Festival Petronio Álvarez deleitó a miles de caleños

Agosto 16, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros
Festival Petronio Álvarez deleitó a miles de caleños

20 mil personas y más de 120 agrupaciones participaron en el XIV Festival Petronio Álvarez, que rindió homenaje a Leonor González Mina ‘la Negra Grande de Colombia’. El evento tuvo lugar en la Plaza de Toros de Cali.

Muchos no nacieron en las entrañas del Pacífico, pero sus cantos de boga y sus marimbas suenan tan afinadas que resulta difícil creer que sea así. Los hijos que Petronio Álvarez no conoció.

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Jorge derrama sus manos blancas y pequeñas sobre el cuero de un cununo; tiene 8 años y apenas si consigue levantar la vista para mirar al escenario. Siente nervios. Desde donde está ahora, sentado a horcajadas con un tambor entre las piernas y con más tres mil personas en frente suyo, el mundo debe parecer un asunto difícil: de lo bien o mal que agite sus palmas sobre el cuero templado dependerá la consagración, el epílogo feliz de más de un año de ensayos y de lágrimas. A esta hora, 5:30 de la tarde, el teatro al aire libre Los Cristales parece un solo coro de currulao. El Petronito, esa fiesta paralela al gran Petronio Álvarez donde sus protagonistas juegan aún con muñecas y regalan voces dulzonas, está encendida. Sobre el escenario, otras manos, también delicadas, hacen saltar las tablas de chonta de una marimba. Cascadas de aplausos y de ‘flashes’ se escurren entre las graderías. Jorge remata con un par de golpes secos su presentación y sólo entonces se atreve a mirar al público. El mundo es difícil, sí, pero la música ayuda a verlo como algo menos invencible. Refugiado tras bambalinas, ahora toma un poco de agua antes de comenzar a contar cómo acabó negándose a jugar con sus amigos en el ‘picadito’ del barrio para terminar interpretando un tambor de balso. Resumido, el asunto es que en su colegio escuchó la idea, hace un año, de hacer parte de un grupo folclórico del Pacífico que acogería a niños de toda la Comuna 13. Nunca en su vida había escuchado ‘jugas’, ‘abosaos’, bombos ni marimbas. Nunca le habían contado que detrás de la cordillera el mar era capaz de agitar olas lo mismo que música. No tenía familiares en Timbiquí, Guapi o Condoto. Pero Jorge probó, ensayó y aquello le gustó. Fue lo mismo que les sucedió a otros 280 niños de las comunas 3, 8, 13, 14, 15 y 21 de Cali que, seducidos por las melodías del Litoral, hoy integran la Escuela de Música Tradicional Juvenil e Infantil Mundo Manglar, una especie de estero que cada año por esta época ‘inunda’ El Petronito con decenas de niños músicos. Fundada en 2008, sorprende de esta escuela que si bien promueve los aires raizales del Pacífico, cuenta entre sus artistas con un nutrido grupo de pequeños indígenas y mestizos, ajenos por completo al paisaje cultural de esa región del país, pero que han aprendido a acogerlo como propio. Carolina Campo, su directora, la define con palabras optimistas: “Es un laboratorio para la convivencia donde los niños se encuentran a través del arte”. Que sea así le dibuja a la profesora Oliva Arboleda una sonrisa generosa. Mientras precisa los detalles de un grupo de bailarinas que saltará al escenario, ‘Olivita’ —así la llaman sus pupilos— recuerda la incredulidad que despertaba tres años atrás, cuando la escuela nació. “Cosa fregada, oyó, tu les ponías un currulao y esos niños no entendían de qué les hablabas. Había que entrenarles los pies, las miradas, el oído. Ya hoy entienden que para bailar una ‘juga’ hay que sentir el bombo, que para zapatear como se debe el que manda es el cununo”. La interpretación no fue tarea menos compleja. Que lo diga el profesor e investigador cultural Héctor Tascón, que después de recorrer todo el Litoral y sentarse de tú a tú con sus grandes músicos, terminó por convencerse y convencer a todos de que eso de aprender marimba, guasá y cununos tenía su ciencia. Él es el creador del modelo OIO (ver recuadro) con el que, a través de sonidos onomatopéyicos, los niños aprenden cómo arrancarles notas a estos instrumentos. En pleno Petronito, Héctor parece un padre amoroso, un consejero de todos estos hijos adoptivos que el maestro Petronio Álvarez —allá en su isla de Cascajal, mientras afinaba los versos de ‘Mi Buenaventura’— nunca imaginó tener. Rodeado de todos ellos, el profe dice que “los adultos somos los que nos encargamos de ponerle color a la música. Los niños no entienden de esas cosas; para ellos es un juego y para nosotros un motivo para respirar aliviados: con marimba y arte, le estamos arrebatando niños a la violencia”. Jorge no lo dice con tanta precisión, pero también lo siente así. Lo mismo que Sofía, amiga suya del barrio El Diamante que, como él, descansa de la presentación que dieron hace unos minutos. Al notar que su amigo trastabilla toma la vocería y deja caer una frase memorable: “Esta música no es de negritos, a mí me enseñaron que la música no tiene dueños”.

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