Dos héroes sin capa pero con súper poderes

Octubre 08, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Luz Jenny Aguirre Tobón | Editora de Entorno

En El Retiro, los jóvenes Jenny Martínez y César Angulo lideran proyectos para alejar a los niños de las calles y de las pandillas. Esta la historia de dos personas normales que hacen de sus vidas experiencias fuera de serie.

Esta es la historia de Jenny y César, dos primos que viven en el barrio El Retiro, del Distrito de Aguablanca. Ella, de 30 años, cuatro hijos, ex habitante del basuro de Navarro. Él, escritor en ciernes, 27 años, adolescencia vivida “en las calles” y sonrisa de brackets.Esta la historia de dos personas normales que hacen de sus vidas experiencias fuera de serie.‘Chili’Si Jenny Martínez no cuenta que estuvo apunto de ser asesinada por unos tipos que perseguían a su primer marido y que vivió más de un año en un cambuche en las montañas de basura de Navarro, uno creería que nunca le ha pasado nada malo. Es linda, sin mayores justificaciones. Alegre, sin el más mínimo de ahorro de carcajadas. Vive en una casa alquilada, de dos piezas y una sala con piso de cemento y paredes sin repellar. Es allí, justo en ese espacio de no más de seis metros por seis metros, donde deja de ser la mujer que limpia apartamentos ajenos para transformarse en ‘Chili’ (aunque bien podría ser ‘súper Chili’). Dos tardes a la semana reúne en este lugar a dos grupos de 25 niños cada uno. Se arrebatan el turno para liderar la oración de entrada, luego cantan, aplauden y brincan de modo que aquella plancha sin baldosas vibra cual asustador temblor de tierra.‘Chili’, como la llaman los niños, saca de detrás de su único mueble de sala retazos fomi para cortar letras, un regalo de dos señoras benefactoras.“Lo único que quiero es que no anden en la calle”, se explica tras decir que ella no es sicóloga, que sólo llegó hasta noveno grado y que hace únicamente lo que su instinto le indica: hablarles de valores, de la familia y de que tienen más opciones, no sólo la de meterse a uno de los parches del barrio.Así, dando todo aunque nada tiene, sin ser una fundación, sin buscar recursos, poniendo la ega para las manualidades en los recipientes de su cocina, ha logrado cosas como esta:“La mamá de uno de los niños llegó un día llorando. Me contó que iba a suicidarse, que no tenía trabajo, que había preparado jugo de naranja con veneno para ella y sus hijos. El chiquito, al verla así le dijo que se calmara, que ‘Chili’ le había dicho que ‘uno le pide a Dios y él le da’. Botó el veneno y se vino para acá”, cuenta Jenny con los ojos muy abiertos, con el asombro de quien escucha un secreto.Sus muchachos, que van de los 3 a los 14 años, y que muy seguramente de no estar allí andarían correteando por la cuadra, la persiguen por la estrecha casa. Le rapan besos y le estiran los brazos. La llaman en coro cuando ella atraviesa la cortina y desaparece unos segundos camino a la cocina. CésarPodría decirse que César Augusto Angulo es el cronista de El Retiro. También que es uno de sus moradores más populares, a quien saludan con mano empuñada y pulgar elevado desde cualquier esquina. Pero él se describe en palabras sencillas como alguien que ha conocido la calle y que justo por eso quiere evitar que los niños que ve crecer en su vecindario sepan de ella también.Por el seseo de su saludo se le adivina tierno. A eso le ayudan los pómulos pronunciados y el que cierre los ojos cuando le da pena.Desde hace año y medio lidera un panal de 250 niños y jóvenes bulliciosos e inquietos que se sintonizan con él por las tardes en un salón del colegio Corporación Señor de los Milagros. Los divide en grupos de 50 y conviviendo con el sofoco que casi siempre los acompaña leen cuentos, ven películas, cantan y, sobretodo, hablan.Y es que conversar, afirma César, es un lujo cuando uno está lleno de problemas.“Estos pelados necesitan atención, alguien que los escuche, que esté pendiente de sus cosas, especialmente si los papás nunca están... y eso sí que pasa por acá”, cuenta este ex jugador del Valencia, en la escuela de Willinton Ortiz.Lo de escritor no sabe de dónde lo sacó. Dice, sencillamente, que le sale solito y que lo hace feliz. Ya hizo un libro, se llama ‘Por las calles de mi barrio’ y contiene historias de pelados de pandillas, con sus historias de dolor. Cinco de ellos, confiesa, ya están muertos.“Quiero contarlo para que no se repita, mostrarlo para que a nadie se le olvide”, afirma tras añadir que Telepacífico le producirá un documental ilustrando estas mismas experiencias. Mientras cuenta de libros, videos, sueños y misiones divinas Brayan, uno de sus ‘seguidores’, no se despega de su lado. Posa para las cámaras que buscan a su amigo César y él aprovecha para explicar, con un sutil tartamudeo, que él también tiene cosas que decir.No hablará de su niñez desperdiciada en las aceras ni de la soledad que lo persigue. Quiere cantar lo que compone. Le fluye sin tropiezos, como si en ese ejercicio conjurara pasados y pesares, y borrara las trabas de la lengua que lo vuelven tímido. Tiene 14 años.“Mire usted, esto es lo que pasa cuando a la gente se le da amor...”, así explica una testigo lo que ve. Es Johana, de un voluntariado. Observa atónita a Brayan y sigue con la cabeza el ritmo de esa canción que no se sabe.Ellos son Jenny y César. Una que salva vidas llenado con escarcha letras de fomi, otro que convierte el silencio de un niño en música. Ellos son dos héroes, de esos común y corrientes.

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