Diego Cagüeñas, el antropólogo que 'traduce' el impacto de las avalanchas del río Páez

Junio 03, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País
Diego Cagüeñas, el antropólogo que 'traduce' el impacto de las avalanchas del río Páez

En ‘La calma chicha: un estudio sobre el desastre, la destrucción y lo intratable’, Diego Cagüeñas hace un análisis etnográfico e histórico de las consecuencias de las avalanchas del río Páez en Tierradentro, Cauca.

El antropólogo Diego Cagüeñas fue premiado en Nueva York por ‘La calma chicha’, un estudio sobre cómo las avalanchas del río Páez condicionaron la vida de sus víctimas.

Es algo muy similar a lo que se siente cuando los periodistas llegan a un pueblo tras un ataque guerrillero. No está pasando nada propiamente, no se escuchan las balas, pero se tiene la sensación de que en cualquier  momento puede ocurrir lo peor. Calma tensa. “Calma chicha”, la llaman en Belalcázar, Cauca.

Solo que en el pueblo, ubicado en Tierradentro, una zona montañosa donde además está el municipio de Inzá y en la que la mayoría de los habitantes son indígenas Nasa, el temor no se debe propiamente a un ataque guerrillero o paramilitar. El temor se debe a las avalanchas que cada tanto les cambian la vida.  

El 6 de junio de 1994 ocurrió la primera.  Fue causada por un temblor de 6.4 en la escala de Richter. Aquel día murieron 1100 personas y 1600 familias más debieron desplazarse. La avalancha también destruyó  poblaciones cercanas como Irlanda, Mosoco, Tóez, Vitoncó, San José, Tálaga.

Trece años después, en 2007, ocurrió de nuevo. Y una avalancha más en 2008. Desde entonces la gente vive en “calma chicha”.  Los habitantes de Belalcázar se levantan con la sensación de que algo va a ocurrir.

Al antropólogo y docente de la Universidad Icesi de Cali, Diego Cagüeñas, le llamó la atención aquello: ¿Cómo las avalanchas le atraviesan, le condicionan, la vida a las personas? ¿Qué sucede cuando te dicen que el lugar en el que naciste va a ser reubicado?

Diego nació en Bogotá y alguna vez estudió medicina, pero se convenció de que en realidad lo que le gustaba era viajar por el mundo y conocer otras culturas. Entonces se hizo antropólogo. Su primer trabajo ‘oficial’ consistió en entender cómo los enfermos de alzhéimer   enfrentan esa enfermedad que altera las relaciones familiares. Después viajó a Europa a  hacer una maestría, regresó al país para dar clases en la Universidad del Valle y ahora, además de ser profesor de la Icesi en Cali, es director del Centro de Ética y Democracia.

A Belalcázar comenzó a ir empujado por la necesidad de entender. Las avalanchas incluso trastocaron la forma de relacionarse de los habitantes del pueblo, dice. Antes de ellas todos se conocían, pero luego muchos se desplazaron a otras ciudades y en cambio empezó a llegar gente extraña que, entre otras cosas, se dedicó a sembrar amapola. La tragedia trazó límites entre unos y otros.

También hizo que muchos proyectos quedaran en el olvido como la carretera que sacaría  a la gente de Tierradentro a Santander de Quilichao en dos horas. Los pobladores de  Belalcázar aún viven aislados. ¿Qué significa vivir aislado, por cierto?, se preguntaba Diego.   

La tragedia además hizo que el precio de la finca raíz se viniera al suelo. Nadie compra una casa en un sitio amenazado por una avalancha. Pero sin duda los cambios más transcendentales se hallan en las personas. Como el muchacho que perdió a 17 familiares. Era un jovencito que sin embargo debió hacerse cargo de sus hermanos. Ese es un cambio fundamental. Las avalanchas son para la gente de Belalcázar como cicatrices imborrables.

Todo aquello lo tradujo Diego en una tesis que tituló ‘La calma chicha: un estudio sobre el desastre, la destrucción y lo intratable’,  que acaba de ser premiada por New School University de Nueva York. Exactamente, la Universidad le otorgó el premio Stanley Diamond (galardón en honor al  poeta y antropólogo estadounidense del mismo nombre) “por la originalidad,  la creatividad y la calidad en la escritura”.

También, por lo que la tesis advierte. Siete años después del ultimo desastre, los habitantes de Belalcázar aún no saben si van a ser reubicados.  La incertidumbre hace parte de la calma chicha.

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