En las universidades de Cali, más que lazarillos hay amigos

En las universidades de Cali, más que lazarillos hay amigos

Marzo 23, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Melissa López | Especial para El País
En las universidades de Cali, más que lazarillos hay amigos

Johan Carvajal (izquierda), intérprete de Edwin (derecha), tiene 24 años y practica el lenguaje de señas desde los 17.

Estudiantes universitarios en situación de discapacidad cuentan con acompañamiento durante sus jornadas académicas. Historias.

Para muchos la posibilidad de tener un título está limitada a los recursos económicos y las posibilidades de estudio. Para otros, la vida puso un obstáculo más alto: una discapacidad.Sin embargo, las limitantes físicas no han sido la excusa para que un puñado de jóvenes discapacitados se queden en casa. No. Las universidades caleñas también les han abierto las puertas y les han conseguido ángeles que los acompañen en ese trajinar académico.Uno de estos jóvenes es Franklin Manjarrés, quien se convirtió en un autodidacta, aprendió cálculo con libros que le regalaban y hoy estudia matemática pura en la Universidad del Valle. Además, dicta clases personalizadas en el barrio Alfonso López. Edwin Ávila es otro. De 22 años, estudia en la Universidad Autónoma, juega microfútbol en la liga profesional de Argos.Y la ceguera que sufre María Paula, desde cuando era una bebé, no le impidió su formación como profesional.Aunque todos son independientes, necesitan acompañantes. ¿Quiénes son, cómo los ayudan? Aquí, sus historias.“Él es un ejemplo de vida”: Helen A pesar de sus 37 años y el golpe que recibió de la vida, Franklin Manjarrés cursa hoy primer semestre de matemática pura en la Universidad del Valle. Este samario, padre de dos hijos, recibió en el 2000 una puñalada con un objeto cortopunzante que le afectó la médula dejándolo cuadrapléjico. Tras un tiempo en coma y con la pérdida del olfato por dos años, su recuperación fue avanzando. Cinco años de terapias lograron que parte de su cuerpo recuperara movilidad. Lo empujaba a seguir adelante su gran sueño: ser matemático. Su primer paso para cumplirlo fue dirigirse a Univalle a solicitar el ingreso. Al ser aceptado, el programa de Ciencias y su respectivo director se encargaron de adecuar lo necesario para Franklin. Él, por ejemplo, por el vaivén incontrolable de su cuerpo se sienta en la silla del profesor, pues es más amplia y le facilita que no se caiga. Le suministraron un portátil y le asignaron un acompañante como lazarillo para la universidad. Helen Bernal es hoy no solo su guía, sino su amiga. Lo acompaña en las caminatas por el centro eductativo y en la hora de almuerzo. “No es necesario que yo esté con él en clase, pero sí acompañarlo, estar pendiente de que no se vaya a caer y llevarle el almuerzo, pues no puede cargar cosas pesadas”, dice ella. El primer y gran paso para su objetivo fue la preparación. Como Franklin es oriundo de Sevilla, una zona de campo en el departamento del Magdalena, el acceso que tuvo a la educación fue mínimo y no aprendió a leer ni escribir. Analfabeto estuvo por largo tiempo hasta que conoció en Cali a su hoy esposa, quien además de enseñarle a leer y a escribir ha sido su gran apoyo. Logró entonces cursar primaria y bachillerato acelerados. Se hizo autodidacta y con libros universitarios aprendió temas de cálculo 1, cálculo 2 y vectores... Hoy es primíparo en la Univalle con posibilidades de beca. Actualmente paga $78.000 por el semestre con cubrimiento de alimentación.Entretanto, Helen, destaca: “Él me cuenta sus cosas y yo luego le cuento las mías, mis problemas y me digo: ¡Dios mío, cómo es posible que yo esté triste por algo tan insignificante y élcon todo lo que ha sufrido es un gran ejemplo de vida”.La luz de sus ojosTras ser alertada por un pasajero de que su ruta, la E21 ya estacionó, María Paula Betancourt camina hacia la puerta para abordar el MÍO en el que atravesará la ciudad para llegar a la universidad. En su lugar de destino la espera Eliana Vargas, quien le sirve de lazarillo.María Paula, estudiante de administración ambiental de la Universidad Autónoma de Occidente, de 18 años, es invidente. “Soy invidente casi de nacimiento, por eso siempre he necesitado apoyo de alguien”, cuenta esta caleña inteligente, soñadora y digna de admirar.Desde hace dos meses ella tiene el apoyo de Eliana, la ‘luz’ de sus ojos. Eliana resalta que, gracias al programa Pilos de la universidad, más que un trabajo, encontró en María Paula una amiga. El embarazo prematuro que tuvo la mamá de las mellizas Betancourt dejó secuelas en las niñas. María Paula sufrió a los tres meses de vida una retinopatía, es decir, un desarrollo anormal de los vasos sanguíneos en la retina que la dejó ciega y su hermana, es sorda profunda.Aunque la mirada de María Paula se apagó, sus sueños siguieron encendidos. Hoy cursa el tercer semestre de su carrera contando con la compañía de Eliana, quien presta le presta sus ojos para las clases. “La acompaño en el salón y le dicto lo que los profesores copian en el tablero para que ella lo pueda copiar en braille”, afirma Vargas.Su interés por conocer y las ganas por aprender llevaron a María Paula a practicar el braille a los 7 años. Un curso que tomó en el Hospital Universitario del Valle antes de entrar a la ‘U’ le permitió aprender a movilizarse con facilidad, recibir apoyo sicológico y varias actividades cotidianas como cocinar, coser, lavar e identificar los billetes.Sin embargo, algunas materias se le dificutan un poco para su comprensión, entre ellas, matemáticas. ”Tiene muchos gráficos y bastantes ecuaciones; cuando a mí me explican yo ya lo sé hacer, pero se me dificulta un poco cuando van a explicar un tema nuevo y el profesor muestra gráficos o hay fórmulas muy complicadas”, dice. A veces puede estudiar sola, resalta, gracias a un programa gratuito que existe para todas las personas invidentes. ‘Jaws’ es un lector de pantalla, a través de audio reproduce lo que está en el computador.“A mí me sorprende mucho la capacidad que tiene para estudiar. Es admirble ver una persona invidente que haga todo lo que hace María Paula”, manifiesta Eliana, su cómplice.Por su trabajo como acompañante, la universidad cubre el 50 % de su matrícula financiera. El pago del 50 % restante se hace a través de una cantidad de horas laborales asignadas por el departamento de Bienestar Universitario.Los sonidos del silencioA simple vista son una pareja de amigos como cualquier otra, sin embargo, algo los hace diferentes. Por un lado, Edwin Ávila es sordo desde los 6 meses de edad, cuando una fiebre lo limitó de escuchar las melodías de la vida. Por el otro, Johan Carvajal es el encargado de expresar con palabras lo que su compañero dibuja con las manos.“Ya llevamos dos años juntos, nos hemos vuelto uno solo. Cuando Edwin necesita expresar algo, yo soy su voz”, asegura Johan, quien le sirve de intérprete a su compañero durante nueve horas a la semana.Sin embargo, esa ‘melodía’ que tocan juntos se vuelve algo incómoda cuando semanalmente Edwin debe pagar por los servicios de Johan $225.000, o sea, un millón de pesos mensuales que quisiera mucho más invertir en su educación.La posibilidad de escuchar el mundo está en el implante coclear, una solución a la que Edwin le da la espalda, pues en medio de su silencio, manifiesta, las ideas se construyen más rápido.“Ya me acostumbré a ser así, me siento cómodo. Intentaron enseñarme el español, pero no me gustó, prefiero el lenguaje de señas”, dice Ávila. Mientras tanto, las ganas del primero y el trabajo del otro, unirá una amistad que cada día crece al ritmo del conocimiento, en donde la magia de las manos se convierte después, en las letras del cuaderno.

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