Educación: otra damnificada por la ola invernal

Marzo 30, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País

83 escuelas del departamento están afectadas. En Florida los niños estudian en una iglesia.

La sede educativa del Colegio José María Córdoba, en la vereda San Joaquín del municipio de Florida, Valle, hoy es un arrume de escombros.El vendaval que azotó el domingo pasado a la zona le arrancó gran parte del techo a la estructura, deteriorada por el paso del tiempo y las fuertes lluvias de los últimos dos años en la región.La decisión fue demolerla porque, en últimas, dice Carlos Portillo, docente del colegio, muy pronto la escuela se iba a caer. Líderes y padres de familia ayudaron en la tarea, que se cumplió al día siguiente de la emergencia.Es por eso que ahora hacen parte de la lista de escuelas damnificadas por las lluvias en el Valle en los últimos dos años. Son, en total, 83 sedes de 30 instituciones educativas en 16 municipios del departamento.Cuentan que en la escuela de San Joaquín desde el año 2010, y por la saturación del terreno, la construcción comenzó a inclinarse. En sus paredes aparecieron gigantescas grietas de hasta ocho centímetros de ancho. También se separaron las tejas, por las que cada que llovía entraban chorros de agua si Carlos u otro adulto no se subían a ponerlas en su lugar. “La escuela estaba quebrada”, dijo una de las estudiantes. La ayuda del Municipio o el Departamento, dicen, nunca llegó. De las 83 escuelas afectadas por las lluvias entre el 2010 y 2012, más de 27 deben reubicarse definitivamente por inestabilidad o inundaciones, según los reportes de la Secretaría de Educación del Valle.El rector de la sede educativa San Joaquín, en Florida, dice que ahora es mucho más seguro dictar clase al interior de una iglesia pentecostal pese a que deben cumplir una especie de ‘pico y placa’.Es que el atril del templo y las sillas de los feligreses se guardan en una bodega para que los 20 pupitres de los niños de los grados quinto a octavo tengan espacio. Pero todos los viernes, o si hay una ceremonia especial entre semana, los estudiantes deben trastearse hasta el comedor comunitario. Allí se encuentran otros 20 estudiantes, los más pequeños. “No estamos cómodos, pero aquí no nos mojamos”, explicó Jorge Jiménez.Para los niños, mojarse no es el problema. Es lidiar con el barro que se encuentran camino a la escuela. Por eso las botas pantaneras son elemento obligado del uniforme.Lo dice Sofia, de 7 años, quién confiesa que le da risa cómo sus compañeritos, a veces y durante la más de media hora de recorrido por empinadas trochas, quedan enterrados en el fango y los pies se les ponen de color “chocolate”.Pero la risa se le quita cuando debe pasar las delgadas guaduas y troncos de árboles que sirven como puentes improvisados sobre el río Cañasarriba. Confiesa que le da miedo caerse.A Daniel, de 9 años, ya le pasó. Ese día se mareó por la altura del puente y por eso cayó al agua. El río, contó, estaba crecido y de no ser por Martha, su hermana melliza y con discapacidad cognitiva, no habría sobrevivido. Explicó que ella lo agarró por el cabello y lo sacó.“Siempre tengo miedo de que me digan que algún niño se lo llevó el río. Alguien tiene que ayudarnos”, lamentó el rector Jiménez.Otro drama se vive en Dagua. Allí alrededor de 180 niños de la Institución Educativa Manuel Murillo Toro están estudiando en tres carpas, todo porque la estructura del colegio está fracturada, según denuncias de los padres de familia.Gonzalo Pulido, papá de uno de los pequeños, denunció que tampoco han llegado las soluciones, pese a que existe una acción de tutela fallada a favor de los alumnos para que les arreglen el colegio. “Los niños están en peligro”, aseguró.

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