“Es mejor ser útil que importante”: Fannor Luna

Agosto 10, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Diana Carolina Ruiz | El País
“Es mejor ser útil que importante”: Fannor Luna

Fannor Luna, periodista y relacionista público.

Fannor Luna, periodista y relacionista público, habla sobre sus 57 años de historia detrás de gobernadores y en las salas de redacción.

Un tipo buena gente. Todos los que conocen a Fannor Emiro Luna Urrea coinciden en eso, en que el periodista y relacionista público que tiene el récord de haber sido el hombre detrás del mandato de 18 gobernadores del Valle es alguien atento y servicial.Tener la sonrisa a flor de labios fue la clave para seducir a la élite del Valle y conocer las entre líneas del manejo político de las últimas cinco décadas. También le sirvió para tener, a sus 77 años, “una infinidad” de amigos. Se encontró con muchos de ellos en un homenaje que hace poco le hizo la caja de compensación Comfandi por sus 16 años de servicio en su oficina de comunicaciones. “Es irremplazable” dijo Armando Garrido, el director de Comfandi, al destacar en ese homenaje el humor fino para contar sus historias, las que también guarda en su casa, en cuatro cajas llenas de fotos y 85 textos de su autoría. Con su memoria intacta, este roble de 1,86 metros de alto, de acento y elegancia del vallecaucano “de pura cepa”, Fannor, quien pasó en su juventud por esta casa periodística, contó algunas de sus anécdotas. ¿Qué fue lo que hizo Fannor Luna en el trascurso de su vida para cosechar todo ese amor y respeto que hoy le profesan políticos, empresarios, periodistas y amigos? Siempre he creído que es mejor ser útil que importante y a través de mi trayectoria periodística, desde el año 1956 hasta el 2013, no hice sino cumplir con esa filosofía que me impuse, la de ser responsable, estar acorde con el compromiso, ser honesto y sobretodo, amigo de las gentes y servir con entrega y con dedicación todos los compromisos que se me presentaron.Son 57 años de trayectoria entre el periodismo y las relaciones públicas. Ocho de ellos los pasó en las salas de redacción de varios periódicos, entre ellos El País, ¿Cómo era ser reportero en ese entonces? En aquella época los periodistas eran empíricos, no existían facultades que enseñaran el periodismo, uno nacía con eso. Hice mi bachillerato en Santa Librada y terminé en julio del 56 (tenía 19 años). A finales de ese mes, gracias a una influencia política que tenía mi padre con los Borrero Olano, propietarios del Diario del Pacífico, ingresé sin siquiera saber escribir en máquina. Todo era difícil o más bien ignorado, no teníamos conocimientos básicos. Inicié mi carrera como ayudante de todas las áreas, de tal suerte que manejé crónica roja, sociales, información general. Un mes después de haber iniciado mi trabajo, ocurrió la explosión del 7 de agosto.Debió ser todo un reto para usted ese cubrimiento...¡Imagínese! Estaba totalmente bisoño. Estuve en la zona de la tragedia y me tocó ver las escenas tan desastrosas que dejó. Fue un golpe psicológico tremendo. Con esa falta de experiencia, uno escribía tal como uno lo había visto, pero nos corregían los textos. Es que teníamos que trabajar solo con una libreta y un lápiz. En aquella época también se debía tener buena memoria, visual y mental. Muy distinto a lo de hoy, con las nuevas tecnologías y el Internet...¡Esto es otro mundo! El periodista se mediatizó. Hoy en día se han perdido cosas, ahora depende de todos estos implementos de la electrónica que facilitan todo, pero han terminado con la pesquisa. Los periodistas han perdido la iniciativa, el interés personal en ir tras la noticia. Simplemente ya espera que esta le llegue. Otra de las cosas de lo que siempre me quejo, y que es una pena, es que hoy los periodistas tengan que vivir sujetoS a la pauta que reciben las empresas y tieneN que trabajar por comisión, de acuerdo a la publicidad que consigan. Eso en aquella época no existia, teníamos nuestro salario, poco, pero llegaba el salario, y era una cosa totalmente desprovista de intereses personales.Su paso por El País es memorable entre sus conocidos. Cuentan que usted vivió la conmoción en Cali por la caída del General Rojas Pinilla...El 10 de mayo de 1957, el periódico salió con un titular favorable al General Rojas. Circuló cuando ya él no era Presidente de la República, de tal suerte que eso enardeció a las masas populares que salieron y atacaron los periódicos conservadores. A El País entraron y destrozaron la redacción, la sala de máquinas en la Carrera 5 con Calle 10, ahí trabajábamos. Hubo un detalle muy simpático, en la redacción había un retrato grande de don Marco Fidel Suárez y la turba enardecida sacó el retrato y lo enarbolaron en la calle, lo corrieron por toda la Carrera 5 hasta la Catedral, al Palacio Episcopal, y gritaban: “¡Este es el abuelo de los Lloreda! ¡Este es el abuelo de los Lloreda!”. Eso mostraba la ignorancia de la época.También hubo otras anécdotas. Escribir horóscopos, por ejemplo...El periódico era impreso en la técnica del plomo derretido. Se recibía el correo internacional de la empresa que enviaba las matrices que se sometian al proceso de la fundición del plomo: King Features Sindicate. En las matrices venían los horóscopos, el ‘Aunque usted no lo crea’, chistes, canciones, caricaturas internacionales. Mandaban en cada envío para uno o dos meses. De pronto, ocurría alguna falla en el correo y nos decian: se acabaron los horóscopos, entonces en la redacción, por encargo de Raul Echavarría, nos reuníamos por las noches alrededor de un traguito en un sitio escondido del periódico, donde don Álvaro Lloreda no se diera cuenta, y los escribíamos en la máquina. Signo por signo, cada uno daba una idea, un pensamiento...¿Quién iba a decir que no eran auténticos? (Risas).En 1965 el entonces gobernador, Humberto González Narváez, lo llamó a trabajar en la oficina de prensa del Palacio de San Francisco. ¿Cómo lo convenció de dejar la redacción?Yo cubría la información de Gobernación y Alcaldía para el periódico y me hice amigo, obviamente, de los políticos de la época, gobernadores, alcaldes, diputados, concejales, todos los dirigentes políticos. Me ofrecieron un salario muy tentador en comparación de lo que me ganaba en el periódico, que era un sueldo bueno, pero modesto. Me acuerdo que don Álvaro Lloreda se molestó muchísimo porque me fui con el Gobernador, porque era su opositor político.¿El puesto se lo ofrecieron para pagarle algún favor? En el contexto político actual esto es frecuente...Nunca lo hice por compromiso político con el doctor González Narváez, ni con su partido, el conservador. En aquella época ni lo invirtaban a almorzar a uno, eso era totalmente inpensable. La amistad era porque los gobernadores y alcaldes tenían los despachos con las puertas abiertas y a uno salían a recibirlo al lobby.¿Cuál fue la clave para congeniar con 18 gobernadores? Uno pensaría, por ejemplo, que sus ideales liberales chocaban con los conservadores...Me tocó sentirme afín con los dos partidos (liberal y conservador). Aunque los gobernadores con los que estuve me decían que yo era tan buen liberal que parecía conservador (risas). Existe un chascarrillo en el que me preguntaban que cuál era el mejor gobernador y yo decía que el próximo. Quien llegaba a la Gobernación ya había desempeñado alguna función pública, así que ya eran muy amigos míos y les sabía todos sus resabios, si se puede llamar así. Eran unos personajes muy serios, distintos a lo moderno, a estos políticos de ahora...¿En qué se diferencian los políticos de hoy con los de su tiempo?Los políticos de hoy tienen su fondo, su interés, su compromiso con sus electores. Pero en aquella época el compromiso era con la comunidad, sin distingos, no había egoísmos, los políticos servían a todos por igual.Cuentan que lo primero que usted hizo al llegar a la Gobernación fue institucionalizar los boletines de prensa, noticias sacadas del despacho y las secretarías...En aquella época, la única oficina de prensa conocida y aceptada era la del Palacio Presidencial, la Odipe (Organización de Información y Prensa) y se manejaba al lado del Presidente de la República. De ahí vino la idea de hacerlo en la Gobernación. Recuerdo que me tocó comprar un mimeógrafo, era como una copiadora de hoy. Había que escribir en un papel especial llamado stencil, ahí se escribía el boletín a máquina, con un papel carbón, se metía en el mimeógrafo y salían las copias. La oficina de prensa tenía un mensajero con bicicleta y él salía todos los días a la una de la tarde a llevarlo a las emisoras. Algunos medios que estaban más lejanos del centro mandaban a sus mensajeros por el boletín. Se leían y se reproducían igual en los medios, nos respetaban mucho.Usted también era el que organizaba las famosas correrías de los gobernadores a los municipios del Valle a inaugurar obras, a hablar con la gente...Era sencillo, acordar con el Alcalde y con las demás autoridades los detalles, obviamente intervenían los dirigentes políticos y era una organización muy coordinada. No había tanta parafernalia, ni tantos escoltas al lado de los mandatarios. Los gobernantes se paseaban por las calles de los municipios como Pedro por su casa. Yo creo que le di 20 veces la vuelta al Valle en esas visitas. Se sentía que la política funcionaba. Participé en la inauguración de muchas obras.¿Como cuáles?Fueron muchas. Por ejemplo, la inauguración de los trabajos de la Autopista Cali-Yumbo, en la gobernación de Libardo Lozano Guerrero, en 1969; la pavimentación de las transversales de La Victoria-La Unión- Zarzal-Roldanillo, Tuluá-Riofrío, que fueron obra de Humberto González Narvaez. Recuerdo con emoción el día que el doctor Carlos Lleras Restrepo vino como Presidente de la República a inaugurar las obras de irrigación del norte del Valle del río Cauca. La construcción de la Vía Panorama, la que va por la antigua vía a Yumbo, por la margen izquierda del río Cauca hasta Cartago, quien impulsó esto fue Jaime Arizabaleta Calderón. La construcción del Museo Rayo, inaugurado por Luis Fernando Londoño Capurro. La malla vial del sur del Valle, de Cali, Palmira, Cerrito, iniciativa de Manuel Francisco Becerra. El servicio que uno prestaba desde el cargo que tenía al pie los gobernadores era satisfactorio. Hubo otros momentos memorable. Con el doctor Marino Renjifo Salcedo, el único vallecaucano que estuvo seis años gobernando (Dos años como Alcalde entre el 68 y 70, y cuatro años seguidos en la Gobernación, del 70 al 74) gestionamos ante la Cancillería la nacionalidad de José Pardo Llada, se la dimos en un acto especial en lo que era el antiguo Palacio de San Francisco.¿Nunca sintió ganas de dejar de estar a la sombra del poder y lanzarse a la política?Nunca me sedujo nada eso. Alguna vez me postularon para que fuera diputado y en realidad no quise. Yo viví 18 gobernadores, unos liberales, otros conservadores, y vi que en el fondo, para mi sentir, eran filosofías idénticas, todos perseguían lo mismo y entonces, yo nunca me decidí.Dicen que usted es el que guarda los secretos más íntimos del manejo de la política del Valle, recogidos en correrías, almuerzos y reuniones privadas. ¿Cómo logró ‘colarse’ en la élite de la región? Lo importante en la vida es hacerse respetar y yo me hacía respetar y de mi daba confianza, cercanía, me convertí como un costal donde se guardaron cosas, tuve la fortuna de conocer asuntos importantes, confidenciales...¿Y algo de eso se pueda revelar hoy?Esos secretos no creo que influyan en la marcha moderna de los asuntos públicos, pero hay muchos temas que en realidad son materia de tertulias íntimas en las cuales se pueden narrar con pelos y detalles cosas interesantes.Su trabajo con los gobernadores terminó en 1997, cuando Gustavo Álvarez Gardeazábal fue electo. ¿Es cierto que él lo sacó?Yo llevaba dos años de jubilado y ya tenía un compromiso con el gran amigo Nélson Garces Vernaza para irme a trabajar en la oficina de comunicaciones de Comfandi. Gardeazábal se posesionaba en enero y desde el mes de julio del año anterior yo había acordado con el doctor Villegas que me retiraba. Después, Gustavo Álvarez generosamente me ofreció quedarme pero yo ya estaba comprometido. En aquella época, como ya todo el mundo estaba acostumbrado a verme con un gobernador y otro, alcanzaron a decir que Álvarez Gardeazabal me había sacado y hubo un problema muy molesto porque él tuvo que salir a desmentir eso. Ese episodio nunca ocurrió. De su carrera como relacionista público, la gente se acuerda de usted encabezando el protocolo para recibir al Papa Juan Pablo II, en 1986...Durante seis meses, antes de la visita, con la Presidencia de la República, con las autoridades eclesiásticas, participé de los preparativos. Fue en julio, llegó de noche a la Base Aérea. Hubo que construir una pista adicional para el avión del Papa porque no la tenía. Era gobernador el doctor Jorge Herrera Barona y alcalde, el doctor Vicente Borrero Restrepo. Estaba monseñor Pedro Rubiano cuando era apenas obispo de Cali. Fue apoteósico, una demostración de júbilo de a una comunidad tan católica como la nuestra. Pero también estuve con otros personajes, como Neil Armstrong, en una visita rápida por Colombia. Vino el Príncipe Bernardo de Holanda, la Princesa Ana de Inglaterra, presidentes importantes como Rafael Caldera de Venezuela, Eduardo Frei, de Chile.Algunos de los gobernadores con los que trabajó coinciden en que el éxito de su trabajo fue “hacerlos quedar bien”. ¿Cree que hoy las oficinas de prensa cumplen con esa tarea?En mucho casos, esas oficinas es más el daño que le hacen al personaje o a la institución. Hoy hay mucha superficialidad. A veces el político tiene al relacionista como alguien muy comprometido con su causa personal, pero no con el tema de la comunidad. El relacionista está muy ligado a muchas dádivas, eso es lo que hace daño.Nélson Garcés, uno de sus amigos más cercanos, dice que “sería un pecado que sus memorias no quedaran consignadas en un libro”. ¿Lo hará?No sé si ya sea tarde para ponerme en ese ajetreo de compilar un libro. Esa inquietud viene de los amigos, de hace años atrás. Nunca hice el propósito porque creo que tengo muchos recuerdos que no se pueden contar y hacerlo hoy en día, a estas alturas de la vida, hacerse enemistades, a odios, no vale la pena. Creo que esas memorias se las voy a dejar a mis descendientes, les voy a dejar esos textos listos para que ellos hagan lo que deseen.

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