Descubra la 'magia' de una granja en Cali que le cambió la vida a 20 caleños

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En los extramuros de Cali, hacia el sur, la vida se reinventa. 20 personas con discapacidad aprenden a sembrar, pintar y a ser artífices de su desarrollo.

Descubra la 'magia' de una granja en Cali que le cambió la vida a 20 caleños

Mayo 22, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Valentina Valencia Bernal | Reportera de El País

En los extramuros de Cali, hacia el sur, la vida se reinventa. 20 personas con discapacidad aprenden a sembrar, pintar y a ser artífices de su desarrollo.

[[nid:537802;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/05/734_5.jpg;full;{Los días en Tapacará se suceden en total armonía, tranquilidad y compañerismo. Las personas que hacen parte de la granja siembran su propia comida. Sumate a #PorCaliLoHagoBienFotos: Anthony Bocanegra | Especial para El País}]]

¿Qué es lo más te gusta de venir a la granja?, le pregunto a Felipe. Él, con voz fuerte y mirándome fijamente con sus ojos verdes, me responde sin titubear: trabajar, lo que más me gusta es trabajar. Y entonces se da vuelta para entrar a un pequeño cuarto y se pone unas botas pantaneras llenas de barro y se cambia su camiseta roja por una más vieja. Se está preparando para ir a recoger boñiga a un potrero cercano para preparar el abono del día.

Felipe trabaja sembrando verduras y frutas en la Granja Taparacá; tiene atrofia mental. Allí, junto a él, hay 19 muchachos más que trabajan en diversas labores. Todos tienen algún tipo de discapacidad. Todos han encontrado allí su lugar en el mundo.

La Granja Taparacá es un lugar sui géneris.  En el año 2009 un grupo de profesionales y padres de familia que tienen chicos con algún tipo de discapacidad motriz o cognitiva se unieron para hacer realidad un sueño: tener un espacio en donde las personas con necesidades especiales pudieran redescubrir el mundo.

Sí, redescubrirlo a su manera, a su ritmo, sin afanes. Un lugar en donde pudieran tener la posibilidad de ser cada vez más autónomos y los pequeños grandes logros como aprender a atarse los zapatos, nadar, tejer o entender el paso a paso para sembrar maíz, tomate cherry, papaya o maracuyá no fuesen tareas imposibles de realizar. Un lugar en el que la vida se pudiera vivir de la manera más sincera y genuina posible.

Cuando iniciaron en el 2009 en Palmira, en una granja que les fue entregada en comodato,  lograron atender a un total de siete personas. Para junio del 2013 se trasladaron muy cerca a Incolballet, a una casa campestre.

“Comenzamos con la misma motivación y amor que se tiene cuando nace un primer hijo”, dice Gunnar Mordhorst, agrónomo caleño de ascendencia alemana y uno  de los principales gestores de este proyecto. Mordhorst explica que lo que sucede en Taparacá extrañamente podría suceder en otro rincón de Cali, o quizá del mundo: un verdadero encuentro con lo humano.

Y es que el día el día en la granja es así: demasiado humano, por no encontrar palabras más precisas. Cuando uno recién llega todos los muchachos que son atendidos en Tarapacá te reciben entre besos y abrazos, que pueden durar más de lo sospechado. El tiempo se dilata, no hay afanes de ningún tipo. Todo se hace con infinita paciencia.  

De lunes a viernes la granja abre sus puertas desde las ocho de la mañana.   Poco a poco van llegando todos: muchachos, profesores y voluntarios. Se van entonces organizado en círculo para comenzar ‘el saludo’, un ritual que consiste en darse los buenos días, prender una vela que se encuentra en el centro sobre una mesita adornada con manualidades de lana que han hecho los chicos y repasar las novedades que hay para el día, no se toman más de 10 minutos para esto y luego cada uno se dirige a sus labores. 

Aquellos que tienen entre 7 y 18 años están en el programa de apoyo escolar. Allí, la idea es que los chicos logren comprender desde su individualidad cada una de las áreas que se dan comúnmente en los colegios tradicionales: matemáticas, geometría, lenguaje... Todo siempre con un ritmo pausado, sin el afán que puede haber en un aula tradicional. El grupo no tiene más de siete alumnos. Su año escolar  va de agosto a junio.  

El salón donde se dan las clases a los menores es pequeño y de paredes amarillas. El tablero es de tiza.  En él, la profesora Claudia Hoyos, sicóloga de profesión, ha dibujado una estrella en cada uno de sus extremos.  

-¿Ves esas estrellas que dibujé?-, me pregunta. Sí, le digo.

-¿Y ves que las une una línea? Esa línea la hicieron los chicos, lograron unir las estrellas. Lo que para nosotros es algo tremendamente sencillo, para ellos es un gran logro. Es saltar un obstáculo más. Eso es lo que logramos aquí, dice.    

Cuando  los chicos cumplen la mayoría de edad pasan a ser parte de ‘Escuela para la vida’, un programa que pretende enseñarles un oficio, como textilería, pintura  siembra, panadería, horticultura, jardinería y cocina,  acompañados siempre de un profesional en cada área. El propósito es que, desde las labores rutinarias, se brinde un desarrollo sano, integral y armónico.  

En Taparacá lo que los mayores logran sembrar es lo que ayuda complementar los desayunos y almuerzos: papaya, maracuyá, maíz, tomate, habichuelas, cilantro, zanahoria, naranja, pimentón, ají y lechuga.  La idea es que con el paso de los años la granja sea autosostenible.

Lucas Mordhorst, un agrónomo en formación que orienta las siembras desde hace ya varios años, dice mientras acompaña a los muchachos a recoger boñiga, que “todo lo que se recibe en Taparacá es real, genuino, sincero. El único pago es el amor de estos chicos”. 

Y no exagera. Cuando son las tres de la tarde y la jornada ha terminado, todos se vuelven a despedir entre abrazos y besos que no caducarán.

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