Historia de un héroe anónimo que le arrebata jóvenes a las pandillas del oriente de Cali

Agosto 30, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina | Reportero de El País
Historia de un héroe anónimo que le arrebata  jóvenes a las pandillas del oriente de Cali

Víctor Jhonson Corpus tiene 37 años, está casado y tiene dos hijos. Actualmente estudia Administración Pública y ha sido elegido durante dos períodos consecutivos como presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Floralia II etapa.

Víctor Jhonson es líder comunal en la que fue, en 2013, la comuna más violenta de Cali. Hizo parte de una pandilla y ahora lucha contra ellas.

Víctor no tiene razón alguna para ocultarlo: su pasado está poblado de imágenes atroces. A los 14 años, a mediados de los 90, hacía parte de un ‘combo’ de adolescentes, una pandilla. Algunos fumaban marihuana, otros robaban, él portaba un arma y estaba siempre presente en los enfrentamientos contra otros chicos en el barrio Floralia, nororiente de Cali. 

Todo empezó, justamente, con otra imagen atroz: su padre abandonó a su madre con sus cuatro hijos y entonces la estrechez, la poca ropa, el poco dinero, las carencias, empezaron a desgastarlo implacablemente. 

“Uno se queda un poco en el aire, en medio de la pobreza, con ganas de vestirse bien, de salir con los amigos pero no se puede. El parche de la gente con la que uno anda en la calle se convierte en parte de tu familia y en un espacio que llena vacíos”, dice.

 El parche, la pandilla, eran chicos que solo estaban por ahí, viendo pasar el tiempo, armando peleas aquí, allá, con el parche de la calle siguiente, con el del otro barrio. 

En una de esas peleas, dice, no alcanzó a desenfundar el arma cuando escuchó las balas disparadas y los proyectiles cruzar cerca de su cabeza, de sus oídos, de su cuerpo. Aquella noche fue la primera alarma. ¿Cómo es que no había muerto? Se dijo: “esto no es lo mío”. Necesitaba dinero y empezó a trabajar como ayudante en una fábrica de zapatos. 

Y allí, las imágenes de lo atroz volvieron. En menos de dos años  pasó de ayudante a operario de una máquina de calzado, pero también  descubrió que el dueño de la fábrica enviaba hacia el exterior droga en los zapatos. También, descubrió que gran parte de los trabajadores hacían parte una banda dedicada a robar motos que se hacía llamar los ‘Son 14’. Le mostraron armas. Le pidieron que hiciera parte de la banda. Se negó. 

Para esos días, en el año 2000, Víctor había visto demasiadas cosas. “Muchos de mis amigos habían sido asesinados. No te imaginás lo que es ver eso, un amigo de toda la vida con varios tiros que te dice que no lo dejés morir, te mira a los ojos y te dice eso. No te imaginás”. Así que Víctor sabía lo que le podía esperar. 

Dijo que no. Pasaron los años. Víctor aprendió a hacer teatro y decidió crear talleres de actuación para jóvenes pandilleros en el Oriente de Cali. Hubo un día, en 2007, cuando vio a uno de sus hermanos menores consumiendo drogas y pensó que ese destino oscuro que lo persiguió a él durante años,  ahora se cernía sobre su hermano menor. Pensó, también, que se cernía sobre cientos de adolescentes como él y por eso decidió enseñar teatro. 

Ahora es el líder de la Corporación Arte Universal que desarrolla proyectos para jóvenes en alto riesgo en la Comuna 6  y presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio Floralia.  

Víctor Hugo Jhonson, 37 años, dos hijos, no tiene razón alguna para ocultarlo: su pasado está poblado de imágenes atroces. Su presente es una lucha por evitar esas imágenes en el futuro de otros chicos.

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[[nid:571906;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/08/ep001170035.jpg;full;{Víctor Jhonson en uno de los talleres que dicta para jóvenes en alto riesgo con el objetivo de alejarlos de las drogas y de las organizaciones delincuenciales. Foto: Especial para El País}]]

Entre enero y junio de este año 34 personas fueron asesinadas en la Comuna 6 de la ciudad, en el extremo nororiental de Cali. Son demasiadas personas, casi seis cada mes, más de una cada semana. 

Sin embargo, si la tendencia se mantiene, esa Comuna contaría este año menos de la mitad de homicidios que se registraron en 2013, cuando el número ascendió a 160 e hizo de esa zona  la más violenta  en la ciudad más violenta de Colombia.

 Víctor conoce las cifras y, más que eso, las historias detrás de ellas. Entonces dice: “El sábado, por ejemplo, nos mataron a una niña de 19 años allí en Petecuy”. 

Lo dice así, queriendo decir que se la mataron a él. Es el modo en que Víctor lo siente: las muertes de esos chicos son muertes suyas, que le duelen como acaso le dolerían a un padre. 

La niña de la que habla era vendedora de drogas en una zona del barrio Petecuy dominada por un grupo en disputa con otro grupo de  una zona contigua. 

Víctor, entonces, explica que la mayor parte de los homicidios – cuyas víctimas son en su mayoría jóvenes menores de 22 años–  ocurren por el negocio de la venta de drogas. Es un expediente que se repite en todos los barrios de la ciudad que tienen pandillas: esos grupos se dedican a defender una zona, que es usada para la venta de drogas, de otros grupos que controlan otras zonas y quieren ganar más territorios para, a su vez, aumentar sus ganancias.

 Es una concatenación de circunstancias: adolescentes pobres de familias destruidas que no estudian, no trabajan, se inician en el consumo de drogas y pronto son reclutados para la venta de esas mismas drogas y para hacer parte de pandillas y estructuras delincuenciales.

 Víctor los conoce. Relata cortas biografías de adolescentes que se iniciaron en el crimen a los 11 o 12 años y a los 15 ya eran jefes de pandillas y a los 20 fueron asesinados.   

 “Historias como esas conozco muchas. A esa edad ellos se vuelven presas fáciles para el crimen y la violencia. En muchos barrios de la Comuna 6 el microtráfico es la principal fuente de empleo y siempre está ahí, siempre. Un joven que quiera ganar plata sabe a dónde dirigirse para empezar a vender droga, o a robar o a matar...”, dice. 

Víctor tiene gestos de quien ha vivido demasiado, de quien ha sido testigo de mucho. Sonríe a ciertas preguntas – como quien sonríe ante lo obvio o lo ingenuo – y cuenta otra historia. Hace varios años, en un taller que dirigió de prevención de consumo de drogas con adolescentes,  conoció a uno, de 16 años, que no hacía parte de pandilla alguna y que apenas había consumido marihuana. 

Días después el adolescente tuvo un problema con otro del barrio Petecuy y lo asesinó. Víctor me enseña las fotos del chico en el taller. Se ve sonriente mientras usa unos audífonos junto a otros adolescentes. 

“Era un pelado que nunca había tenido problemas. Pero su padre estaba en la cárcel por homicidio y sus tíos hacían parte de una estructura delincuencial. En su cabeza, porque eso fue lo que aprendió en su familia, cualquier problema se arreglaba con violencia, y eso fue lo que hizo”. 

***

   Víctor, con la Corporación Arte Universal, ha atendido a al menos 600 adolescentes y niños entre 2013 y 2016. La cifra es significativa, si se tiene en cuenta que en Cali, de acuerdo con estadísticas oficiales, se calcula que hay alrededor de 2500 jóvenes en las filas de las pandillas.

  En esos tres años, además, 38 jóvenes se han gradudado como Técnicos del Sena y se han podido establecer quince unidades productivas en los barrios Petecuy y Floralia. 

“Nosotros hacemos  todo un trabajo de intervención psicosocial con ellos, tratamos de ayudarles a cambiar su forma de pensar y les ofrecemos oportunidades en convenio con otras instituciones, como el Sena o institutos de formación”. 

Ahora mismo, 35 adolescentes entre los 12 y los  19 años hacen parte del equipo de fútbol Joga Bonito, que pertenece a la Corporación. Varios de ellos ya empezaban a ser seducidos por pandillas. Con el equipo, algunos empezaron  a estudiar y otros trabajan para presentar pruebas con varios equipos de las categorías Primera C y B.

Mientras me cuenta, le pregunto si él cree que es posible rehabilitar a un hombre, a un chico, que ha aprendido a asesinar y que durante su vida  ha aprendido a hacer del crimen un negocio. 

Al oír la pregunta se toma la cabeza, sonríe, mira para los lados, no sabe muy bien qué contestar.  

“Es muy difícil. Hay que empezar por un cambio de mentalidad. En este país nos hemos acostumbrado a resolver nuestros problemas con la violencia y eso parece que ya está metido en la estructura mental de los colombianos. Yo no sé muy bien qué se puede hacer con quienes ya están metidos en el mundo del crimen y la delincuencia, pero sí sé que la situación puede mejorar si se presta atención a los chicos que aún no han llegado a eso”, argumenta. 

Dice que hay que darles alternativas, que no se puede permitir que sean las drogas, para vender y para consumir, la única posibilidad  que ellos tengan para llenar sus carencias afectivas y, también,  para llenar sus bolsillos.

 “Eso es lo que hacemos en la Corporación Arte Universal. Tratamos de mostrarle a los niños y adolescentes que hay otros caminos, tratamos de entenderlos y de rehacer sus mundos. Solo de ese modo la ciudad puede mejorar: dándole a esos niños las alternativas que durante años les han sido negadas. La tarea no es fácil, uno a veces siente que pierde las batallas. Pero el agradecimiento de  los pelados cuando alguien les tiende la mano merece cualquier esfuerzo”, concluye.

Corporación Arte Universal La Corporación tiene programas artísticos y deportivos,  como mecanismos para la prevención de consumo de drogas en niños y adolescentes.  Entre los programas que maneja la Corporación hay clases de teatro,  danza y programas deportivos. Todos son realizados de manera gratuita.  La Corporación está constituida legalmente desde 2011  y viene trabajando constantemente de la mano de proyectos de la Alcaldía Municipal.
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