Historia del árbol de Hiroshima que crece en la universidad Icesi

Marzo 30, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País
Historia del árbol de Hiroshima que crece en la universidad Icesi

Vladimir Rouvinski sembró en la Icesi este árbol que sobrevivió a la bomba atómica de Hiroshima. Su nombre científico es Cinnamomum camphora (alcanforero) y alcanza los 20 metros de altura. Es un símbolo de paz para Colombia y el mundo.

¿Por qué un árbol traído de la ciudad de la bomba atómica podría resultar de gran ayuda para la paz de Colombia? La historia de cómo llegó a Cali.

Entonces la bomba atómica explotó. Eran las 8:16 a.m. del 6 de agosto de 1945 y algunos de los sobrevivientes en Hiroshima suponían que el sol se había desprendido del cielo para quemarlo todo. Era lo único que explicaba  por qué  su ciudad había sido destruida en cuestión de segundos. La bomba generó un calor de 4000 grados centígrados y solo un edificio se mantuvo en pie. Hoy lo llaman el edificio atómico. Vista desde el cielo, Hiroshima lucía como un gran trozo de carbón.

Aquello hacía suponer que la ciudad había llegado a su fin.  Los japoneses estaban seguros de  que la vida no inicia de nuevo en un trozo de carbón. Los  científicos calculaban incluso  que quizá después de 70  largos años  algo podría renacer allí. Por eso lo que sucedió enseguida los alegró tanto como quien recibe un milagro. 

Tras el invierno,  un poco de nieve, en la primavera de 1946 empezó a aparecer el verde. Algunas raíces de ciertas especies de árboles sobrevivieron a la bomba, tal vez por estar obviamente bajo tierra.  El gran trozo de carbón yo no parecía tal. 

    Los árboles se convirtieron en un símbolo de esperanza, la certeza de que no todo estaba perdido. Vista desde el cielo, Hiroshima luce hoy como una de las ciudades más modernas y pujantes del mundo. Como si jamás hubiera estallado una bomba atómica.

La historia la está narrando  el profesor  Vladimir Rouvinski en uno de los pasillos de la Universidad Icesi de Cali. Vladimir nació en Rusia hace  45 años y  es docente de relaciones internacionales. También dirige el Centro de Estudios Interdisciplinarios -CIES- de la Universidad. Con los árboles de Hiroshima mantiene una relación bastante especial. Ya explicará por qué. Fue él quien los trajo a Colombia, de hecho.  

Vladimir  llegó al país en 1997 por amor. Su esposa, también rusa y profesora de matemáticas, fue contratada por la Universidad del Valle como docente visitante y él no dudó en seguir su camino.

Además, en Rusia se dedicaba a un trabajo que, consideraba,  podía aplazar.  Vladimir se dedicaba  a hacer estudios e investigaciones sobre Asia. A finales de los 90  el mundo afirmaba  que Japón sería la gran potencia mundial por encima de Estados Unidos y a él le llamaba la atención aquello. Sin embargo era más importante la relación con su esposa que las relaciones internacionales y la disputa por la supremacía entre   las naciones, por supuesto.   

Ya en Cali, Vladimir suponía  que  la Universidad del Valle también lo contrataría. Sin embargo  llegó la crisis temporal de la institución, su cierre parcial, por lo que   se vio abocado a dar clases de literatura e inglés en el Colegio Bennett y en el Colombo Británico, algo que en realidad le agradaba. Hasta que en 2001 se ganó una beca para estudiar en la Universidad de Hiroshima. Asia, de alguna manera,  lo seguía atrayendo. 

En el mismo año en que ganó la beca, además,  Naciones Unidas abrió una oficina en Hiroshima y a Vladimir le ofrecieron hacer prácticas profesionales.   Dijo sí de inmediato.  Desde su escritorio se veía el edificio atómico y a veces acompañaba a estadounidenses a visitar el museo de la bomba, otro de los ‘atractivos’ turísticos. Algunos   se quedaban sin habla durante el recorrido. Como si trataran de digerir, procesar, todo el daño que su país había causado. Literalmente se quebraban por dentro. 

Parte del trabajo en la oficina de Naciones Unidas también consistía  en capacitar a los funcionarios de los gobiernos en temas como conservación de la memoria histórica, cómo las regiones pueden obtener el estatuto de Patrimonio de la Humanidad con la Unesco, energía sostenible, desarrollo de las zonas costeras y la reconstrucción de una nación en el post-  conflicto. Esto último,   dice Vladimir, es lo que justamente le ha  permitido entender   los procesos que se están desarrollando  en Colombia. ¿Pero de dónde viene su relación con los árboles de Hiroshima? El profesor suelta un suspiro - como un punto a parte- y se dispone a contarlo.       

En  Naciones Unidas      entabló una bonita amistad con su jefe, Nassrine Azimi, quien   nació en Irán y se refugió en Afganistán cuando el país no era tan peligroso.    Una de las preocupaciones de Nassrine era  contarle al mundo la experiencia de Hiroshima en la post- guerra, cómo el verde fue el motivo para empezar de nuevo en la ciudad que es símbolo mundial de la guerra en su forma más atroz y a la vez el símbolo de lo que significa el verdadero perdón.   

En alguna ocasión, entonces, Nassrine y  otros miembros de Naciones Unidas  conversaron   sobre  cómo llevar ese mensaje de reconciliación   hacia otros lugares y se les ocurrió un proyecto llamado   ‘Green Legacy Hiroshima”, algo así como ‘ el legado verde’.     

Los voluntarios de Naciones Unidas junto con ciudadanos japoneses y  la organización ANT  comenzaron a recoger las semillas de las especies de árboles que habían sobrevivido a la bomba atómica como el  Ginkgo biloba, Diospyros Kaki, Ilex rotunda y Cinnamomun Camphora. La idea con las semillas  era  entregarlas a personas que tuvieran  relaciones con Naciones Unidas para que se encargaran de sembrarlas en algún país del mundo como un símbolo  de que la paz es posible aún a pesar de la guerra más cruenta. 

El edificio atómico de Hiroshima es uno de los dos patrimonios de la humanidad con sentido negativo para recordar lo que pasó. El otro es Auschwitz.

 A Vladimir le entregaron las semillas hace un par de años, cuando ya trabajaba como docente en la Icesi y había viajado a Hiroshima con sus estudiantes en algo que él llamó Misión Asia. 

Algunas de las semillas las sembró en su casa. Otro árbol más  crece en la Universidad Icesi y está en camino de florecer. Curiosamente da flores blancas. Otro de los árboles está en la Clínica Valle del Lili y uno más en el Colegio Alemán. El hijo de Vladimir estudia allí. 

El nombre científico del árbol es Cinnamomum camphora (alcanforero), alcanza los 20 metros de altura y también ha sido sembrado en Rusia, países bajos, Sudáfrica, Chile, Argentina, Singapur, todo gracias al ‘legado verde’. La Unesco le otorgó al proyecto el premio ‘Legado del futuro’,  “como reconocimiento a la labor que desempeñan los países y universidades del mundo en la reconciliación y promoción de la paz”.

La idea de Naciones Unidas ahora es sembrar el árbol en Estados Unidos como un abrazo entre países históricamente enemigos, un sello de la reconciliación. Pese a las tensiones que aún existen, quizá se logre. “Están en negociaciones”, dice Vladimir,  de pie  junto al  alcanforero que crece en la universidad.

 Vladimir  toma  una de sus hojas y dice que el árbol es también una representación  de la resiliencia tanto para Colombia como para Japón. Al fin y al cabo ambos países han sufrido la guerra -aunque con notables diferencias-, pues al fin y al cabo ambas naciones se han levantado. O por lo menos es lo que  intenta Colombia con los diálogos de paz entre la guerrilla y el gobierno.  

Una de las ideas de Vladimir y de la Universidad  Icesi precisamente es contar la historia de Hiroshima a nivel nacional,  cómo resolvió sus conflictos, y utilizar el árbol   como la prueba de que el perdón es posible incluso después de una bomba atómica. Como un aporte a la paz de Colombia.     En Hiroshima, pese a todo, hay lugares donde se exhibe la bandera estadounidense, asegura Vladimir  mientras el viento sacude las hojas  del árbol.   

 

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