Historia de un par de ángeles que luchan contra el VIH/Sida en Cali

Diciembre 01, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Heinar Ortiz Cortés | Reportero de Elpais.com.co
Historia de un par de ángeles que luchan contra el VIH/Sida en Cali

Los días de 'Mama Tina' inician muy temprano, cuando se levanta a hacer el desayuno para su esposo Óscar, su hija Isabella, de 21 años, y el resto de su 'familia': diez niños, hijos de padres contagiados del VIH que murieron o los dejaron abandonados.

Hoy, en el Día Mundial de Lucha Contra el Sida, Elpais.com.co le presenta a dos mujeres que sin estar contagiadas, luchan a diario por hacer más llevadera la vida de los afectados por el VIH.

Esta no es una historia de amor convencional. No hay flores. No hay chocolates. No hay cartas anónimas escritas en papel de cuaderno ni números de teléfono dejados en servilletas. Tampoco hay serenatas a medianoche ni encuentros secretos a la luz de las velas. Pero sí hay besos. Muchos. Y también muchos abrazos, con muchísimos “te quiero” y “te amo” de por medio. Hay muchos cuidados, horas frente al fogón, lucha y lágrimas. Este no es un amor de cuento, sino un amor visceral. Del que da vida o la quita.Sus protagonistas tampoco son convencionales. Nadie que haya elegido dejar una vida cómoda por batallar con las uñas contra un mal interminable y mortal como el virus del VIH, puede serlo. Sobre todo si no está contagiado.Una de ellas es Clementina Rebellón, 63 años, sobreviviente de un cáncer de columna, quien convirtió su casa en un albergue para niños que fueron abandonados después de quedar huérfanos, contagiarse del VIH o desarrollar el Sida. La suya es una cifra milagrosa que no aparece en las cuentas del Dane, ni de la empresa privada, ni de nadie: 200 menores han recibido toneladas de amor y cuidados en sus 30 años de labores.Pero ocho de ellos, como muchos enfermos de VIH y Sida en el mundo, murieron entre el olvido de sus familias y el silencio de una sociedad que da la espalda.Los ocho tienen un espacio en la memoria y el corazón de esta mujer, pero especialmente María*, una hermosa rubia de ojos azules que falleció cuando tenía apenas seis años. “Me cogía la mano y me decía 'Mamá Tina', deme agua de limón pa' quitar esta sed que me está molestando”... Cuando me acuerdo, siento un dolor horrible, porque es como si se muriera un hijo mío”, narra Clementina.A Nelly Castillo, la otra protagonista de la historia, no le ha tocado ver morir a ningún enfermo del VIH. ¿Por qué, entonces, lucha por mantenerlos vivos?: “Cuando yo ya llevaba cuatro años trabajando con las personas con VIH, a mi hermano se lo diagnosticaron. Eso fue algo que me afianzó en mi convicción de trabajar por el bienestar de ellos”.Ama de casa, de 45 años, lleva once años dándole almuerzo diariamente a por lo menos 30 personas que viven con el flagelo del VIH/Sida en el barrio El Poblado, en el oriente de Cali. En su calendario no importa si es festivo, Navidad o Viernes Santo. La comida siempre está allí, caliente y sin costo, en cinco mesas de plástico que ella instaló en el primer piso de su casa.Según datos de la Secretaría de Salud Municipal, que para la causa de las fundaciones de Clementina y Nelly no aporta nada, en lo que va corrido del año en Cali han muerto 28 personas por el Sida.El oficio de ser 'mamá''Mamá Tina' es blanca, maciza y tiene el pelo corto, poblado por miles de cabellos plateados. Sus ojos son grises, profundos, con algunas vetas verdes y cafés. Casi no sonríe, habla entonando con seguridad y camina despacio pero firme. Es una mujer fuerte, a pesar de su edad.Sus días inician muy temprano, cuando se levanta a hacer el desayuno para su esposo Óscar, su hija Isabella, de 21 años, y el resto de su 'familia': diez niños, hijos de padres contagiados que murieron o los dejaron abandonados, dos mujeres indígenas desplazadas del Cauca que tuvieron que huir luego de ser abusadas sexualmente y contagiadas por guerrilleros de las Farc, y un bebé de un año que le dejó en su casa hace dos meses una empleada de servicio del Cauca que trabaja en Cali. Se llama Miguel y ocasionalmente es visitado por su madre, quien padece el VIH pero no lo ha informado a sus patrones por temor a perder el empleo.“Vivimos todos como si fuéramos familia. Todos me dicen mamá. Yo ya no puedo ni cargarlos, pero ellos me han dado vida y salud. Sigo con ganas de seguir ayudándoles y me mantengo viva por ellos”, dice Clementina.Nelly, en cambio, es trigueña, tiene el cabello oscuro y largo y casi no tiene cejas. Sus manos son grandes y lucen limpias, con las uñas redondas, aunque despicadas. Viste sandalias, una blusa verde con un corazón de un verde más claro estampado en la mitad del pecho y un bluyín corto. Sus ojos son oscuros y se ríe calladamente.A las 9:00 a.m. comienza a poner ollas en los fogones. Hace arroz, sopa, alguna legumbre y jugo. Dice que extrañamente hay carne en sus menús, pero asegura que jamás le ha faltado la comida y que nunca ha dejado de prestar el servicio. Desde las 11:00 a.m. comienzan a llegar personas a almorzar y alrededor de la 1:30 p.m. llega el último comensal.“Un señor que tiene Sida venía desde Ciudad Jardín. Él tenía plata, pero decía que le gustaba comer acá porque se sentía tranquilo. Podía comer su comida y coger un vaso de agua para tomarse todos los medicamentos sin que nadie lo mirara raro”, relató Nelly.'Mama Tina' y Nelly saben que la enfermedad es incurable. Sin embargo, ambas reconocen en la buena alimentación la ayuda óptima para que la salud se mantenga lo mejor posible. Así, a veces no haya mucho que poner en los platos.“Antes nos ayudaban más personas. Nos traían remesas o en diciembre regalos para los pequeños. Ahora es complicado. En mantener a todos mis niños y mi familia nos gastamos entre mi marido y yo unos $1'800.000 mensuales”, dice 'Mama Tina'.Contra la indiferenciaLa Fundación Matriz de Vida queda en el segundo piso de una casa esquinera en el barrio El Limonar, en el sur de Cali. No es un hogar lujoso, pero parece que nunca falta nada. Hay cuatro cuartos grandes, una cocina amplia y un salón de juego con las paredes pintadas de color naranja, amarillo y con letras, figuras de animales y de pequeñas manos. Hay juguetes, peluches, patinetas y dos carteleras donde se ven fotos de los niños haciendo la primera comunión o de las niñas celebrando los quince años.El humilde garaje en el que funciona la Fundación Luz de Vida, en el barrio El Poblado, es un poco diferente: un salón claroscuro, de unos 50 metros cuadrados, con cinco mesas de plástico alrededor de un televisor de 32 pulgadas y una estrecha cocina.Ninguno de los dos lugares luce como tal por fuera. En las fachadas no hay aviso de bienvenida y sus entradas son modestas puertas metálicas que no dan idea alguna de lo que sucede dentro. Desde la acera del frente nunca se podría pensar que dentro de esas casas se salvan vidas todos los días.'Mama Tina' dice que precisamente esa es la idea. Explica que muy pocas personas entenderían la verdadera situación de los niños que viven con ella. Incluso, cuenta que antes de mudarse a donde residen actualmente, les negaron el alquiler de varias casas del barrio Alameda, de donde fueron “sacados” por miedo a que el virus se esparciera. “Es absurdo el desconocimiento que aún tiene la gente sobre el Sida y el VIH” , dijo la mujer.Nelly agrega que, en su caso, lo que le preocupa es que se den cuenta que ella tiene un comedor para personas con Sida, pues esto expondría de inmediato a quienes ingresan a diario a almorzar en su casa.“A mí el tema del contagio me tiene sin cuidado. Mi familia y yo almorzamos en el comedor con ellos, incluso en los mismos platos y con los mismos cubiertos. La gente debe aprender a superar el tema del miedo y la exclusión”, relató Nelly.Porque es cierto. Cali, una ciudad donde este año se han detectado 581 nuevos casos de contagio, mira de reojo a sus enfermos de VIH y Sida. Por suerte, hay ángeles entre nosotros.

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