Historia de cuatro indigentes de Cali que lograron rehabilitarse y volver a la sociedad

Septiembre 18, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Adolfo Ochoa Moyano, reportero de El País.
Historia de cuatro indigentes de Cali que lograron rehabilitarse y volver a la sociedad

De izquierda a derecha: Ricardo Torres, William Antonio García, Roberto Rodríguez y Ernesto Vélez. Todos rehabilitados.

La meta ha sido alcanzada, incluso, después de pasar la mitad de sus vidas en la calle, atrapados por la adicción a las drogas.

La historia de todos es más o menos la misma. Vivían en la calle. Se drogaban más de lo que comían. Robaban. Todos estuvieron también al borde de morir por un balazo, por una puñalada. Y todos se salvaron. Ahora cuentan el cuento en medio de risas, camaradería y uno que otro chiste flojo.Los cuatro hombres que protagonizan esta historia son sobrevivientes que quieren ser usados como ejemplo para que esos 3.620 hombres y mujeres que viven actualmente en las calles de Cali sepan que tienen una alternativa distinta a deambular por ahí, muchos sin cédula, siquiera. Muchos sin familia alguna que responda por ellos.Los hombres que protagonizan esta historia fueron al infierno y regresaron. Ahora viven una segunda oportunidad. Uno de ellos regresó al hogar que abandonó hace 20 años. Tiene ingresos propios y es un abuelo jovial, que aconseja y lee cuentos a sus nietos antes de que se vayan a dormir.Otro sueña con encontrar a sus hijos, decirles que ya no pesa lo mismo que una maleta de viaje llena de ropa por culpa del bazuco. Contarles que de nuevo es soldador y que ya no se consume $30.000 diarios de base de cocaína.Todos quieren que se sepa que sí se puede salir del sórdido mundo que hay debajo de esa Cali que el planeta conoce por la salsa, el chontaduro maduro y las mujeres como flores.Cayeron en desgracia por diferentes motivos: mujeres, desempleo, delincuencia. Pero, sus vidas dieron un giro de 180 grados por la misma razón: aceptaron hacer parte de una arriesgada apuesta que hizo la Alcaldía de Cali al querer resocializar a quienes habitan las calles.¿Arriesgada apuesta?, ¿por qué? Porque lograr eso significa dinero, mucha ayuda profesional, pero, sobre todo, voluntad por parte de quienes están del otro lado, es decir, de quienes duermen en los andenes y que se rigen por la única regla que hay en la selva: morir o matar....Con el pucho de la vida...Ricardo Torres camina arrastrando la pierna izquierda. Trata de andar siempre al lado de una pared para poder recostar el peso de su cuerpo para cansarse menos y mantenerse de pie. Un día, ya ni sabe cuándo, le dieron un tiro arriba del ombligo. Le arruinó nervios. Le destrozó los intestinos y lo dejó lisiado para siempre. Y eso que el disparo no era para él. Como muchos inocentes estaba en el lugar y en el momento equivocados.Se ríe. “Ni tan inocente”. Se despacha a contar que tal vez no se mereció ese disparo, pero sí la puñalada en la mejilla derecha cuando peleaba con pandilleros rivales en la galería de Santa Elena por el control del microtráfico. O el batazo en la rodilla cuando estaba robando en un barrio cercano.“Pero, eso era antes, hombre. Ya no. Ya ni fumo tanto. Prontito, ya verá, no me voy a fumar es nada”. No miente. Mientras habla de su proceso de rehabilitación, Beatriz, la comunicadora del hogar de paso Sembrando Esperanza, coordinado por los Samaritanos de la Calle y la Secretaría de Bienestar Social de la Alcaldía, asiente con la cabeza. Y sonríe.Ricardo es un caso especial. Era un tipo enojado. Él admite después de que ya Beatriz se ha ido que él no concebía una vida sin la violencia ciega a la que obliga la calle.Es un caso especial, entonces, porque dejó las armas y agarró los micrófonos. Ahora canta. La Orquesta, jocosamente llamada ‘Son de la Calle’, lo tiene en los coros. Le encanta Roberto Roena. Rubén Blades. Cuando Ricardo habla de la banda a la que pertenece juega con los dedos, inquieto, se ríe como un niño que tiene pena y baja los ojos. No parece asesino, ni ladrón. Parece un tipo bueno. Lo mismo le pasa a Roberto, de apellido Rodríguez. Él también se rehabilitó. No fue un delincuente activo antes. Era más bien una especie de alma en pena. Poco menos que una persona, como él mismo se describe. No se levantaba de los andenes nunca. Se quedaba allí tendido como una hilacha de trapo hasta que alguien le ponía un pan o unos fríjoles en la mano para que comiera. Su desconexión del mundo por causa de las drogas fue tal que cuando el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Icbf, entregó a dos de sus hijos en adopción él no se enteró sino meses después.Su esposa murió de hambre en un andén. Sola. Enloquecida por las drogas, el alcohol y por el dolor de haber perdido a sus dos muchachos.Roberto dice que ese fue el campanazo de alerta. No quería irse así. Supo que nadie le daría cristiana sepultura cuando su hija mayor lo vio en el centro de Cali y le escupió un “usted no es mi papá, usted es sólo un loco”.Entonces se puso de pie y fue a implorar ayuda al hogar de paso Sembrando Esperanza. Él no lo supo entonces, pero en esos días, en 2009, la Alcaldía de esta ciudad realizó una inversión de $500 millones para adecuar las instalaciones, capacitar y vincular psicólogos, trabajadores sociales, médicos y enfermeras para atenderlos a él y a 150 personas que llegan allí todos los días.El caso de Roberto es uno de los más exitosos. Completó los cuatro niveles de desintoxicación y rehabilitación y ahora se vale por sí mismo. De hecho, él mismo coordina un grupo de Alcohólicos Anónimos en el barrio El Calvario, en el centro de Cali.Vive con su hija. Tiene un nieto. Es poeta. Camina siempre con un libro tan grueso como una resma de papel bajo el brazo. Allí están los versos que narran su infierno y su redención.Un día lo premiaron en un concurso de poesía por sus composiciones y declamó en vivo para los asistentes a la ceremonia. Tiene, incluso, un poema dedicado a la secretaria de Bienestar Social, Mariluz Zuluaga, quien estuvo con él y 240 personas más, el día que terminaron la rehabilitación.Para simbolizar su salida del mundo de la indigencia, ese día alquilaron togas y birretes y se vistieron como recién graduados. Ricardo cantó con la Orquesta Son de la Calle y Roberto bailó con la doctora Zuluaga alguna canción de Roena o Blades, tal vez.Y esa vez, cuando festejaban que ya no usan cada peso para alcohol y drogas junto a ellos celebraron Ernesto Vélez y William Antonio García.Otros de los casos exitosos de reintegración social. Ernesto dice que se fumó la vida entera. Y casi que es la verdad literal: de sus 55 años de edad ha pasado 20 consumiendo drogas suaves como marihuana y duras como heroína, cocaína y bazuco. Dice que no podía mantener en los bolsillos ni $300 porque enseguida estaba buscando quien le vendiera una dosis de algo que lo mantuviera ‘loco’. Siempre loco. Es un tipo corpulento y tiene unas manos con las que seguro podría partir cocos. Habla con una voz grave, como de orador de plaza pública para decir que está enfermo. Que él necesita ayuda. Que requiere tratamiento especializado. Sorprende oírlo hablar así, con su boca vacía de dientes, con sus dedos llagados por la candela con la que prendía las pipas del bazuco.Explica que eso de la enfermedad se lo enseñaron las psicólogas que lo atienden en el hogar de paso. Él sigue en el proceso. Aún no termina, pero ya al menos no se dedica a robar en las esquinas. Aprendió de joven el oficio de la construcción y hoy lo ejerce de nuevo. Ya se paga un cuarto con cama y cocina. Usa ropa limpia todos los días. Cuando me acerco a él huele un poco a colonia. Para lograr eso, Ernesto tuvo que someterse a rigurosos procesos que consistían, primero, en admitir que sí se tiene un problema. Él y sus compañeros debían pasar horas en talleres con expertos en comportamiento, además de médicos que observaban sus avances físicos, mientras reducían poco a poco el consumo.William, otro de los rehabilitados, recuerda que era capaz de consumir hasta $30.000 en bazuco al día. Eso significa que si cada dosis cuesta $300, William se metía 100 papeletas cada 24 horas. Él mismo hace el cálculo y dice que en su vida debió haber consumido unos catorce millones de pesos. Es decir que pudo haber comprado una casa. Pudo haber pagado la universidad de uno de sus hijos.Pero, no. “Me fumé la vida, hermano”. Y para él haberse zafado de esa cruz que son las drogas es una victoria que sabe a derrota.Desde que dejó a su esposa y a sus hijos en su natal Cartagena hace dos décadas para buscar empleo en Cali su vida fue una espiral hacia abajo. Fue de mal en peor: no encontró dinero para enviar a su familia. Posteriormente, su esposa lo dejó. Luego las drogas. Quedó en la calle. Y hoy, que ya no pesa 50 kilos como una niñita flaca, que de nuevo es soldador y que no consume ni alcohol no tiene a quién contarle.Sus hijos ya no contestan a ese número de teléfono de siempre, entonces es el que menos sonríe de todos. “El precio de caer al infierno”, dice. Y los demás le dan la razón.Pero después todos dicen que hay que vivir con las consecuencias de sus actos y aseguran que no hay que ver atrás. Que están con la mirada fija en el horizonte porque resbalar puede significar caer.Así que todos hacen de tripas corazón. Siguen yendo a terapias a diario, siguen luchando contra el diablo y siempre, cada que pueden, dan otro paso para salir del infierno.

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