Este es el viacrucis de la familia de Sandra Viviana Cuéllar

Abril 06, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Heinar Ortiz Cortés I Reportero de Elpais.com.co

La familia de la ambientalista desaparecida el 17 de febrero vive un drama silencioso que pocos conocen. Elpais.com.co le cuenta la historia.

No es fácil acostumbrarse a llamar continuamente a la Fiscalía y a Medicina Legal, para saber si la persona que uno ama apareció muerta. Quizá, tirada en algún matorral apartado, frío y oscuro. Ni siquiera en un país como Colombia, donde las desapariciones son pan nuestro de cada día, y los desaparecidos ya ni clasifican como titular de primera página.Pero don José Dumar Cuéllar lo hace. Cada diez días se llena de coraje y se comunica con la Fiscal de reacción inmediata, de la Fiscalía 71, y con personal del Gaula para preguntar por su hija. Afortunadamente, por ahora sólo ha recibido negativas en el parte de novedad. Aún así, la incertidumbre de no saber dónde y en qué condiciones está, es un dolor casi parecido al de recibir la mala noticia.En su corazón y en el de su esposa, María Gallego, la hija que ambos adoran, Sandra Viviana Cuéllar Gallego, sigue viva. Por eso, siguen cuidando sus pertenencias con esmero, para que las encuentre en perfecto estado el día que regrese. En el barrio Los Alcázares, en la sala de la casa materna, desde hace una semana reposan parte de sus cosas: un juego de comedor de madera oscura y tapizado anaranjado, una nevera Mabe plateada de 235 litros y un viejo televisor JVC negro de 32 pulgadas. Todo estaba en el apartamento que Sandra Viviana había alquilado en el barrio Miraflores, y que apenas pudo disfrutar por cinco días. Cuando desapareció, el pasado 17 de febrero, ni siquiera había aprendido a gozarse el viento que se cuela por el barrio, la vista de la ciudad desde la colina, la tranquilidad de las pequeñas calles. La casa de don José y doña María se ve oscura. Huele a tristeza. Pero ellos la evaden. Todos los días se levantan a las 5:30 de la mañana, se toman una colada de maizena o un chocolate y manejan su jeep amarillo mostaza hasta el granero que tienen en el barrio Sucre, en la esquina de la carrera 13 A con calle 17. Allá, detrás de los estantes llenos de abarrotes y lejos del mostrador donde comunmente llegan personas en situación de calle, guardan como tesoros las otras pertenencias de Sandra Viviana.Hace ya 49 días que no saben nada de su hija, la ingeniera ambiental. La última vez que la vieron, 17 de febrero, iba feliz hacia Palmira, a dictar la que sería su primera clase como docente asesora en la Universidad Nacional de esta ciudad.Don José Dumar no puede evitar recordar esa rara costumbre que ella tenía desde pequeña de llevar a casa animales de la calle para curarlos o bañarlos. Cuenta que incluso un día llevó un murciélago que estaba golpeado y que tras intentos fallidos de veterinaria casera, y cuidados más llenos de amor que de zootecnia, el animal murió. Así es ella. Como la describe su padre, una mujer fuerte y proactiva. Sandra ha sido una participante activa de iniciativas culturales, sociales y sobre todo ambientales. Bailarina de diversas compañías y partidaria de iniciativas como la protección de cuencas de ríos, los mercados campesinos y la oposición al monocultivo de caña. De hecho, durante las dos semanas anteriores a su desaparición, Sandra Viviana estaba desarrollando con la población de Yumbo un proyecto de gestión ambiental para el municipio. También había trabajado con los indígenas Yanaconas para proteger el río Cauca. Una activista, en todo el sentido de la palabra. Mas nunca participó en movimientos políticos, según su padre y sus amigos. ¿Por qué desapareció Sandra Viviana? Nadie lo sabe. Esa incertidumbre mantiene helado el corazón de doña María. Eso y las falsas llamadas que durante estos 49 días han hecho algunos inescrupulosos para decir que hallaron el cadáver de Sandra Viviana, o que la vieron caminando por El Calvario. Se le ve atiendiendo a un anciano por encima de un mostrador del granero y mira fijamente. Sus ojos claros parecen cansados de llorar en las noches, mientras reza el rosario y se mantiene en vela. José Dumar dice que doña María duerme sólo tres horas. ¿Qué madre podría conciliar el sueño?Claudio Fierro tampoco olvida su sonrisa. Esa que lo cautivó en Bolivia. Esa sonrisa grande y perlada que Sandra Viviana le regalaba cuando amanecían juntos y que le duele ahora como un martillazo en el pecho. Claudio la conoció mientras ella realizaba un viaje por el continente en búsqueda de otra visión del mundo. Hace seis meses decidió compartir su amor por la fotografía con su amor por ella.Claudio es un argentino de 42 años y muchas menos palabras. Dice que llegó a Colombia poco antes que Sandra desapareciera. Ahora está varado en un mundo que no le pertenece. Lejos de su patria y de su amor. Le duele dormir en la cama donde Sandra Viviana durmió en sus años de universitaria y no tenerla a su lado. Se le entrecorta la voz cuando lo cuenta. Se le hace un nudo en la garganta que se puede ver sobre la piel. Respira profundo. Calla. La familia de Sandra Viviana cree que ella aún está viva. Hay muchas razones para mantener la esperanza. El haber encontrado sus pertenencias botadas en la calle y el conocer su temple para enfrentar la adversidad, los alientan. Argumentan que si estuviera muerta ya habrían encontrado su cadáver.La hipótesis a la que prefieren aferrarse es que se encuentra secuestrada. ¿Por qué? No encuentran motivo alguno para ello, pero es lo que creen. Ni siquiera han recibido llamadas extorsivas o amenazantes que puedan validar esa hipótesis. Simplemente es la posibilidad que decidieron creer, entre las muchas que hay.Lo único que quieren es que no haya necesidad de hacer la próxima llamada de cada diez días a la Fiscalía. Lo único que esperan es volver a verla como siempre: sensible, inquieta, contestataria, llena de vida.

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