El mago del claroscuro

El mago del claroscuro

Septiembre 13, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Juan Fernando Aguilar
El mago del claroscuro

Santiago lleva el cine a donde van sus pies. Nació para él.

Santiago Cárdenas, un antiguo operador de cine, se resiste a dejar su oficio a pesar de los avances tecnológicos. Historia de un oficio en vía de extinción.

Una farola de automóvil es tomada de un taller, el sonido de los destornilladores reverbera en el vacío, el sonido de metal contra metal que prepara la magia con cables que lo hieren con su voltaje una y otra vez. La razón que guía al niño Santiago de 7 años para tomar la farola no obedece al goce infantil de la travesura, sino a una empresa mucho mayor. La farola ilumina una pasión que durará toda la vida. Junto con una caja de zapatos y unas cuantas fotografías para proyectar en una pared, como un cinematógrafo casero, dictará acaso un destino inapelable. Pero ahora, la farola proyecta imágenes mientras los chicos del barrio observan fascinados. Él, Santiago, será responsable de la maravilla. 

El niño de las farolas, Santiago Cárdenas, que hoy tiene 55 años, declama un verso del poema ‘Futuro’, de Porfirio Barba Jacob, “Decid de mi cuando yo muera… ¡y el día esté lejano!”,  mientras hace correr el carrete de un  proyector Keystone de 1947, no sin antes aceitar sus engranajes como si aplicara un bálsamo. El olvido lo acecha como un depredador. Atrás quedaron los momentos en  que era el héroe del barrio con sus proyecciones caseras o cuando cortejaba muchachas en medio del claroscuro de la luz de la farola. La modernidad y su inmediatez han relegado a hombres como él al olvido. Él mismo lo declara con la sonrisa de quien ya no puede hacer nada: “Los proyeccionistas estamos en vía de extinción”. 

Él no se puede explicar a sí mismo el momento exacto en que la pasión se apoderó de él, simplemente responde: “Yo nací para el cine”. Recuerda, sí, un episodio ocurrido una mañana de sábado en junio del 69. Su padre, dueño de una droguería, envía medicamentos al teatro Cervantes ubicado a  una cuadra, en la Carrera 4 entre calles 13 y 14. Santiago debe entregar el Mejoral para el proyeccionista afligido por un dolor de cabeza. Toca la puerta del teatro y lo hacen pasar directamente a la sala de proyección, a medida que se acerca escucha un sonido que se acompasa con los latidos de su corazón, entra y encuentra un proyector enorme presentando una película mexicana de pistoleros. “Entregué el medicamento y me lancé sobre la máquina, de allí salía ese sonido mágico”. 

El niño mira la máquina y volteándose en dirección al operador adolorido por la migraña, le dice con una voz que no admite réplica: “Enséñeme”. El aludido, de apellido Ortiz, responde mientras se soba la cabeza con un categórico: “no”. Como si no hubiera escuchado la respuesta, el niño repite: “Enséñeme”. Se acerca a Ortiz para halarlo de la manga de la camisa: “Enséñeme, enséñeme”, como un pequeño caprichoso que pide que le compren un dulce. El proyeccionista finalmente le dice:  “Prenda eso y no joda más”. Santiago se va feliz a su casa, ha prendido la lámpara esta vez. 

Alicia, la madre de Santiago, quien no está de acuerdo con el cine y aún hoy sigue sin verle la gracia, ve cómo su hijo se ofrece a llevar todos los encargos de la droguería. Pronto se encuentra a las puertas del teatro Cervantes y trae medicamentos para aliviar el trasnocho, la resaca y el dolor en las articulaciones propio del operador de cine, mientras le insiste que le enseñe.

Ortiz, entre resignado y conmovido, le dice que ponga la mano sobre el interruptor. El pequeño no tiene la suficiente fuerza para accionarla, pero la mano de Ortiz se posa sobre la suya y juntos encienden la máquina. A partir de entonces, todos lo empezarán a conocer como proyeccionista.

Hoy Santiago trabaja como guía en el Museo de la Cinematografía Caliwood, rodeado de afiches de las leyendas del cine como Audrey Hepburn, Humphrey Bogart y Robert de Niro. Llegó allí en el 2012, cuando solo había cuatro proyectores rescatados del olvido por Hugo Suárez Fiat, fundador del museo y quien considera a Santiago un enviado de Dios.  

El museo retoma un nombre de los  años setenta, cuando Andrés Caicedo portaba una cámara filmadora en la época en que la capital del Valle fue, según Santiago, la meca del cine en Colombia.    

Todos los visitantes aprenden de Santiago, así como él también aprendió en la cabina del Cervantes subido en una banca y cambiando el rollo. Habla largamente sobre lo que sabe de cine. Dice que los aparatos pueden tocarse, pero con amor, siempre con amor. Según dicen algunos visitantes, como Stephanie, hasta quien no sabe de cine termina sintiéndose un experto después de oírlo hablar. Camilo, que trabaja en Caliwood como guía, ha aprendido mucho de este hombre. Otra guía, Kelly, también está aprendiendo a proyectar bajo su dirección.

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