El final feliz de una familia caleña que vivió la crisis fronteriza con Venezuela

Diciembre 11, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | El País.

La historia de Loren Yaneth Ortiz, una caleña que salió deportada de Nueva Barinas hace 90 días, en medio de la tragedia social que terminó siendo el cierre de la frontera colombo-venezolana, regresó a Cali gracias a su perro, y encontró en la ciudad una vida dulce que empieza, paradójicamente, con sabor a maduro.

[[nid:489885;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/12/kikea7sept3-15n1photo03.jpg;full;{Antes y después. La frontera y el cielo. Loren Yaneth Ortiz, su hija Lina Giselle y Salomé, la nieta.Jorge Enrique Rojas | El País.}]]

Loren Yaneth Ortiz sonríe al caer en cuenta de los antojos del destino: hace tres meses, cuando nos conocimos en la frontera con Venezuela, Maduro le amargaba la vida empezando por la boca; la palabra tenía por esos días una única connotación –bigotuda y dictatorial, para no entrar en calumnias familiares- relacionada con el presidente del vecino país. 

Todo había empezado el 19 de agosto, cuando dos tenientes y un soldado venezolanos resultaron heridos en un tiroteo fronterizo que el Mandatario definió como “emboscada paramilitar”, pese a que los hechos gritaran que se trató de un desacuerdo entre guardias y contrabandistas por  las coimas para pasar mercancía. 

Pero Maduro, sordo ante lo que parece cierto, declaró el cierre de la frontera ordenando además la deportación de cientos y cientos de colombianos que habían encontrado de ese lado un lugar en el mundo. Entre ellos Loren Yaneth Ortiz, 45 años, caleña del  Siete de Agosto, hoy sonriente de regreso en su tierra: aquí, como en un milagro, la misma palabra que antes le llenaba la boca de angustia, ahora le alegra todo. En Cali, la mujer se gana la vida vendiendo maduros aborrajados.

Para el 27 de agosto, una semana después de la declaratoria del cierre, los mundos de tantos, desechos de un momento a otro, se habían hermanado en la zozobra pescando chances para atravesar el río Táchira en busca de algún fragmento del pasado: rollos de alambre, sillas, un cajonero, ollas, colchones, el álbum de fotos. Cerca de la orilla, a unos cien o doscientos metros, poco a poco se acumulaban los deportados que salieron de Venezuela cruzando el puente Simón Bolívar y los que escaparon por el río, todos con las manos vacías.

Ese día en Villa del Rosario, primera porción de suelo colombiano en el mapa fronterizo, ya unas quinientas personas se acomodaban como podían en cambuches levantados sobre un recodo formado al final de varias calles sin pavimento. Con el cierre de la frontera y las expulsiones, también había sido decretado el desalojo de Nueva Barinas, la invasión al otro lado del Táchira promovida en su momento por Chávez, donde la mayoría fue a rehacer la vida; en cumplimiento de la orden de lanzamiento, la guardia venezolana se venía ocupando de tumbarlo todo, incluyendo las casas de los colombianos que desde la otra orilla seguían  la continuación de su propia calamidad. 

Paradójicamente aguantar ahí, a un río de todo eso, antes que masoquismo era más bien un acto de esperanza: muchas de las preocupaciones que los mantenía en ese lugar no tenían que ver con las cosas materiales que se caían a pedazos del otro lado, sino con asuntos incalculables en cualquier parte:

“Allá se me quedaron dos neveras, dos camas, un aparato para meter la ropa, el platillero con los platos, un tanque negro, uno azul, una bicicleta,  una cocina con horno y mis dos gaticos…” Nelly Esperanza Largo, de 54 años, fue una de las primeras personas con las que hablé ese 27 de agosto a orillas del Táchira.

Estaba sentada en una piedra con sus hijos al lado, dos jovencitos que  tomaban de una sopa que la caridad pasó repartiendo en platos de icopor.    La de la mujer resultaba una imagen poderosísima con toda la fuerza contenida en su fragilidad;  así era el caos por dentro: las preguntas incontestables aparecían entre la nada, al  igual que Nelly en esa piedra,  con la espalda encorvada en un signo de interrogación que nadie podía enderezar dándole respuesta sobre sus cosas. Ni sobre sus gatos: Ana, una negra de manchas blancas, y Michico, que era amarillo.

Cerca de allí, Loren Yaneth se refugiaba del calor bajo un cambuche ajeno; estaba con su hija Lina Giselle, de 23 años, también caleña, y Salomé, su nieta, de 2 y medio. El esposo de Loren había muerto trece meses atrás de un derrame cerebral. El otro miembro de la familia era un perro fornido, pardo y de nombre Tiguer, nacido en la invasión. No ‘Tayguer’ ni ‘Tigre’, sino Tiguer, como si desde el bautizo hubieran querido hacerle un guiño coincidente con la singularidad del lugar al que le tocó llegar en este mundo. Imposible de suponer en ese momento, sería gracias a Tiguer que las mujeres volverían a Cali. En cierto instante del caos, sin embargo, ellas y el perro llegaron a quedar en países distintos. Pero los animales, al fin y al cabo, no saben nada de fronteras.

[[nid:489882;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2015/12/kikea7sept3-15n1photo05.jpg;left;{El gran Tiguer.Jorge Enrique Rojas | El País.}]]

Para contar la historia de ese reencuentro, la memoria de Loren Yaneth se sitúa un día después del tiroteo que desató el lío fronterizo: “El suplicio empezó ese jueves, que fue cuando empezó el rumor de que nos iban a sacar de allá (Nueva Barinas);  el viernes nos contaron de unos encapuchados que habían entrado a buscar colombianos y estaban tumbando las cosas… Y el sábado ya escuchamos  helicópteros volando cerca; a las cuatro de la madrugada yo estuve orando y decía: si se vienen   no espero a que me tumben la casa, yo les abro…”

A las nueve y media del domingo, luego de que le desbarataran a patadas la puerta  a vecina, Loren Yaneth le dijo a su hija que alistara un morral con ropa para la bebé;  quería sacarlas urgente  porque Salomé, la nieta, es hija de un venezolano; uno fantasma, que nunca respondió, pero ella temía que las autoridades pudieran separarlas con ese motivo como excusa. El plan entonces era ayudarlas a pasar el río, dejarlas en Villa del Rosario y cruzar de nuevo el Táchira para estar pendiente de las cosas que tenía en su casa, todavía en pie y con Tiguer adentro. Ya antes de las diez de la mañana  iban corriendo como si se hubieran quemado, hasta que oyeron un disparo: “Entonces yo me separé de la niña… y me quedé viéndola pasar…”

Lina Giselle, la hija de Loren, tiene unos ojos negros muy bonitos que se le ponen más pequeños al hablar de la zozobra que siguió de ahí en adelante: no poder saber de su mamá, no saber donde dormir, el hambre de la bebé, todo eso lo vuelve a ver. Por fortuna estaban los vecinos que habían cruzado antes y el albergue de monjas de Villa del Rosario, a pocas cuadras, donde pasó la primera noche. A Nueva Barinas, dice, no volvería más.

El polvo. Le pregunto  por lo primero que recuerda de ese sitio y  dice que el polvo: “Era un barrio polvoriento. Tenía desde ranchitos de lona con plástico verde, hasta casitas en material bien terminadas. Y eso sí: ¡polvo a la lata! Cuando llovía se le quedaban a uno los zapatos pegados al suelo… Allá se veía de todo, vecinos buenos, regulares y malos; anteriormente fue muy tranquilo pero últimamente se escuchaban disparos por las noches…”.

Al mediodía de ese domingo llegaron a buscar a Loren. Nunca, dice, le notificaron que sería deportada pero igual la llevaron hasta la cancha de fútbol donde permanecían reunidos  los colombianos que más tarde acabarían en esa condición. “Tiguer se fue detrás  y allá le dije: ¡váyase para la casa, que ahora vengo!”. Y deportada, luego  de haberse encontrado con su hija y su nieta en Villa del Rosario, lo fue a buscar. Lo hizo durante los  días siguientes, lunes y martes, cuando  pasó  a la invasión cada que la guardia venezolana permitió  que los damnificados sacaran algo de los escombros. Y entre todo lo que salió de las ruinas, una voz que  le dijo que no se preocupara, que el perro estaba vivo.   

“Entonces el miércoles nos fuimos al río y empezamos a llamarlo: Tigueeeeeeeeer, Tigueeeeeeer, hasta que apareció con otros perros que también se quedaron en la orilla... Tigueeeeeeeeer, Tigueeeeeeer, y nada, porque ese Tiguer le tiene miedo el agua… Hasta que ya después de un rato amagamos con irnos ¡y se tiró!”.

Con Tiguer del otro lado, lo que sucedió  después fue parte de la cadena de milagros que viene resultando últimamente la vida de Loren: la gente de la Fundación Mi Mejor Amigo, que había llegado a la zona a ofrecer ayuda para los animales víctimas del caos, halló un padrino que se comprometió con el traslado aéreo de Tiguer. Y como en Cali nadie lo conocía,  terminaron consiguiendo los tiquetes en bus para que las mujeres se adelantaran y pudieran recibirlo. Y así fue. El resto de sus cosas, lo que pudo salvar, llegó en un trasteo enviado por la Unidad Nacional de Riesgos y Desastres.

Tiguer, con el pelo todo brillante y la lenguota feliz y asomada, bate la cola. Su casa, ahora, es la casa del papá de Loren, en el barrio Siete de Agosto. Don Jerónimo, que cuando muchacho fue maquinista de locomotora y ahora es portero de una unidad residencial, dice ella, es distinto  con la familia completa al lado: “Antes se azaraba mucho, le daba una piquiña en todo el cuerpo del estrés de no saber cómo estábamos nosotras”. Ahora, según parece, el desespero ya no le saca ronchas.

Desde el Siete de Agosto, todos los días Loren se va por las tardes hasta el barrio Popular para trabajar en La Zumbambica, un negocio de comida típica que su sobrino John puso en una esquina para darle la mano. “Al principio me daba sustico,  Cali está muy cambiada... Una vez haciendo una vuelta cogí el MÍO y me bajé en una estación cuando de pronto, ¡ve!: La Plaza de Cayzedo…”

Cuando Maduro cerró la frontera, esta ciudad fue el único destino en el que  Loren Yaneth creyó posible empezar otra vez: “Acá estaba la familia, mi papá, mis hermanos... Mire no más lo que hizo mi sobrino... Apenas yo llegué acá y lo vi en la terminal se me vinieron las lágrimas... Es que era mucho sentimiento... Porque es  duro, muy duro empezar de nuevo, pero bueno... Es la vida… No  niego que me da guayabo porque lo que se perdió en Venezuela fue conseguido con mucho esfuerzo:  mi esposo era constructor y se la rebuscaba, y  yo vendía arepas, hamburguesas, tortas,  cerveza. Fuímos gente buena, buena”.

De vuelta en Cali, a Loren Yaneth le han causado impresión algunos lugares  muy bonitos -como el estadio- y la forma en que el MÍO mueve tenta gente. Hace ocho años y medio, cuando se fue a Venezuela,la mayoría  no se movilizaba en un gusano sino en buses que podían llevar el nombre de un pájaro multicolor. 

Pero también  le ha impresionado que para la inconsciencia del hombre, en definitiva, no haya fronteras: el pasado 16 de mayo su sobrino John iba conduciendo por la Avenida Ciudad de Cali, con su mamá Luz Danelly en el asiento de copiloto, cuando más arriba de la estación de Andrés Sanín,   les arrojaron una roca esperando que frenaran para atracarlos. La roca impactó el ojo derecho de Luz Danelly, que después de tres cirugías lo perdió. Jhon   lee un sentido  mensaje que publicó en su cuenta de Facebook  contando los pormenores del ataque y elevando una solicitud a las “autoridades competentes” para que hagan algo. Hasta hace un mes más o menos, ninguna de esas autoridades había hecho mucho. 

Sentada en una mesa de  La Zumbambica, antes de comenzar turno,  Loren Yaneth sonríe al caer en cuenta de las vueltas de la vida:  de todos los colombianos que tuvieron que salir   corriendo, tal vez solo a ella el destino le haya concedido la oportunidad de  rehacer el camino sacando  recuerdos dulces justamente de un maduro. Los primeros días, cuenta el sobrino John, ella se ponía muy nerviosa en la cocina. “Pero fue solo al principio; ahora solo es risa y chistes...” 

- ¿Risa y chistes, Loren? 

 Su respuesta es otra sonrisa. Después de todo y a pesar de todo. El resumen de todo: sonreír, tres meses después. La de ella de muchas formas, es también la sonrisa de Tiguer, retozando ahora tranquilo en la sombra y muy, muy lejos del agua. 

 

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