El consumo de droga se adueñó de los parques del sur de Cali

Febrero 10, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Andrés Felipe Alvarez | Cali Sur

Líderes comunitarios de San Fernando, Capri, Tequendama, Meléndez y El Lido coinciden en que tan grave como el problema mismo es el abandono que sienten de parte de las autoridades, que poco hacen para erradicarlo, escudándose en su poca capacidad para hacer presencia.

Parcero, ¿tiene un ‘bareto’ que me venda? Le pregunté a un muchacho de unos 23 años, musculoso, con un dragón tatuado con colores encendidos que descendía desde su hombro izquierdo hasta su pecho descubierto. “Yo vengo todos los días a trabarme, pero no vendo”, me contestó mientras le quitaba las pepas y las ramas a un moño de marihuana. “Preguntale a esos de allá o a los de allá, que llevan varias horas fumando”, dijo señalando a ambos lados del parque.Eran las 3:40 de la tarde del pasado viernes, en el corazón del barrio Colseguros Andes. El sol se filtraba entre las ramas de los árboles mientras los juegos de mesa atraían a los niños en la caseta del parque, vendedores de sillas y espejos vociferaban para atrapar algún cliente y un grupo de ancianos trataba de descifrar noticias de un radio, que lucía tan antiguo como ellos. Todo esto en medio de nubarrones densos de marihuana que cambiaban de dirección dependiendo de la brisa.En menos de dos minutos, y ante la vista de toda esta gente, comprobé lo fácil que es comprar y consumir droga en este tipo de escenarios, sin que nadie haga nada al respecto.Aunque la escena ya hace parte de la cotidianidad de muchos parques del sur de Cali, la comunidad se niega a perder los espacios públicos en los que antes respiraban aire puro, hacían deporte, recreaban a sus niños o paseaban a sus mascotas.La Alcaldía, la Policía y la Fiscalía muestran cifras de capturas de jíbaros y decomisos de droga que dejaron de llegar a las calles de la ciudad como muestra de que sí están combatiendo el flagelo.Por ejemplo, tan sólo la Policía incautó el año pasado en Cali 18 toneladas de marihuana, un cargamento que supera de lejos el peso de una ballena azul adulta. Pero, ¿por qué la impresión entre la comunidad es que la cantidad de consumidores en los parques y las zonas verdes aumenta desmesuradamente con el pasar de los días?Las autoridades aseguran que los golpes que le han asestado a los carteles del narcotráfico en los últimos años han obligado a éstos a adoptar nuevas dinámicas de distribución. Por eso, ante la mayor dificultad para enviar grandes cargamentos al exterior, han optado por comercializar a bajos precios buena parte de su producción en las calles de ciudades como la capital del Valle. Situación que, a su vez, ha aumentado el número de adictos que se toman los espacios públicos de la ciudad.Así funciona el menudeo o microtráfico, que no es más que la extensión de los tentáculos de los grandes capos por medio de transacciones de pequeñas dosis que llenan sus arcas, al tiempo que acaban con la vida de millones de jóvenes y la tranquilidad de la comunidad.“En el barrio sentimos que ya perdimos las zonas verdes. La gente no sale de sus casas por temor a los viciosos y a los jíbaros”, afirma Lucrecia Herrera, presidenta de la Junta de Acción Comunal de El Limonar.Su homólogo de El Caney, Jaime Romero, agrega que su sector se ha convertido en los últimos dos años en sitio obligado de expendedores y consumidores.“Por ahora, la única solución que tenemos son las alarmas comunitarias que ahuyentan a los drogadictos. Pero, como están viendo que nada pasa, en poco tiempo no van a surtir efecto”, añadió.Líderes comunitarios de San Fernando, Capri, Tequendama, Meléndez y El Lido coinciden en que tan grave como el problema mismo es el abandono que sienten de parte de las autoridades, que poco hacen para erradicarlo, escudándose en su poca capacidad para hacer presencia.Como cucarachasPero para el coronel Carlos Arturo Gaitán, comandante de la Policía Comunitaria de Cali, la indiferencia de la ciudadanía también aporta a la gravedad del fenómeno.Agrega que las leyes tienen maniatadas a las autoridades, ya que aunque sorprendan a alguien consumiendo o portando droga no pueden retenerlo más de cuatro horas si no tiene consigo la dosis que penaliza la ley.“La gente acusa a la Policía de complicidad con el delito porque nos llevamos a alguien y al otro día lo ven de nuevo en el parque. Pero estos personajes son como cucarachas; por más que uno los saque, llegan de cualquier forma”, sostuvo.Sin embargo, asegura que su dependencia realiza campañas preventivas en colegios, parques y espacios públicos para crear conciencia entre la gente de que debe tomar parte en el asunto para que, así no se erradique del todo, el consumo no aumente.Tal vez la más importante de esas iniciativas es el Programa Dare, que desde hace once años da a conocer los peligros irreversibles que causa la droga y las formas de colaborar con las autoridades.Carlos Mauricio Yusti, coordinador del Colegio José María Carbonell, ubicado cerca del parque de Colseguros Andes, asegura que hace poco más de un año las sustancias sicoactivas marcaron la institución de una manera grave, pero que la implementación de planes preventivos y la expulsión de los jóvenes más problemáticos ha mostrado una baja importante en el consumo de sus alumnos.Sin embargo, cree que este parque es un monstruo al asecho, esperando el más mínimo descuido para tragarse a sus estudiantes.El agente Juan Carlos Ortíz, coordinador del Dare en Cali, cree que el sedentarismo de la gente es lo que la ha alejado de los parques y que este abandono es el que ha llevado a que los alucinógenos se apoderen de estos espacios.“Si la gente se sentara en los parques e hiciera actividades comunitarias, los consumidores encontrarían espacios ocupados y tendrían que alejarse. Pero ahora sólo se resignan a mirar por la ventana y a llamar a la Policía”, anotó.Ortíz puso como ejemplo a El Ingenio, donde, según él, la cantidad de deportistas, transeúntes y gente ocupando el parque ha alejado el vicio. Sin embargo, la realidad demuestra lo contrario. Al día siguiente de mi ‘exitosa’ transacción en el parque de Colseguros Andes, para efectos de hacer este trabajo periodístico, repetí mi experiencia en El Ingenio con resultados idénticos.La diferencia fue que no conseguí la droga con un consumidor que me vendió parte de su dosis, sino que un jíbaro me ofreció toda una ancheta de productos a muy bajo costo, con la petición de alejarme un poco si me quería trabar al instante “para que no me calentés el parche”. Al pie de la letra Los jíbaros, más que nadie, conocen la ley al pie de la letra, hasta en su letra menuda. Saben con cuantas dosis pueden andar, qué tienen que decir en caso de que los capturen y qué derechos tienen ante la justicia.Por ejemplo, para judicializar a un expendedor de bazuco se le debe incautar un gramo neto de la sustancia, es decir, sin las bolsitas que contienen el polvo.Las quince papeletas contempladas como dosis mínima pesan un gramo y son suficientes para drogarse durante 30 horas. Sin embargo, ellos nunca cargan más de diez papeletas y las demás las esconden en caletas imperceptibles.Cuando los cogen con la ‘merca’ se pueden salvar diciendo que es para el consumo propio y, en el mejor de los casos, pueden alegar farmacodependencia con formula médica en mano. Eso sin hablar de la reina de los narcóticos, la marihuana, cuya dosis mínima está contemplada en 20 gramos, o sea, 20 ‘baretos’ de los que conseguí a mil pesos cada uno.Camilo Cárdenas, coordinador del Grupo de Micronarcotráfico del CTI de la Fiscalía, precisa que los expendedores están subcontratando indigentes, minusválidos, discapacitados mentales y menores de edad a los que casi resulta imposible judicializar. No escoge víctimas “Es aterrador como se ven llegar muchachos bien vestidos, en carros bonitos y con mujeres lindas. A cualquier hora del día se apoderan de los parques para consumir su vicio”, señaló Alfredo Sierra, presidente del Comité Embellecedor del Parque El Búho, en Pampalinda.Asegura que en algún momento pensaron en quitar el mobiliario de la zona verde para que los “visitantes indeseables” no tuvieran donde sentarse, pero optaron por recuperar y embellecer sus espacios para que la comunidad se volcara a ellos.Para él, mientras existan los alucinógenos también van a existir adictos de todos los estratos sociales que estarán dispuestos a pagar lo que sea por obtenerlos. “Por eso se ven personas de todas las procedencias consumiendo, vendiendo y comprando. Lo que cambia es la manera de ocultar el grado de adicción”, manifestó. ¿Solución a la vista? Las propuestas para salvar los parques del sur de la ciudad del yugo de la droga y sus adictos van y vienen.Vigilancia comunitaria, ocupación de los parques, redadas policiales más frecuentes y redes de informantes, entre otras, son las soluciones que proponen tanto las autoridades como la población afectada.Sin embargo, la propia Fuerza Pública reconoce que es a largo plazo que esperan acabar con el flagelo y que la única forma de hacerlo es desmantelando organizaciones y no capturando y abriendo procesos inútiles contra pequeños mercaderes.Pero en el plano real el panorama se ve más nublado que los mismos ‘fumaderos’.Y la frase del Coordinador del Grupo de Microtráfico de la Fiscalía, tan repetida por funcionarios del Gobierno y Policía, dilapida las esperanzas de obtener una solución inmediata: “Es un trabajo que requiere años y apenas estamos iniciando. Pero es importante entender que es un problema social y que en esa medida la coerción no soluciona nada. Mientras la droga siga siendo un negocio rentable, jamás se va a acabar”.Teniendo en cuenta lo fácil que me fue conseguir alucinógenos, lo sencillo que hubiera sido consumirla frente a todos sin consecuencia alguna y el poco asombro que causó mi relato ante cada autoridad que entrevistaba para este reportaje, todo indica que la droga seguirá siendo la dueña de muchos parques del sur de Cali. "Las leyes nos tiene maniatados" El mayor Daniel Perilla, comandante de la estación de Policía de El Lido, lleva bastante tiempo trabajando contra el microtráfico.A diario son conducidos a su dependencia individuos por porte y tráfico de estupefacientes, los cuales no permanecen más de cinco horas retenidos y no reciben más escarmiento que una fotografía para el archivo y una amonestación escrita.“Las leyes nos tienen maniatados, no podemos hacer nada para sacar a esta gente de las calles porque parecen tener más derechos que la comunidad a la que afectan”, asegura.Agrega que hay personajes que han sido retenidos más de diez veces y que, aunque siempre esgrimen argumentos como “soy farmacodependiente” o “es para mi consumo personal” no se puede hacer más que tenerlo un rato, como si se tratara de un hotel de paso.“A ellos hay que darles el mismo trato judicial si los cogemos con un gramo o con una tonelada. Es por eso que la Fiscalía prefiere no ‘desgastar’ la justicia con seis papeletas cuando hay cosas más importantes que hacer’”, anota resignado el Comandante de la Estación El Lido.

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