Historia de la otra Cali que suena a rock

Julio 18, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Adolfo Ochoa Moyano, especial para Gaceta.

Si se rasguña un poco el barniz salsero con el que está pintada la superficie de la ciudad se encuentra un grupo underground de metaleros, indies, punks, glam y thrash que parece infinito.

Los Bienvenidos dicen que ser rockero es una cuestión de amor, de hacer las cosas con el alma aunque eso signifique abucheos, burlas y en varias ocasiones el enojo de quienes los contrataban para presentaciones. Enojo porque los asistentes se quejaban del mal sonido: en lugar de una batería tenían un porrón de agua, un tambor, dos ollas y unos platillos resquebrajados.Pero, un poco así es el rock caleño: único. Un poco así es hacer rock en Cali: una lucha contra la corriente, porque la mayoría aquí le apuesta a la salsa. Y nada más. Por eso sorprende que en la ciudad de Wilson Manyoma, de Piper Pimienta, del Grupo Niche, de Guayacán, de Tin Tin Deo, de ‘las caleñas son como las flores’ haya más de 200 bandas que se dedican a un género que casi parece un paria. Así que ¿rock en la capital mundial de la salsa? Sí. Y buen rock.Los chicos de Betrayer, por ejemplo, un grupo que explora los sonidos más extremos y veloces del rock y que lleva cinco años dedicado a la música, cuentan que no es sencillo mantenerse en un mercado poco promocionado. Muchas veces tienen que ir a los ensayos en bicicleta. Llegar en bus con la guitarra en la espalda y el amplificador en la mano, porque ser un metalero profesional en esta ciudad no da para pagar las cuentas, menos para darse lujos y andar con comodidades.Pero, a punta de resistir, de las ganas, esos mismos muchachos que ya grabaron un álbum que costó $3.000.000, pagado con dinero de sus bolsillos, ya parten a su segunda gira por Latinoamérica, que incluye paradas en Chile, Uruguay, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Además, esperan para el siguiente año realizar la promoción del nuevo trabajo discográfico en Estados Unidos. Algo casi heroico para una agrupación que no suena en la radio comercial y que no es invitada de primera línea en programas juveniles de televisión. Todo eso a punta de ser tercos. Porque el rock no es una moda. Eso dicen. Felipe, el baterista, explica que para ellos es una forma de creer, una manera de vivir. La misma que adoptaron desde que descubrieron en viejos casetes y acetatos la música que los hacía vibrar. Por eso se pasan meses al teléfono o en internet hablando con promotores para poder llevar la música, que en Cali es underground, al mainstream de otros países. Viajando en bus. Durmiendo en las carreteras. Cruzando fronteras con la única garantía de que tendrán un espacio para tocar sus canciones porque hay ciudades en las que el pago serán los pasajes a otro lugar.Entonces, explican, el rock de Cali es inmortal, “se ha mantenido debajo de las piedras, pero sin desaparecer”.Rasguñando las piedrasMúsicos que han hecho rock por muchos años como el guitarrista de las bandas Ocaso, Obra Negra y Legend Maker, Mauricio Ochoa, dice que ahora es más fácil tener un grupo.Pero al tiempo admite que hace falta mucho camino por recorrer para igualar en oportunidades a ciudades como Medellín. Ochoa explica que en Cali no hay buenos lugares para ensayar, por ejemplo.Yo decido verlo con mis propios ojos. Gustavo, baterista de Los Bienvenidos, me lleva a un sitio donde suelen reunirse a tocar. Queda a un par de cuadras de la Avenida Roosevelt. Es un garaje. Alguien lo convirtió en una suerte de cueva oscura y poco ventilada que a cambio de $4.000 la hora permite a las bandas ensayar. También les dejan usar una batería (una de verdad).El sitio es tan estrecho que me pregunto cómo pudieron meter un auto allí antes. Huele igual que unas medias de jugar fútbol que estuvieron guardadas en una maleta por mucho tiempo. Pero a Los Bienvenidos no les importa. Allí conectan la guitarra que Diego compró con el dinero que le dieron por vender su perro y un bajo que alguien olvidó en casa de Felipe. Entonces ensayan rodeados de cuatro paredes forradas con panales vacíos de huevos. El sonido rebota dentro. Aún así, los vecinos se quejan de ruido. “A eso me refiero”, dice Mauricio Ochoa, cuando le cuento lo que vi en el ensayadero. “Hacer rock es un acto de fe porque no tenemos las herramientas necesarias. En Cali todavía hacemos las cosas de manera artesanal y hasta que no decidamos dar el paso a ser una ciudad que bien puede competir con Bogotá y Medellín, es decir, que se invierta desde la Alcaldía, que haya más festivales, que los medios se comprometan a ser voceros, no va a pasar nada más”.Pese a eso, muchos otros conocedores de música coinciden en que la movida del rock en Cali es una paradoja: es un enorme monstruo de siete cabezas pero que muy pocos pueden reconocer. Hay quienes dicen que si se rasguña un poco el barniz salsero con el que está pintada la superficie de la ciudad se encuentra un grupo underground de metaleros, indies, punks, glam, thrash que parece infinito. Organizadores de eventos de rock y metal de la ciudad dicen que en esta urbe, que está listada en guías turísticas de todo el globo como la capital mundial de la salsa, existen al menos 250 bandas dedicadas a algún género del rock.Y además esas bandas, muchas de ellas compuestas por amateurs que levantan las guitarras, los bajos y las baterías por puro instinto, tienen un público que vibra por ellas y las apoya. Según estadísticas oficiales de la secretaría de Cultura de Cali, en el año 2010 se realizaron cuatro festivales del género (Calible, Cruzada del Fuego, Caligotix y Rockomotora) que convocaron a cerca de 16.000 personas. Es decir, el total de personas que se necesitarían para llenar completamente una de las tribunas del Estadio Pascual Guerrero.Sin embargo, eso parece no ser suficiente. A pesar de que hay gente haciendo rock, gente que quiere ver rock, éste no puede salir del anonimato, de debajo de las piedras.Edwin Villareal, fundador y organizador del festival de metal La Cruzada del Fuego, que en este 2011 llega a su décima edición, explica que Cali es una ciudad condenada a una imagen: la de la salsa.“Todos llegan a Cali buscando salsa. Acá hay Delirio, hay escuelas, hay festivales, Feria de Cali y allí es donde está el dinero. Esa es la industria cultural, es a lo que hay que apostarle. El rock no es cultura caleña. El rock es una suerte de niño chiquito al que se le da contentillo pero al que no se le presta atención”.Villareal, quien también ha apoyado la realización de otros festivales, dice que durante todo 2010 la Alcaldía giró $60 millones para eventos masivos de este tipo de música. Con ese dinero se debe pagar sonido, luces, logística, seguridad e incluso cancelar salarios a bandas invitadas.El productor del programa juvenil Radio Macondo, Juan España, dice que el gobierno local no quiere apostarles a nuevas formas de cultura porque no son tan rentables. “Hacer rock en Cali es cuestión de tripas, de romanticismo, de tener sueños y terquedad suficiente como para perseguirlos sin saber muy bien a dónde se va a llegar”.B SidesPero esta también es una historia con Lado B. David Corkidi lleva 30 años haciendo rock en Cali. Él quiso ser rockero desde que tiene memoria. Y lo logró. Fundó junto a otros tercos soñadores Kronos, una de las bandas de rock más influyentes y representativas de la ciudad.Corkidi dice que es poco lo que ha cambiado desde esos días. Hacer música sigue siendo tan difícil como levitar o levantar un auto con una mano. “Pero —se apura a decir con una seguridad apabullante— así es mejor”. “Porque hacer rock no es una moda. Es un estilo de vida. Una forma de ir contra la corriente y eso hace que valga la pena ser rockero en Cali”.El músico, sobreviviente de varias guerras y, curtido en el tema, dice que Cali es una olla en la que se cocinan muchos nuevos talentos. Recuerda que él mismo fue testigo de eso cuando el año pasado, durante una convocatoria musical llamada Rockópolis, encontró al nuevo vocalista de su banda, quien entró a reemplazar a nada más y nada menos que a Jorge Fresquet, uno de los cantantes insignia del rock nacional.“Cali tiene ganas, tiene talento pero falta infraestructura”, agrega el guitarrista de Kronos. ¿Qué significa eso? Luis Fernando Caballero, tecladista de bandas como Legend Maker y Kraken es quien responde.“Grabar un disco en Cali es un verdadero calvario. No hay estudios profesionales de grabación, así que todo termina sonando casero, como hecho con las uñas”.Caballero añade que los costos de grabar un larga duración, que dé la talla para ir a las emisoras nacionales, son tan altos que muchas bandas nuevas no tienen esa posibilidad y tienen que conformarse con tocar en bares o en colegios, cuando a veces hay eventos.Felipe Ospina, baterista de la banda caleña de thrash Betrayer, que ya ha grabado discos y ha salido de gira latinoamericana, explica que sacar un álbum con 500 copias en esta ciudad puede costar hasta $3.000.000, cuando en realidad un trabajo hecho como debe ser cuesta lo que vale un automóvil de gama media, es decir entre $30 y $40 millones.Bandas como Legend Maker, que lograron tocar al lado de leyendas internacionales como Gamma Ray y que han sido invitadas varias veces a Rock Al Parque, en Bogotá, llegaron a pagar hasta $15 millones por grabar demos hace unos 12 años, en Cali.Reunir ese capital para bandas que muchas veces reciben pagos de apenas $180.000 por cada toque que realizan es una odisea. Y eso es un efecto dominó. Si no se puede grabar un buen demo, no se puede participar con buenas posibilidades en festivales, que son los que en buena medida determinan si hay talento o no. Un organizador del festival Altavoz en Medellín dice que cada año reciben solicitudes de aproximadamente 65 bandas caleñas para participar del show, pero la mayoría de las veces las grabaciones que envían son de tan baja calidad que quedan descartados de plano. Y no es por falta de talento. “Es que mandan audiciones como hechas en la casa”.Altavoces fundidosHan pasado al menos diez años desde que las últimas emisoras caleñas dedicadas a este género fueron absorbidas por grandes oleadas de reggaetón, vallenato y rancheras. El director del programa de rock y metal Cuerdas de Acero, de Univalle Stereo, Freddy Alberto Ortiz, admite que colegas suyos, que lustros atrás lideraban la movida rock local apoyando bandas nuevas y haciendo ecos de conciertos y vistiendo su pasión en la piel, con tatuajes de bandas y carátulas de discos inmortales, hoy viven de animar chiquillos a que bailen reggaetón y choke.Cali tuvo a su servicio Radioactiva, por ejemplo. Su slogan era ‘planeta rock’. Allí y en otras radiodifusoras como La Superestación bandas como Superlitio, el principal referente nacional del rock caleño, tenían espacios para mostrar sus nuevos trabajos discográficos.De eso poco queda ahora. Los que saben, dicen que la radio es para los rockeros como el agua a los peces: es su ecosistema natural.Juan Carlos Prado, director de la emisora de la Universidad Javeriana de Cali y una de las que aún tiene programación de rock, explica que para lograr una unificación se necesitan altavoces y en esta ciudad están rotos.“El rock caleño no tiene cómo darse a conocer masivamente. En la emisora de la Javeriana hay programas y allí se pone música, se habla de eventos. Lo mismo sucede con la emisora de Univalle, pero no es suficiente. Ser caleño es sinónimo de salsa porque está en todas partes: hay sitios para oír y hasta para tocar, pero el rock apenas si suena tres o cuatro días a la semana”.Es verdad que hay muchas dificultades. Pero, entonces ¿por qué el rock no se ha desvanecido? David Corkidi dice que, para él, hay dos razones. Una tiene que ver con el género en sí mismo. El guitarrista de Kronos asegura que no hay un rincón en el planeta en el que no se oiga al menos una banda.Y la otra razón: que como la salsa, el rock de Cali es único. “O sino, mire un ejemplo, solamente en esta ciudad podría germinar un proyecto musical tan sui generis como Superlitio”. Una banda que mezcla el sabor latino de la ciudad con la rebeldía y crudeza del rock. Un éxito sin precedentes.“Superlitio es una banda insignia de Cali porque es Pacífico, es chontaduro, es Calle Quinta, San Antonio, La Loma de la Cruz”, agrega Caballero.Los chicos de Litio son un referente además de calidad. Han sido invitados a varias ediciones de Rock al Parque en Bogotá y uno de los videos de su último trabajo discográfico, Calidosound, fue realizado con alrededor de 3.500 fotografías y se invirtieron cerca de 70 horas en el diseño y animación cuadro a cuadro, mientras que la post producción sobrepasó las 100 horas.Muchos creen que a Superlitio hay que agradecerle que el rock esté renaciendo en Cali. Ahora hay más bares dedicados a esta música y para el 2012 se espera que los festivales atraigan más fanáticos y que haya más apoyo de la industria privada y el gobierno local.Entre tanto, el monstruo tranquilo sigue allí, bajo la sombra de la salsa. 200 bandas así lo prueban. Las mismas que llegan hasta sus ensayaderos montados en sus bicicletas, o en alguna ruta del MÍO. Hay talento. Será cuestión de seguir rasguñando las piedras.

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