Estudiantes de la Ciudadela Isaías Duarte Cancino se gradúan en artes y paz

Septiembre 22, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera | Reportera de El País
Estudiantes de la Ciudadela Isaías Duarte Cancino se gradúan en artes y paz

Los jóvenes se integran y socializan en las distintas iniciativas artísticas. Aquí los de la banda marcial interactúan con los de baile folclórico.

Con capacitaciones, más de 200 jóvenes del oriente de Cali se han convertido en facilitadores de paz en su colegio y hogares. Las peles en las aulas quedaron atrás. Le mostramos las historias detrás de la iniciativa.

"Hoy no quiero que nadie me hable y qué” y  le soltaba un par de  palabrotas bien fuertes después.  Con este nivel de agresividad una joven podía cazar pelea con cualquiera de sus compañeros de clase que se le cruzara en  la Ciudadela Educativa Isaías Duarte Cancino,  al Oriente de Cali. O si un niño o niña iba a poner la queja a su  hermano o hermana mayor de que alguien  la miró o le dijo algo, chico o chica iba de salón en salón, reclutaba a los  primos, amigos y otras especies, e iban a enfrentarse con el supuesto agresor. “Si te metiste con mi hermanita, te metiste conmigo” decían y se armaba el bororó. Hasta hace un año y medio, el rector Samuel Vanegas Villegas y los profesores tenían que atender un promedio de 20 peleas diarias de  algunos de los 1500 estudiantes del centro educativo. Hoy, si mucho, resuelven una. Cuando surgía una riña, los grupos les hacían barra  a los contendores y los incitaban a agredirse más, cual pelea de gallos. Ahora, todos guardan silencio y por el contrario, van a separarlos y a propiciar un diálogo entre ellos. ¿Cómo se  desarmaron los espíritus de potenciales agresores y los armó de valores, metas y proyectos de vida, al punto  que  les hizo dar el giro a adolescentes sonrientes y con carita feliz? Con talleres de formación  y oportunidades. Un programa de la Asesoría de Paz de la Alcaldía de Cali logró  transformar la energía  de 264 chicos y chicas  en energía positiva. [[nid:466071;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2015/09/b1caliadenphoto03_0.jpg;left;{Proyecto Folkrapza, creación única de los jóvenes de los talleres de facilitadores de paz. Integra ritmos del Pacífico, con marimba y orquesta.Foto: Christian Zuñiga | El País}]]El pasado 2 de septiembre se graduó  la segunda promoción de facilitadores de paz. Luego de cuatro meses de talleres, desarmaron sus espíritus, sus mentes y sus cuerpos y ejercen como promotores de paz y resolución de conflictos. Los cambios son tan visibles que los perciben los mismos estudiantes, los aplauden los profesores, los celebran los padres de familia y hasta la misma comunidad se congratula del cambio de actitud de los jóvenes.A no pelear. Esa fue la lección más importante que aprendió Daysy Martínez, una joven cuya sonrisa no permite pensar que fue  educada bajo la premisa de ‘si a usted le dan, usted también dele duro’. “Me falta mucho, pero he cambiado. Ya sé que pelear no es la mejor solución a los problemas”, expone esta joven que se capacitó  para trabajar en la emisora que también está entre los regalos de grado. Stewart Cuéllar era de los que armaba bronca por todo y por nada. Ahora luce sonriente y los ojos le brillan mientras empuña los  timbales o la trompeta, el redoblante, la caja, la granadina y otros instrumentos que recibieron por su  grado.  “Los talleres fueron una buena oportunidad que nos va formando para ser personas de bien, solo hay que tener el carisma que debe tener todo ser humano”, dice el  integrante de   la banda marcial y del grupo de Folkrapza, un género musical creado por estos chicos al explorar   fusiones del folclor  con la  música urbana como el rap. [[nid:466074;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2015/09/b1caliadenphoto04.jpg;right;{Este grupo ya aprende las técnicas de grafitti y muralismo, otra de las iniciativas para ocupar bien el tiempo libre.Foto: Christian Zuñiga | El País}]] Este híbrido de las melodías de su raza afro, le da el nombre a Folkrapza, uno de los seis grupos artísticos a los que  acceden los facilitadores de paz para fortalecer competencias durante la jornada única. Por ejemplo, Linda Mosquera es ahora la coreógrafa del grupo de baile.  Pero aprendió además la importancia de mantenerse unidos, como cuando baila bachata; del diálogo y de los valores, como cuando el montaje es de rap o salsachoke. Y la Asesoría de Paz los premió con  vestuario y espejos de pared.  “Antes se nos dificultaba montar las coreografías porque no sabíamos en qué enfocarnos, ahora ya podemos  ensayar y ver en  qué debemos mejorar”, explica con una sonrisa de salsachoke. Gregor Agudelo es  tallerista formador de los facilitadores de paz. A él le resulta gratificante ver casos como una pelea que murió en el intento. No hubo esa euforia por animar a los contrincantes como  antes. “Los demás guardaron silencio, entraron a separarlos y motivarlos al diálogo”, recuerda. Ese día constató  resultados tangibles del programa. Incluso, algunos le confían que han hecho lo mismo en sus hogares, frente a una discusión entre sus padres, sus hermanos u otros familiares. “Ya se nota el cambio de actitud”, comenta. “Un chico nos contó que su mamá no esperaba verlo  graduado como facilitador de paz, fue una grata sorpresa para ella”, confiesa el desarmador de espíritus y armador de estrategias  de convivencia. “Ellos se contagian de estas experiencias positivas, queremos dictar más talleres y que nos den más elementos para más iniciativas que tenemos”, puntualiza Gregor.[[nid:466075;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/09/b1caliadenphoto02.jpg;full;{Linda Mosquera, (segunda de izq. a der.) es coreógrafa del grupo de baile de rap, salsachoke, salsa y bachata.Foto: Christian Zuñiga | El País}]] Hasta el desescalamiento del lenguaje  en el grupo es otro indicador de la eficacia del programa. “Hicimos una encuesta y ya el 67 % habla de perdonar, de reconciliación;  ha cambiado el léxico y hay  más conciencia y reflexión sobre una sana convivencia y armonía”, analiza él. O se percibe que para alumnos como César, un chico conflictivo que le iba metiendo la mano a cualquiera, ya  es importante el diálogo  para dirimir problemas. Ya César no pelea, ahora habla,  argumenta. “Ya no reacciono igual, soy un facilitador”, opina el chico. “Ellos se empoderan de lo que se les enseña y  tratan de impactar la vida de los que vienen detrás, de las nuevas generaciones”, reflexiona  Gregor.  El rector Vanegas reconoce que ya no siente ese nivel de agresividad que manejaban los muchachos.   Jerson Fernández, que como profesor de ciencias sociales y artes, le toca ensamblar los grupos de música y baile, describe la diferencia entre los chicos que recibió y los de hoy: “Ellos vienen con sus costumbres de la calle, donde la imagen de autoridad no existe. La ley de la calle es hacer respetar su territorio y con sus barreras invisibles manejan todo”. Su filosofía es, agrega el docente, ‘si usted y yo tenemos un problema, lo resolvemos solos, no tenemos que llamar a nadie para  que nos ayude’. “Ellos no esperan sanción ni suspensión ni a que venga el rector. No. ‘Si me hizo algo, lo daño’, dicen. Van directo al enfrentamiento físico y verbal”, afirma. [[nid:466077;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2015/09/b1caliadenphoto01.jpg;left;{Jerson Fernández, profesor de ciencias sociales, música y dan- za vibra con lograr cambiar el proyecto de vida de los alumnos.Foto: Christian Zuñiga | El País}]] Esto se debe, sostiene  el profesor Fernández, a que esos niños viven solitos, sus padres trabajan o salen de rebusque porque son desplazados en su mayoría, viven en asentamientos subnormales donde no hay autoridad alguna. “Hasta ese señor Dios no era nada en sus vidas, ni siquiera lo conocían”, recuerda. Y menos valores como el respeto, la tolerancia, el diálogo. “Entonces nos toca hacer de hogar: irlos educando y los vamos ocupando en su tiempo libre con iniciativas como las de la Asesoría de Paz”, dice el profesor Jerson, destacando la ventaja de  que los jóvenes se ocupen en el colegio hasta las 5:00 de la tarde,  afinando una canción de Folkrapza, coordinando un montaje de música urbana, moderna o folclórica, armonizando una melodía de la banda marcial. Participar  tiene sus reglas: deben tener buen rendimiento académico, ser puntuales, tener excelente presentación personal, usar vocabulario correcto y no  tratar a los demás como si fueran del parche. “Entonces, los jóvenes estudian más para quedar en la orquesta, en el grupo de baile, en el equipo de ‘ultimate’, grafitti o  de muralismo”, dice el profesor. “La apuesta es que los jóvenes cambian sus actitudes agresivas por el diálogo e impactan a otros; es una manera de construir paz,  porque el reto  no es que se firme el acuerdo en  La Habana, sino en tejer sentido social en el día a día”, opina Felipe Montoya, el asesor de paz y gestor de la idea. Zully Andrea Grajales, tallerista del programa de la Asesoría de Paz, también da fe de las transformaciones de los jóvenes que vienen de la violencia de sus hogares, en sus barrios, en su comunidad y a pesar de eso, tienen un corazón enorme y unas ganas de aprender que contagian. “Lo que más trabajamos con ellos es la autoestima, para que aprendan a quererse ellos mismos, y la ‘otredad’, o sea, reconocer al otro; es decir, amarse ellos y amar al otro y así difícilmente se enganchan en situaciones de violencia”, sostiene la formadora. Ella encontró chicos que vivían a la defensiva y no se les podía ni hablar. La estrategia fue no reprenderlos, sino hablarles con amor, acompañarlos y ya no son reactivos, son otras personas. Por eso Zully  insiste en que lo más importante es que Cali mire hacia el Oriente y vea el potencial artístico y humano que hay en estos jóvenes. “Quisiéramos que entidades  como Delirio, Rucafé, el Insituto Popular de Cultura nos dieran becas para estos chicos y chicas que no tienen recursos, pero cuyo proyecto de vida y sueños es pertenecer a una compañía así. Con solo mirar para acá, les pueden salvar la vida”, concluye.

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