Fabio Mejía, el empresario que dejó la ‘Fama’ por la pinturaterapia

Marzo 10, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera, reportera de El País
Fabio Mejía, el empresario que dejó la ‘Fama’ por la pinturaterapia

Fabio Mejía Aguirre tiene un pequeño cultivo de rascadera u oreja de elefante, que él mismo riega a la madrugada, para lograr una mejor conservación de las hojas cuando las va a utilizar para pintar. Está ubicado en el Paso de la Bolsa, en Jamundí.

Fabio Mejía Aguirre pasó de empresario notable a artista de obras amables con el medio ambiente. Pinturas orgánicas para alumnos inquietos.

Como el artista Paul Gaugin abandonó todo en París para irse a Tahití, hace catorce años Fabio Mejía cambió los paseos en lancha por irse a pie con las etnias en las montañas silvianas. Él, un hombre que nació con chofer, como dice, lo dejó todo para hacerse maestro Nak Chak, una especie de doctorado en saberes ancestrales según la cosmovisión misak (guambiana).

Fabio Mejía Aguirre, hijo de Fabio Mejía Rojas, el dueño de la famosa Papelería Bolivariana de los años 80, gerente de la más reconocida editorial Bedout, heredó la capacidad de trabajo de su padre.

Pese a que desde niño se inclinaba por el arte y la pintura, metió al congelador esta pasión y se dedicó a los negocios familiares: estudió administración de empresas en la Escuela de Administración de Empresas de la época y hasta recorrió el país vendiendo la tabla didáctica, un invento suyo  para que cada niño pudiera trabajar la plastilina, no sobre la mesa del jardín infantil, sino en esa especie de maletín con agarradera, que podían llevar a casa para  mostrarle la obra de arte a la mamá. El artista que Fabio llevaba dentro, afloraba. 

El joven empresario alcanzó ventas hasta de $50 millones, una cifra asombrosa para una sola temporada escolar. Era lo que muchos llaman ‘un hombre exitoso’. Hasta  que tuvo contacto con la etnia guambiana, en Silvia, Cauca, y conoció al taita mayor, Felipe Morales, quien  le cambió la vida para siempre.

A medida de que Fabio se fue adentrando en el conocimiento ancestral, empezó su desprendimiento: vendió la papelería, la camioneta y  su empresa de triplex y escolares Fama (sus iniciales), en la que tenía hasta 60 empleados en temporada escolar.  Su esposa  lo abandonó y   empezó a  salir ese pintor latente que habitaba en él. 

El Taita, fallecido hace tres años, le enseñó  los secretos de la pintura orgánica: crear colores con sustancias extraídas de las plantas, sin mediar químicos como con las pinturas industriales. Y halló en las hojas de rascadera, cual corazones  gigantes, sus mejores lienzos para darle expresión a sus emociones y a sus sentimientos.

En ese camino a la cosmogonía misak, Fabio encontró que pintar desestresaba, reposaba las emociones, tranquilizaba, era una terapia. Y creó  su programa Pinturaterapia, que dicta en el Gimnasio Moderno del Valle, en  Jamundí, y en clases particulares.

Con estudiantes desde preescolar hasta 11°, recoge las hojas a punto de caer, las refuerza con material reciclable como cartón u  hojas de cuaderno  usadas, por el envés. Luego, cada  alumno  deja sobre ese lienzo natural,  sus iras y sus miedos, sus angustias y sus incertidumbres, sus obsesiones y sus preocupaciones.

Fruto de este proceso, el artista lleva más de 700 hojas pintadas, con las cuales quiere lograr un Guiness Record. Sus alumnos lo certifican.

Mónica Alejandra Arrechea dice que con esta clase ellos aprenden la importancia de la naturaleza. “Sin gastar dinero, él nos muestra que se puede eternizar; de una hoja elabora relojes o cuadros o  lámparas de piña y  conchas de caracol”, explica la joven.

“Yo llevaba una vida empresarial muy exitosa, pero espiritualmente no”, confiesa el siempre sonriente Fabio Mejía, recordando que su primer contacto con los indígenas fue cuando su mamá iba a Pitayó a regalarles cuadernos.

“Su obra no tiene un valor monetario, sino espiritual”, destaca la alumna Gabriela Vargas: “Me siento orgullosa de lo que hemos hecho”.

“Ellos no me ven como un profesor cuadriculado. Cuando un colega  tiene un alumno hiperactivo, me  dice:  ‘Fabio, este muchacho necesita pinturaterapia’;   lo recibo y le digo: ‘Usted es artista’ y lo nivelamos, sin aprehenderlo ni gritarlo”,  cuenta, haciendo reír a los  alumnos.

“Con esta clase uno se desestresa, se despreocupa”, dice María Camila Fory, comenta y Fabio complementa: “A cada quien hay que hablarle en su idioma: de padre a padre, de adulto a adulto y de niño a niño, para que no haya obstrucción en la comunicación”, afirma  el carismático maestro.

Patricia Hernández, coordinadora del proyecto en el colegio, destaca que la pinturaterapia es muy interesante porque ayuda a los niños a elaborar muchas cosas, además de darles mayor conciencia ecológica. “Aquí  todo es cemento,  construyen y no dejan un árbol, se la pasan sembrando cemento”, reclama.

Cuando Fabio se  centró en el arte de la Madre Tierra, el Taita Mayor le enseñó a extraer pinturas orgánicas de las hojas de las plantas de achiote, zapallo, sábila, menta, limoncillo, y a mezclar tierras y arcillas, creando pinturas amigables porque no contaminan y con aromas naturales que estimulan lo cognitivo-emocional: por eso es una terapia. Y aprendió la nueva holística de las yerbas medicinales y a “recuperar esos saberes de la cosmogonía indígena que los conquistadores no dejaron pasar”.

Él mismo Taita le decretó: tu labor tiene que ser una misión. Y entonces, se dedicó a enseñar a pintar mientras se  cuida la naturaleza, y viceversa, a  niños sin recursos, ya sea en la galería de Jamundí o de Bogotá, en Juanchaco o Ladrilleros, en Popayán o  en Acandí, Chocó. 

María Camila coincide en que es algo único porque mucha gente piensa que si una hoja ya se cayó, es basura y luego las queman y  contaminan el ambiente. En cambio, el ‘profe’ conserva las hojas y hace objetos que sirven para decorar la casa.  “Es un orgullo para él, mostrar que de algo tan simple, ha logrado tanto:  700 hojas eternizadas como pinturas”, agrega Mónica.

Con la pinturaterapia, él le da un mensaje a la gente de que hay que cuidar la naturaleza, opina María del Mar Molina. “Es una invitación a salirse de lo normal, de que arte no es solo pintar  cuadros. Y lo  puede hacer todo el mundo, en vez de hacer daños”, reflexiona la adolescente.

La  pinturaterapia genera conocimiento  transversal. Los alumnos hacen caminatas ecológicas para recoger hojas, aprenden ciencias naturales y geografía cuando Fabio les habla de ‘alocasia macrorrhiza’,   nombre científico de esta planta originaria de Malasia, región del continente asiático donde la cultivan   para el consumo humano, porque es  rica en una gran proteína.

Y les habla de la crisolización para que no les entre plaga. Freddy se acuesta a las 6:00 de la tarde o 7:00 de la noche, en una carpa instalada justo al lado de un pequeño  cultivo de la alocasia que tiene en la finca de un amigo en Jamundí. Y se levanta a la 1:00 o 2:00 de la madrugada a regarlas y hacerles el ritual de luna y sol, que consiste en exponerlas a la luz de esos astros, en sus respectivos horarios, para que así  se conserven.

“Veo mucha gente estresada y es porque no le sacan tiempo al contacto con la naturaleza. Yo logré transformar mi vida. Disfruté intensamente los momentos que en otra época pensé que eran lo máximo,  ahora gozo intensamente llevando el arte y cuidando el medio ambiente”, dice Fabio Mejía Aguirre, el empresario que tuvo Fama y cual Gaugin dejó su casa en el barrio Cristales para irse a acampar bajo una carpa junto a las que él llama sus niñas, sus novias, sus mujeres, sus hijas: las plantas de rascadera que él perpetúa en obras de arte orgánico.

Reutilizando 

Cuando Fabio  hace sus obras de arte con las pinturas que prepara en un mortero, les da brillo con manteca de cacao y las finaliza con pepas de  chocho, semillas silvestres, conchas de mar, metales reciclados, ripio de coco, cáscaras de mazorca y hasta con boñiga de vaca, que le dan unas texturas agradables al tacto y visual, atendiendo lo que él llama la interdicción de los sentidos. Los colores como el azul  o el rosado los logra con arcillas que trae del Alto Cauca.La planta de  rascadera  o bore o alocacia puede crecer hasta 5 metros de altura.
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