El drama de las víctimas de las balas perdidas

El drama de las víctimas de las balas perdidas

Octubre 02, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Redacción de El País

En Colombia, al año son 300 las víctimas de balas perdidas. Por lo general son jóvenes los que caen. Unos mueren. Otros quedan en sillas de ruedas o con limitaciones físicas. No existe una ley que obligue al Estado a repararlos. Crónicas.

I El futbolista amateurEscuchó los tiros. Se asustó. Paró su andar un momento. Después siguió caminando. Dio unos pasos y empezó a sentir que algo le molestaba en su pierna izquierda. Pensó que se había golpeado o que era un calambre. No le dio importancia. Continuó su camino. Avanzó algunos metros. Sin embargo, de repente, la pierna izquierda ya no le respondió más. Cayó al suelo. No se volvió a parar. Johnatan, Didier y Mauricio, los am igos que estaban con él, también escucharon los tiros, pero no creyeron que estuviera herido. Carlos fue siempre un bufón de primera, de bromas macabras, capaz de hacerse pasar por muerto para hacer reír. Por eso cuando sus amigos lo vieron en el suelo le decían que se parara, que dejara de molestar. Después se le acercaron. Vieron un charco de sangre. Carlos Andrés Ramírez, un jovencito que apenas iba a cumplir 16 años, estaba herido por una bala perdida calibre 7.65. La pierna izquierda la iba a perder. Él todavía no lo sabía. Aquel día de hace 11 años (Carlos no recuerda con exactitud la fecha) era una jornada de juerga. Con sus amigos del barrio Sindical, ubicado al oriente de la ciudad, se había montado a una chiva con destino Cali - Juanchito. Allá intentaron entrar a una discoteca: El Parador. No los dejaron ingresar por ser menores de edad. Partieron para otra disco: Agapito. Se bajaron. Tampoco les abrieron las puertas. Cuando iban a partir de nuevo a casa, escucharon varios tiros. Parece que provenían de un carro que pasaba cerca, por la carretera. O de unos lotes oscuros. No se sabe con exactitud. Segundos después fue cuando Carlos siguió caminando como si nada, sin saber que estaba herido. No sintió dolor cuando le entró esa bala fantasma. En el momento en que sus amigos vieron el charco de sangre intentaron parar un taxi, pero los autos seguían de largo. Entonces Didier, desesperado, decidió parársele de frente a un Renault que pasaba. En el auto iba una familia cuyo apellido Carlos ya no recuerda. Fueron los que lo llevaron al Hospital Universitario del Valle. Allí permaneció tendido en una camilla. Sus amigos iban de uno en uno a verlo. Salían mareados, por la sangre que salía a chorros, como si la pierna tuviera una llave abierta. Esa noche le aplicaron una inyección antitetánica. Dos días después le dieron la noticia: su pierna izquierda debía ser amputada. Carlos se extrañó. El médico que lo había recibido dijo que la pierna estaba bien, que la bala no había tocado ningún hueso. Se lo explicó mientras miraba a contraluz una radiografía. Carlos era jugador de fútbol aficionado. Soñaba con llegar a ser profesional. Jugaba de defensa en unas escuelas que tenía Millonarios en la ciudad. La bala le cambió los planes. Ahora tiene 27 años. Sigue siendo un bufón de sonrisa maliciosa. Se gana la vida como instructor de baloncesto en silla de ruedas del Club Deportivo Nuevos Horizontes, integrado por personas con limitaciones físicas. Carlos camina. Y monta en bicicleta. Todo gracias a una prótesis. Pero cuando camina, debe hacer un gran esfuerzo. La prótesis es muy pesada para su cuerpo de 1.70 centímetros y 54 kilos. Moverla por periodos prolongados – media hora – hace que le duela la cabeza. El Estado jamás lo ha indemnizado. Carlos tampoco lo ha buscado. Desconoce de vericuetos jurídicos. Y así los manejara poco puede hacer. En el país no hay ley que obligue al Estado a reparar a las víctimas de las balas perdidas. II Las pistas de los númerosAl año, calcula la Personería de Medellín, son 300 las víctimas en Colombia por balas perdidas. La cifra es escandalosa: es algo así como imaginarse dos buses del MÍO repletos de hombres y mujeres a quienes una bala fantasma los mató o los dejó lisiados para siempre.Al mes, según un cálculo de Medicina Legal, mueren 10 personas por estas balas en todo el país. Y en Cali, aseguran en el Observatorio Social, en los últimos cuatro años han muerto 89 personas. Eso sin contar el caso más reciente, el de Geraldine Mejía Rentería, una niña de 15 años que murió el pasado sábado 25 de septiembre. La niña recibió una bala perdida cuando salía de su colegio, la institución educativa Gabriel García Márquez, en el barrio Comuneros I de Aguablanca. En el momento en que Geraldine salió, le empezaron a disparar a un ladrón que se había robado una bicicleta... En el cuerpo de la niña fue a parar una de las balas. En Colombia y en Cali nadie sabe el número de lisiados por estas balas fantasmas. En realidad las estadísticas sobre el tema son escasas. Para los registros de Medicina Legal no existen las balas perdidas. Para los del Hospital Universitario del Valle tampoco. En las estadísticas de este centro hospitalario, por ejemplo, se registra que hasta julio de este año ingresaron 456 heridos por arma de fuego. “Para determinar cuántos de esos heridos son por balas perdidas habría que revisar cada historia clínica. En el Hospital el apellido ‘perdida’ no existe. Sin embargo, calculo que un 80% de los pacientes que ingresan por esa causa son menores de edad”, dijo Amanda García, directora de Urgencias del HUV. Tal vez estas instituciones tengan razón en el hecho de no incluir a las balas perdidas en los registros. Como lo comenta el Defensor del Pueblo del Valle, Andrés Santamaría, una bala perdida o fantasma es un ente confuso, que a la larga no existe. Alguien tiene que apretar el gatillo para que la bala asesina salga del cañón. Entonces, dice el Defensor, el término bala perdida “se queda en eso pero porque las investigaciones en Colombia no logran ir más allá y dar con los responsables de los hechos. Ante las falencias de las investigaciones, los casos se resuelven así: bala perdida”. III Estrenando revólver¡Le dieron a ‘Caliche’, le dieron a ‘Caliche’! Los gritos eran de Maira. Se escucharon en las calles del barrio El Poblado, en Aguablanca, en la noche del sábado 23 de noviembre de 2002. ‘Caliche’, cuyo nombre de pila es Carlos Andrés Gallego, tenía en ese entonces 16 años y estaba sobre su bicicleta, en un andén, despidiéndose de Maira, su amiga. Él se aprestaba a darle un beso, ella tenía la mano puesta sobre su hombro. En ese momento sonaron varios disparos que salieron de un revólver calibre 38. Los rumores dicen que el arma pertenecía a dos hombres que iban en una moto disparando a mansalva para estrenar su ‘juguete’. ‘Caliche’ no los vio. Ni siquiera escuchó los disparos. El asunto es que una de las balas entró precisamente por su hombro y quedó incrustada en la médula espinal. Aunque quedó cuadrapléjico en el acto, no sintió dolor. Sólo supo que se desplomó. ‘Caliche’ estaba a una cuadra del hospital Carlos Holmes Trujillo. Allá lo llevaron. A su padre, don Carlos Arturo Gallego, zapatero de profesión, un médico le aplicó una frase sin anestesia: su hijo va a quedar como un vegetal. ‘Caliche’ escuchó esa sentencia. Jamás perdió el conocimiento. Ahí en el Carlos Holmes no duró más de cinco minutos. Lo vieron, le quitaron la ropa, lo mandaron para el HUV. No tenía seguro médico. En el Universitario le aplicaron droga, antibiótico. Durmió hasta al otro día. Por la tarde le entregaron otra remisión: lo mandaron para el hospital de Los Chorros. Allá duró 23 días hospitalizado. Cada día que pasaba allí le costaba a su familia $250.000. Se pagaron con la ayuda de los vecinos de su barrio, El Poblado, haciendo colectas. ‘Caliche’ no pudo volver a montar en bicicleta. Eso es lo que más le ha dolido de esa bala fantasma que aún tiene incrustada en su cuerpo y que lo dejó sin el movimiento de las piernas y tomando baclofeno, un relajante muscular que actúa sobre los nervios de la médula espinal y calma movimientos involuntarios que a veces le dan en los pies. Hoy ‘Caliche’ tiene 23 años. Con el paso del tiempo empezó a recuperar parte de su movilidad en las manos y brazos. En esa rehabilitación lo ha ayudado el boccia, un deporte practicado por personas con limitaciones físicas. Lo juega cuatro veces por semana. En vez de bicicleta, se mueve ahora en una silla de ruedas eléctrica. Es un piloto experto. Sortea andenes con desniveles, carros veloces, puentes sin rampas. La silla se la dieron después de una tutela que interpuso. Pero el Estado, como en el caso de Carlos Andrés Ramírez, jamás lo ha indemnizado por su discapacidad.IV La propuesta negadaEn 2009, el Personero de Medellín, Jairo Herrán, le envió al entonces Presidente Álvaro Uribe una propuesta que planteaba la necesidad de que el Estado repare a las víctimas de las balas perdidas.A las familias de los que morían por esas balas, escribió el Personero, que se les pague los gastos fúnebres. A las víctimas lisiadas, que se les apoye con los gastos médicos y sicológicos. “Y lo otro era una compensación económica a la víctima. Bien a la familia cuando hubiese fallecido, o bien a la persona que quede lesionada o discapacitada. Sé que esa propuesta el Presidente la mandó a Acción Social. De ahí se la devolvieron a sus asesores y finalmente ellos terminaron mandándosela al comandante de la Policía de Medellín, Coronel Luis Eduardo Martínez, quien de una manera muy cordial me mandó una comunicación en la que decía que la Policía iba a hacer mayores esfuerzos para que no se presentaran casos de balas perdidas. Es decir: no le pararon bolas”, narra el Personero. En el país existe un vacío legal que impide reparar a las víctimas por balas perdidas. Por medio del Decreto 1290 de 2008, por ejemplo, se establecen compensaciones para personas que son consideradas víctimas del conflicto armado interno.“Pero como ahora dicen que no hay ni guerrilla, ni paramilitares, que no hay conflicto armado, todas las personas que resultan lesionadas por las balas perdidas no son amparadas por esa ley. En el país tenemos una orfandad absoluta para estas víctimas”, insiste el Personero de Medellín. Y no es de extrañar su preocupación en el tema: en su ciudad, hasta agosto de este año, 22 personas habían muerto por balas perdidas. La idea de Jairo Herrán ahora es que su propuesta se incluya en la Ley de Víctimas que está promoviendo el Gobierno Nacional. Pero al parecer no hay muchas posibilidades. Cuando se le consultó sobre el tema al Senador Juan Fernando Cristo, uno de los autores de la Ley de Víctimas, respondió: “Le Ley sólo cobija a víctimas de violaciones a los derechos humanos y del Derecho Internacional humanitario. Balas perdidas es como difícil”…V Autoridades maniatadasEl coronel Rodríguez, comandante de la Policía en el Distrito de Aguablanca, la zona donde más se registran víctimas de balas perdidas, ha identificado diferentes fenómenos que inciden para que el número de afectados siga creciendo. Por un lado, explica el Coronel, en la ciudad están identificadas 48 pandillas juveniles que se atacan con armas de fuego y en la calle. Eso incrementa las posibilidades que un ciudadano sea herido o asesinado por el sólo hecho de estar en el lugar equivocado.Además, la labor de la Policía se dificulta si un día se captura a un menor con un arma, y al siguiente día sale en libertad. Es lo que sucede en la mayoría de las capturas de menores. En las calles de Aguablanca y de Cali, por otra parte, el nivel de intolerancia es altísimo. Una mirada, un insulto, se puede zanjar a bala. Y hay temor en el ciudadano para denunciar los hechos delictivos. Muchos casos se cierran con la marca ‘bala perdida’ porque nadie fue capaz de delatar al autor del homicidio. VI: EpílogoSe llama Pablo César Álvarez. Tiene 35 años. Practica baloncesto y natación para personas con limitaciones físicas. Quedó lisiado a los 20 años, cuando recibió una bala en su columna. Eso fue en su barrio, el Eduardo Santos. Ese día, un 10 de noviembre, después del impacto no sentía sus piernas. Pensaba que eran las de un muerto. Los médicos dijeron que no volvería a caminar. Y que quedaría estéril. Fue duro. Pablo tenía un ángel en casa. Se llama Sandra Lizbeth Vega, su mujer. Sandra lo cuidó. Y Pablo cree que fue por ella que volvió a caminar después de estar un año y medio en una silla de ruedas. Lo de las relaciones íntimas era difícil que se dieran después de la lesión. Ella un día insistió con paciencia. Todo terminó con un final feliz. Desde esa explosión de amor, Carlos empezó a sentir de nuevo las piernas y volvió a moverlas de a poco. Y de moño le llegó como un milagro un regalo de la vida: una hija empezaba a crecer en el vientre de Sandra. Le pusieron Daniela.La historia podría terminar ahí, en ese final rosa. Pero al año siguiente de la lesión de Pablo, Sandra también recibió una bala que no era para ella. Estaba vendiendo rifas en las calles de Eduardo Santos. Se armó una balacera. Iban a matar a un muchacho. Lo mataron. Pero Sandra resultó herida. Un tiro le entró por un lado de su cabeza y salió por la frente. Tenía 5 meses de embarazo. Sandra se salvó. Su hija también. Fue otro milagro que para contarlo habría que escribir otra historia. El caso fue que el lado izquierdo del cuerpo de Sandra quedó paralizado. Pero ya se ve recuperada. Es linda. Tiene 28 años. Con Pablo lleva 18 años, aunque andan distanciados. Pero se quieren. Se les nota cuando se miran.Sus historias dimensionan la problemática de las balas perdidas. Bajo un mismo techo, un mismo hogar, dos personas quedaron lisiados para siempre por haber estado en el lugar equivocado. Encontrar trabajo para ellos no es sencillo. Sostener el hogar tampoco. Es el drama de los lisiados por las balas fantasmas, desamparados para la Ley que no considera reparar sus derechos. No es extraña entonces la respuesta de Sandra cuando se le pregunta si espera una ayuda del Estado. “A mí me enseñaron que en esta vida, sólo se sale adelante con el trabajo propio”. Es lo que ha hecho: trabajar con las rifas para ayudar a que Daniela tenga un futuro mejor al suyo, ojalá lejos de las balas fantasmas.¿Qué se puede hacer si se es víctima de una bala perdida?La persona debe hacerle seguimiento a las investigaciones de las autoridades. Se sugiere que para ello se asesore de entidades como la Defensoría del Pueblo para que lo respalden en el proceso. La única forma de hacer responder por estos hechos a los implicados es dando con los responsables. Como lo explican Andrés Santamaría, defensor del Pueblo, y el ex fiscal Helmer Montaña, “la responsabilidad penal en Colombia está determinada por la responsabilidad individual identificable, y lo no identificable simplemente genera que no haya sanción”.

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