Edith, la pacifista de la ladera de Cali

Junio 29, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Edith, la pacifista de la ladera de Cali

Edith Tobón nació en Siloé y ha sido dos veces desplazada por la violencia. La primera vez huyó de Antioquia, la segunda del Tolima.

Durante la última década, Edith Tobón ha trabajado por la reconciliación de las pandillas en Siloé.

Fredy tenía 38 años cuando tuvo que  salir huyendo del barrio Brisas de Mayo, allí donde comienza la ladera de la Comuna 20 y que todos llaman  Siloé. Se marchó para Betulia, un pueblo de Antioquia, el único lugar del mundo donde se sintió a salvo de las amenazas. No le había hecho mal a nadie.  O sí: mientras aseaba un caño, tropezó con una caleta de drogas y de armas. Eran de  una pandilla y sus integrantes no le perdonaron la osadía.    

Quien evoca ese recuerdo triste es Edith Tobón, su hermana. Parada en la sala de su casa, allí en Brisas, cuenta que la muerte se dio sus mañas hasta  encontrar al joven, que a finales de 2014 perdió la vida a manos de  paramilitares. 

Fredy era el mayor de cuatro hermanos. Y el mejor amigo de Edith, que sentía que la violencia, de nuevo, la abofeteaba. A ella, desplazada con dos niños en brazos, primero por las autodefensas de Macedo, Antioquia, y luego de San Antonio, en Tolima, acosada por los fusiles de las Farc.     

¿Qué hacer entonces ante la intransigencia de la muerte? ¿Huir otra vez?   “Sentía que no podía quedarme cruzada de brazos. Así en mi barrio sintiéramos la intimidación de las pandillas, el miedo de las fronteras invisibles, impuestas por ellas, que te impedían cruzar libremente de una cuadra a la otra”, reflexionó en ese momento Edith.

La clave —se repetía—, la raíz de todo, era trabajar por los jóvenes del barrio. Alejarlos de la realidad por la que debían transitar a diario: drogas y sicariato. 

 Primero trabajó con el grupo de apoyo de la Red de Bibliotecas Públicas de Cali. Era 2005 y su misión  consistía en guiar a los muchachos en la biblioteca del barrio Brisas. Con el tiempo se fue convirtiendo en más que eso:  Edith  sabía cómo se hacían los trámites del Sisbén, a dónde acudir cuando la madre de alguno enfermaba, dónde había oportunidades de trabajo, cursos para capacitarse, para aprender algún oficio. La Mona, como le dicen los chicos de Siloé, sabía con certeza desde cómo sacar la cédula hasta cómo curar un mal de amores.   

A veces también sabía otras cosas. Pero callaba. Que cerca de su casa arribaban carros lujosos buscando a jóvenes sin miedo dispuestos a apretar el gatillo en cualquier lado; que conocían al dedillo el negocio del microtráfico;  que vivían de las oficinas de cobro. Sabía también los pasos del ‘Parche de Puente Pala’, pandilla que había fundado su reino de terror detrás de una frontera invisible. Nadie debía cruzarla después de las 8 de la noche. Y en el día, los niños que iban camino a su colegio eran obligados a pagar un ‘impuesto’ diario de $500. Los que no podían, que eran casi todos, debían dar una vuelta que implicaba recorrer tres barrios enteros para poder llegar al salón de clase. 

En ese ambiente de zozobra y sangre  Edith vio morir a varios de los integrantes de la pandilla. Otros permanecen en la cárcel. Otros se quedaron para siempre en silla de ruedas después de ser baleados por sus enemigos, jóvenes de otros parches. Mientras todo eso pasaba, ella intentaba seducirlos con campeonatos de fútbol o con talleres donde aprendieran a hacer marcos de ventanas, rejas y puertas para que iniciaran un proyecto productivo. Muchos acudían al llamado, pero solo pocos, muy pocos, terminaban.  

Así, poco a poco, se fue ganando su confianza. ‘Parchaba’ los pelados con ellos en las esquinas, a veces tarde en la noche, y luego de que escuchaba con horror  a quién habían matado o robado, ella les preguntaba por el colegio que habían dejado tirado, por la mamá que quedaba siempre con el corazón en vilo del otro lado de la puerta, por el hermano sano del que debían seguir ejemplo. 

Eso lo sabía Fredy, que un día le habló  a su hermana de que la Fundación Carvajal buscaba a un líder del sector para echar a andar varios cursos de capacitación para jóvenes. “Ellos tenían los insumos, pero no sabían cómo llegarles a los muchachos”, le dijo. Y ella sí. Fue por eso que, de la mano de Edith, varios comenzaron a capacitarse en diferentes oficios, como la mecánica de motos; a salir de la pandilla. A vivir. 

Quiso repetir la experiencia con los jóvenes de ‘La ofice’, pandilla que permanecía en guerra con ‘Los cocos’ y ‘Los de la Torre’. Y con ellos hizo lo que sabía de sobra: conocer sus miedos, ganarse su confianza, mostrarles oportunidades. Ahora Edith trabaja con la Asesoría de Paz de la Alcaldía. Las pandillas no se han acabado pero ella, en honor de Fredy, sigue trabajando para que se acaben, para seguir siendo la pacifista de la ladera.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad