salsa realizado en Puerto Rico en 1998, de donde se desgranó la mazorca del boom artístico que hoy vive Cali. Un auge que no es exclusivo de la salsa identitaria de la ciudad, recalca Moncayo, porque aquí también hay campeones de tango, hip hop, bachata y de otros géneros musicales, lo que muestra la riqueza expresiva de nuestro baile. De hecho, un caleño campeón de tango como Edwin Chica montó una academia con su pareja de baile, Lina Valencia, tras lograr un podio en el mundial de tango en Argentina, en el 2004. La gente quería bailar los aires porteños y llegaron a Tango Vivo, la academia de Chica. Pero resulta que los tangueros no se conformaron solo con este baile. Sobre todo los más chicos pedían bailar, además, salsa. Entonces la academia de tango y milonga se convirtió también en escuela de salsa. Tango Vivo y Salsa Viva que tiene 400 alumnos de 5 a 80 años de edad. Los pasos de salsa de Tango Vivo nacieron en el barrio El Rodeo, con jóvenes sustraídos de la complejidad social de ese entorno que le apostaron a una nueva vida en los escenarios. Allí bailaban, pero la sede se le salió de las manos a Edwin y entonces se fueron para San Fernando. Eso fue un impacto fuerte para los muchachos que tenían limitaciones culturales, vocabulario soez y les gustaba el bullicio. Así que uno de los primeros trabajos que debió hacer la academia -que maneja un alto nivel ejecutivo y empresarial- fue educar en la expresión y las buenas maneras a los jóvenes, al punto que hoy son todas una damas y unos señores dentro y fuera del escenario. En el polideportivo Los Delfines, del barrio Unión de Vivienda Popular, nació Salsa, Rumba y Sabor, una escuela que también ha llevado lejos el baile caleño. En un principio se llamó Descarga Latina y su alto nivel competitivo la llevó a ganar varios concursos regionales y nacionales, recuerda Patricia Monsalve, su directora. Pero tal vez lo que más le satisface es el trabajo social que la escuela está haciendo con los niños especiales. En el Centro Cultural de Cali les dicta talleres, organiza grupos con niños ciegos, sordos y con Síndrome de Down. No compiten, pero en el pasado Festival Mundial de Salsa en Cali les dieron un espacio a siete de sus parejas para exhibirse. Porque bailar salsa revive.

El taller tiene los colores del carnaval. Es como un arcoiris derramado sobre el suelo, puesto en las paredes, colgado en el techo. Los vuelos de las telas bajo las máquinas tienen el tornasol de los satines y los tocados de los trajes desprenden un cañaveral encendido de verde, plantado en canastos tan oscuros y apetecibles como el chocolate. El cielorraso está sembrado de flores gigantes. Flores de tela de todos los colores. Figuras colgantes con esqueleto de alambre, trajes tejidos en cien metros de cinta cada uno, faldas y más faldas que han consumido kilómetros de satín. Iraka, prendas en lamé, encajes, lentejuelas, papel kraft y microfibras envuelven los sentidos. El taller huele a tinta y pegante. Tiene sonata de costura. Sabe a carnaval. El director de arte, Marcelo Vélez, se encarga de que los diseños de Wendy Perea y Camilo Zamora encuentren la forma precisa en las manos diestras de María Ofelia Mosquera y sus modistas. Una docena de personas hace realidad la imaginación del Salsódromo, en ese tercer piso del centro comercial Centro Sur. Allí se confeccionan 460 vestidos de fantasía; tocados y espaldares para mil trajes que lucirán las escuelas de salsa. Y enlucimiento de 2200 artistas, entre músicos y bailarines, que llenarán las ocho alas de esa maratón de salsa y color. Son 4400 metros de tela en donde se cosen las ilusiones de 25 escuelas de salsa, las mejores, que han esperado todo el año para escribir otra página en la historia cultural de Cali.

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