Historia de la mujer que busca reconstruir la memoria de las víctimas del conflicto

Mayo 02, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos, reportero de El País.
Historia de la mujer que busca reconstruir la memoria de las víctimas del conflicto

María Teresa Arizabaleta está escribiendo un libro en el que cuenta parte de su vida: ‘La mujer despierta, entre el amor y la rabia’, se llama. Lo está corrigiendo el escritor Leonardo Peña Calderón.

María Teresa Arizabaleta fue homenajeada por la Casa de la Mujer y declarada como una de las líderes más influyentes del Siglo XX. Luchó por el derecho al voto.

I RabiaViolaron a Lucero. Fue al final de la década del 40, en San Antonio. La violó el odontólogo del barrio. Sobre la niña cayó una condena. Los padres de sus amigas les prohibieron juntarse con ella. Como si fuera un bicho raro, como si tuviera una enfermedad contagiosa. La aislaron mientras continuaban, qué curioso, yendo donde el mismo dentista. María Teresa Arizabaleta se rebeló. Era, decían sus maestras, una adelantada de la época. Tenía unos 14 años y no permitió que nadie le impidiera conversar con Lucero, jugar con Lucero. De todos modos la presión sobre la niña era insoportable. Su familia decidió salir de San Antonio y de Lucero no se supo nada más. El odontólogo sí continuó muy orondo en su consultorio. María Teresa jamás olvidó la afrenta contra su amiga, que a la larga era también contra ella misma, contra las mujeres. Rabia, sentía.Rabia también por lo sucedido con una mujer de cabello rubio y ojos azules que mantenía en la cocina de su casa. María Teresa la veía y pensaba: es hermosa, se parece a mi abuela. Preguntó por qué. No te metas en eso, le dijeron en la familia. María Teresa siguió investigando. Se enteró de una historia que la enardeció. Un familiar cercano que era juez manejó el caso de una mujer violada. Ese juez, que algunos llamaban ‘honorable’, la volvió a violar. La embarazó, además. La niña que nació después era la mujer de la cocina. María Teresa se convirtió en su amiga más cercana. Si iba a jugar, la mujer de la cocina también. Si María Teresa salía, ella también. Las víctimas de la violencia, de la exclusión social, se convertían en amistades estrechas. Una vez fue la misma María Teresa la que se vio excluida. Sucedió en el colegio, en la clase de química. Notó que Díaz Colón, el profesor, les asignaba a las alumnas los problemas más sencillos de resolver mientras que a los hombres les asignaba los más complicados. María Teresa preguntó por qué. El profesor le dijo: “porque ellos son los que van a mantener la familia”. María Teresa Arizabaleta armó una revolución, le exigió a ese profesor y al de matemáticas, al de español, a todos, que les dieran clases extras como compensación. Sin sospecharlo, acababa de fundar en Colombia los cursos preuniversitarios. Infancia, escribió el cronista Juan Villoro, es destino. La frase la citó de un psicoanalista mexicano, Santiago Ramírez. Infancia es destino y la rabia de sus primeros años determinó el de María Teresa Arizabaleta, feminista.II Los maestrosSale de su estudio a pasos lentos, vestida de morado y aretes largos. Luce impecablemente arreglada, distinguida, algo así como Merly Streep en la película La Dama de Hierro. Saluda, sonríe. Tiene la facultad de hacer sentir a la visita como si la conociera desde hace años. Ofrece disculpas por el desorden, aunque en su apartamento, ubicado en el oeste de Cali, todo está en su sitio, todo está al derecho. El piso de madera brilla.María Teresa Arizabaleta lleva unas hojas en la mano. Toda la mañana, cuenta, se la ha pasado preparando el discurso para el homenaje que le realizará –que ya le realizó– la Casa de la Mujer. Para la Casa, María Teresa es una de las feministas más influyentes del Siglo XX en Colombia. Luchó por el derecho al voto femenino, lideró la creación de las comisarías de familia, exigió que la educación que se impartía fuera igual para hombres y mujeres y peleó para que en Colombia no se prorrogara el Frente Nacional, esa coalición política entre los partidos Liberal y Conservador. Un periodo gobernaba el uno, un periodo el otro, y a María Teresa ese miti–miti le parecía antidemocrático.En el Congreso, cuando fue a explicar por qué no era conveniente la prórroga, le escupieron la cara, le pegaron con un asiento en la espalda. Tantos años después, dice, todavía le dan dolores en la columna. Tantos años después sigue en luchas que parecen imposibles de ganar: detener la guerra en Colombia; encontrar la verdad de lo que pasó con los diputados del Valle del Cauca asesinados por las Farc. En eso está trabajando. Ahora se sienta en el comedor. María Teresa ojea las hojas que lleva en la mano. Fue difícil, dice, aceptar el homenaje de la Casa de la Mujer. No olvida aún el consejo que le dio el dramaturgo Enrique Buenaventura. El maestro le dijo: “Nosotros hemos jodido tanto en esta ciudad, que nos van a hacer homenajes. No te dejés que uno se muere”. Y sí, María Teresa recuerda que a Enrique le hicieron homenajes y después murió. Lo recuerda pero no le da importancia a la anécdota, sonríe. Toda la mañana, de hecho, reirá. La feminista más reconocida de Cali es famosa también por su humor permanente. -Yo le debo a mucha gente. Le digo a ustedes, y lo diré en el homenaje, que le debo a la señorita Matilde González Ramos, la directora del Colegio Gimnasio Femenino del Valle. Ella me formó. Y el primero que me marcó fue mi padre, Juan Demetrio. A él le debo que a los tres años ya sabía leer. María Teresa Arizabaleta nació en 1934. Y su padre, efectivamente, marcó su historia. Infancia es destino, ya se dijo. Y desde niña, a María Teresa Juan Demetrio la llamaba no por su nombre sino por una palabra, líder. Qué venga la líder, que almuerce la líder, para dónde va la líder. Programación neurolingüística, dicen algunos. Quién sabe. Parece que funcionó. A la niña no le daba miedo declamar poemas en las fiestas familiares. Tampoco hablar en público en el colegio. Con sus amigos conversaba sobre la Segunda Guerra Mundial. Todo lo aprendía en el sótano de su casa, donde su padre tenía un mapa del mundo y ubicaba la posición de los alemanes, de los estadounidenses, teorizaba sobre esa guerra que cambiaría el destino de las mujeres. Mientras los hombres se fueron a combatir, ellas ocuparon sus trabajos.Cuando los soldados regresaron el mundo había cambiado, las mujeres empezaban a entender que no necesitaban de un marido para sostenerse económicamente. Liberación femenina.María Teresa, en Colombia, ya iba adelante de aquello. Con Matilde González Ramos recorría los barrios de Cali. Hablaban sobre la importancia de la igualdad en la educación, la necesidad de fundar colegios mixtos. Con colegios mixtos, decía Matilde, se demostraba que había hombres buenos para matemáticas y mujeres buenas para matemáticas; hombres buenos para química y mujeres buenas para química; hombres deficientes en una materia, mujeres deficientes en una materia. Con los colegios mixtos se demostraba que en la educación no debía haber distinciones de género. Decirlo en estos tiempos no tiene gracia, pero en aquellos, finales de los 40, inicios de los 50, era meterse en camisa de once varas. La Iglesia prohibía los colegios mixtos. Incluso se advirtió que todo padre que matriculara a su hija en un colegio compartido con hombres sería excomulgado. María Teresa se oponía. Y eso le generaba inconvenientes con su madre, María Helena, presidenta de la Asociación de Madres Católicas. Aquel era un cargo que se heredaba, por cierto. Cuando se lo ofrecieron, María Teresa se negó. “Yo soy pecadora”, dijo. Su lucha por el derecho al voto femenino empezó en los barrios, en esas correrías con Matilde. La bola se fue regando. Se hablaba sobre la importancia del sufragio para la mujer, de los logros ya alcanzados: en 1932, Ley 28, se había reconocido la igualdad entre hombres y mujeres en los derechos civiles; en 1946 la ONU le exigía al mundo el voto de las mujeres; en 1957 en Colombia se logró esa gran meta del movimiento feminista. Aquella lucha, recuerda María Teresa, la dieron unas pocas mujeres como Esmeralda Arboleda, como Josefina Valencia. “La lucha de unas pocas mujeres despiertas en beneficio de millones que seguían dormidas”. Además del derecho a elegir, María Teresa defendía el derecho al aborto. Esa pelea la libró con una revolucionaria que asesinaron y nunca supo por qué: María Arango. María le decía a María Teresa ‘Policarpa’, en honor a esa heroína de la Independencia de Colombia. ‘Policarpa Arizabaleta’, que también peleó para que no se aprobara el servicio social obligatorio para las mujeres. Ese, dice María Teresa mientras ojea de nuevo las hojas que lleva en la mano, es otro de sus logros en más de 50 años de feminismo. III UtopíasEl homenaje a María Teresa Arizabaleta se realizó el 26 de abril del 2012 en la Biblioteca Nacional de Bogotá. Fue conmovedor. Sobre todo cuando emitieron un video suyo de cuando tenía 3 años. Ahí estaba, la líder. “Me trataron tan bien, que me sentí como una reina”, dijo a su regreso a Cali. A los 78 años tiene la vitalidad intacta para emprender esas batallas que parecen imposibles de ganar. María Teresa es la coordinadora en el Valle de la Ruta Pacífica, un movimiento feminista que trabaja, entre otros temas, por la salida negociada del conflicto armado y la visibilización de los efectos de la guerra en la vida de las mujeres.No ha sido fácil esa tarea, dice María Teresa. Es imposible llegar a casa tranquila, explica, cuando las mujeres cuentan cómo los paramilitares del Urabá las hacen arrodillar, las obligan a que los masturben. Es imposible llegar a casa tranquila cuando una mujer en el Distrito de Aguablanca, de Cali, explica que el conflicto la dejó con hijos, sin tierras, sin amor. Le mataron a su esposo. María Teresa insiste en la necesidad de detener la guerra de este país. Para lograrlo es necesaria la reconstrucción de la memoria histórica de las víctimas. “Esa es un forma de prevención para que la barbarie no se repita”, piensa. De ahí que en el Valle la Ruta Pacífica creó la Comisión de la Memoria y la Verdad. Esa comisión tiene un objetivo: saber qué pasó con los diputados asesinados por la guerrilla de las Farc. Otra vez, en María Teresa aparece ese sentimiento que la ha marcado, la rabia por la suerte de las víctimas y sus familias. Sabemos lo que sucedió en la masacre de El Salado, en Trujillo, pero esta es la hora en que no sabemos por qué mataron a los diputados.El libro que está escribiendo María Teresa, por cierto, se llama ‘ La mujer despierta, entre el amor y la rabia’. Ahí cuenta parte de su vida y el título es un guiño a un consejo que le dio su padre: hacer las cosas con pasión, sí, pero también con amor o rabia. “En mí definitivamente pudo más lo segundo”. Sigue sentada en el comedor.

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