Hambre, peleas, deserción escolar: la falta de agua transforma a Cali

Septiembre 06, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Diana Carolina Ruiz / Reportera de El País
Hambre, peleas, deserción escolar: la falta de agua transforma a Cali

La carrera por conseguir agua en la Comuna 18 inicia en la madrugada. Con baldes y pimpinas, se forman las filas para que se respete el turno. Se marcan con el nombre del dueño, para evitar robos.

Por el bajo caudal de los ríos Cali y Meléndez, que surten el 25% de la ciudad, familias de la ladera y el noroeste enfrentan una difícil situación. Historias de una prolongada sequía.

Tener que mandar a los hijos al colegio sin bañar y con los uniformes sucios es frustrante. Fanny Valencia, en el barrio Alto Nápoles siente vergüenza. Se lamenta porque desde hace semanas viven el rigor del racionamiento. El río Meléndez, con el que se atienden las comunas 18 y 20, en la ladera caleña,  es un hilito de agua y  la planta de La Reforma no  puede entregar agua de manera continua.

No es que sea mala madre, explica con sonrisa nerviosa, es que es tan poquita el agua que solo alcanza para medio enjuagarles la ropa a los muchachos. “El agua se nos ha ido hasta 24 horas. A veces guardamos pero no rinde para todo lo que hay que hacer en la casa. Hemos tenido días en los que solo tomamos agua de panela, uno no tiene para comprar comida en la calle”.

Los más avergonzados por ir sucios al colegio son los adolescentes. En el Santa Teresa de Jesús, dice su rectora, Isabel Cristina Borrero, su ausencia es notoria. En los salones, que atienden entre 30 y 40 estudiantes, ahora solo se ven como máximo 20.

“Hay mamás que corren a otras casas para lavar los uniformes, niños que van donde familiares a bañarse, pero otros prefieren perder clase. Los adolescentes están en pleno enamoramiento y todo les da pena”, explica.

Por  la sequía, las jornadas de la mañana y la tarde se unieron en una sola. Los 1008 estudiantes entre transición y once grado ahora ven clases de 7:00 a.m. a 10:00 a.m. y de 10:00 a.m. a 12:00 m. El pico y placa educativo en los colegios de la ladera se mueve al ritmo del racionamiento de agua implementado por Emcali en la zona. “Dependemos del agua que traen los carrotanques y a veces es un problema acceder a ella”, dice la docente.

Es que la falta del líquido ha generado una especie de guerra en la que las  familias pelean unas con otras por ser las primeras en la fila para llenar una, diez o veinte pimpinas, tarros, baldes, que van marcados con el nombre del dueño para que no se los roben.

“La gente no entiende que el agua es para todos y a veces es mejor no meterse para evitar peleas. El día que no alcanzamos agua, no hay comida para los niños. Los chiquitos vienen a tocarnos la puerta y hay que decirles que no”, asegura Adriana Fandiño, del Comedor Comunitario La Arboleda, donde la alimentación de 163 niños de escasos recursos se volvió intermitente.

Aquellos que no alcanzan agua son  nicho de mercado para los inescrupulosos, quienes llenan botellas de gaseosas y pimpinas para venderlas entre $1000 y $15.000. 

“A mi casa llegaron y me cobraron $3000 por dos litros de agua. Dicen que lo que uno paga es el gasto de gasolina que ellos hacen. A veces toca comprar, sobre todo para atender a los niños”, dice la señora, habitante de Alto Nápoles, que no quiere dar su nombre porque tiene miedo “de esa gente”. 

Las guarderías también trabajan a medias y con el ánimo de evitar que los niños se queden sin atención, algunas piden a los padres llevar junto al pequeño uno o dos litros de agua para atenderlos. “Es que hay unos que llegan sin bañar y da pesar no limpiarlos. No todos los papás tienen cómo traer agua, trabajamos con la que nos puedan traer y con la que recogemos”, comenta Sandra Céspedes, madre comunitaria a cargo de 12 niños.

“¿Sabe que es lo más difícil de no tener agua? Cuando uno tiene que ir al baño, no a orinar. Uno se angustia, le duele el estómago. Yo camino seis cuadras hasta donde mi suegra para ir al baño, allá el agua llega  y se puede  vaciar el inodoro. En mi casa, el agua que se recoge es para que mis niños entren tranquilos al baño, para que estén limpios y no les vaya a dar ninguna enfermedad”, cuenta Tomás Sánchez, un empleado informal que ahora ‘caza’ agua en las mangueras que irregularmente surten a los moradores del asentamiento Las Palmas, en lo más alto de la Comuna 18.

[[nid:460672;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/09/ep001016338.jpg;full;{Los habitantes de los barrios La Campiña y el Bosque viven un verdadero drama por el racionamiento de agua potable.Videógrafo: Álvaro Pio Fernández / Reportería: Diana Carolina Ruiz}]]

Salir de la casa sin bañarse provoca desespero. Dice Mariavi Pérez, chef de profesión y habitante del barrio Granada, en la Comuna 2,   quien añade que pararse frente a una estufa a cocinar produce el doble del calor que el que desde hace meses se siente en la calle.

“Ya son varias las veces que mi esposo y yo tenemos que salir sin bañarnos a trabajar. A duras penas nos aplicamos desodorante, incluso hemos tenido que limpiarnos con agua de la nevera. Lo que realmente molesta es que Emcali no avise que quitará el agua”, reniega la mujer.

En barrios de esa y otras  comunas (como la 1, 3 y 10) también se han incrementado los cortes de agua, hay presión  baja y turbiedad, por cuenta del diminuto caudal del río Cali, lo que  impide operar de forma adecuada la planta Río Cali.

“Me estoy levantando a las 4:00 a.m. y vamos con la familia río arriba, donde está más limpio y allí nos aseamos y recogemos agua. El día que no me levanto, me toca ir al trabajo y bañarme allá. Es que con agua del río no es lo mismo, se siente uno mal bañado”, dice Pablo Ospina, mensajero, de 29 años, habitante de Terrón Colorado, en la Comuna 1, donde también se está racionando el agua.

A Margot Quinayaz, auxiliar de cocina, que vive más arriba, en el sector de Villa del Mar, le toca lavar cada semana en una finca, porque ir hasta el río toma mucho tiempo y no se puede llegar tarde al trabajo. “Ponen el agua en horas en las que uno está trabajando. Mi hermana es la que me ayuda a recoger cuando la ponen. Si no es por ella, no alcanzamos a tener agua en la casa”.

Teófilo Rodríguez, adulto mayor y residente en un edificio del barrio El Peñón (Comuna 3), cuenta que “el agua la quitan antes del mediodía y vuelve en la tarde. Después, se va a las 8:00 p.m. hasta las 5:00 a.m. del otro día. La incomodidad es porque no se lavan los platos y por el uso del baño. Como el edificio no tiene tanque para guardar agua, recogemos en algunas ollas y botellas”.

Jean Paul Regnier, propietario de un restaurante en ese sector, comenta que “contamos con tanques de almacenamiento, pero a veces llega el agua con una presión muy baja. Incluso en mi casa (barrio Santa Rita) nos quedamos hace días sin agua, porque la gente del edificio comienza a recoger y las reservas se acaban más rápido”.

El privilegio de ducharse con agua caliente ha desaparecido “aunque no me disgusta. Lo que sí hago es irme a la casa de mis hermanas, porque al menos allá sí llega agua y se puede ir al baño. A veces toca bañarse es con totuma, como antes”, dice Sonia Gravenhorst, habitante de La Campiña, de 65 años,  que vive en un segundo piso.

A sus 80 años, Nolmy del Carpio, residente del barrio El Bosque (también en esa comuna), ha pasado días enteros sin bañarse y sin poder ir a sus citas médicas. “Imagínese la vergüenza, uno sin bañar”, agrega.

“Si nos dicen a qué hora se va el agua, uno se acomoda, pero uno se levanta y no hay. Pobrecita mi hija, se va a las 4:30 de la mañana y le toca limpiarse con pañitos húmedos antes de salir”, agrega Francisco Prieto, residente de ese sector.

 

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