Crónica: Los recuerdos que se llevan los buses tradicionales de Cali con su salida

Septiembre 23, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Luiyith Melo García | Reportero de El País
Crónica: Los recuerdos que se llevan los buses tradicionales de Cali con su salida

El Alameda, el Gris Roja, la Coomoepal y últimamente La Ermita, son parte de la historia de los buses de colores que tuvo Cali por más de medio siglo y que ya tocan a su fin.

Nostalgia de una época de buses de colores que circularon en Cali por más de medio siglo y que hoy desaparecen por el MÍO.

¿Te acordás, vieja, del Rosado Crema? Sí. Un bus todo bonito, de cabina como redonda que pasaba por el centro y se estacionaba en unos paraderos definidos por un tubo metálico que tenían arriba una lámina, donde imagino que estaba escrita la ruta que llegaba al paradero... Yo todavía no sabía leer.Lo recuerdo porque tú me llevabas de la mano después de pasar por las vitrinas de los teatros Aristi y Colón donde había una cantidad de gente haciendo fila para entrar a cine, berlinas lustrosas y caballeros bien vestidos que salían y entraban del Hotel Aristi, y después de ese recorrido tú me montabas a ese bus que parecía un juguete ambulante. Yo apenas tenía como 5 años. ¡Ah! Ya recuerdo por qué pasé por ahí. Tú me llevabas a Todelar, que quedaba en Santa Rosa, cuando ibas a entregar las respuestas a un concurso radial que consistía en completar un mensaje con las letras que emitía el locutor Joaquín Marino López cada media hora durante un día de programación en La Voz de Cali.¿Te acordás que entonces todavía no había Terminal de Transportes? Los buses convergían en la Carrera Diez y andaban por toda la Calle 13, la 15, la Avenida Colombia y otras vías del centro que hoy están inundadas de ventas ambulantes. Eso era como a finales de los años 60, apenas el hombre estaba llegando a la Luna y yo soñaba con emular a Pelé en los ‘picados’ que jugábamos en las calles con una pelota de plástico que reventábamos en las ventanas.Ese color rosado nos gustaba a ambos. Tú me hiciste después una camisa de ese color con la que fui a la escuela y que le gustó tanto al profesor. Rafael H. Salazar, el historiador, me dice hoy que los buses vinieron después del tranvía, por allá como en 1940 y que el Gris San Fernando fue uno de los primeros que existió e iba del centro al barrio San Fernando. La ciudad ya tenía como medio millón de habitantes y dice don Rafael que el tranvía se quedó corto para mover tanta gente hacia todos lados porque los lugares empezaban a quedar lejos.Sobre todo la Universidad, vieja. Esa que ni siquiera sabíamos dónde quedaba cuando me tocó entrar a ella. Univalle era uno de los últimos rincones de Cali, por allá no íbamos nosotros. El Crema y Verde ruta 1 sí. Ese era el bus que me servía. Tenía una franja horizontal color crema en sus costados, en medio de dos franjas verdes, como una bandera, y el número uno al lado izquierdo del parabrisas. Empecé a tomarlo en la glorieta de la Calle 34 con 3N, desde allí subía el puente del Seguro Social, pasaba frente a la estación del Ferrocarril (ya habían hecho la Terminal hacía como siete años) y luego seguía una travesía de casi una hora. Sé que te sorprende que el MÍO hoy haga el mismo recorrido en menos de media hora. Entonces yo iba pegado a la ventanilla viendo pasar la ciudad a mi alrededor, la Avenida de las Américas, la Calle, 5, la Roosevelt, otra vez la 5, el Autocine que ya no existe, la Carrera 100 y la Universidad.¡Ah! Luego aprendí que el Blanco y Negro ruta 1 también me servía y una buseta del mismo color, a cuya ruta 1 le agregaron la letra A y en la que cabía menos de la mitad de la gente que transportaba el bus. El bus atravesaba toda la ciudad de sur a norte, venía por la Avenida Sexta, pasaba por el CAM, por el estadio, la plaza de Toros y prácticamente llegaba hasta Pance.Brincando la registradoraNo sé si te conté alguna vez, pero en la Sexta, mami, se subía un tipo joven de pelo largo, medio parecido a Piero -el cantante que tanto te gustaba-. Era común en los buses de entonces. Él se saltaba la registradora de un brinco con una guitarra en la mano y una sonrisa nerviosa, y cantaba esas baladas medio rebeldes y contestatarias, a veces amorosas, con las que nos entretenía buena parte del camino y al final nos sacaba del bolsillo las monedas de 50 centavos y de a peso con las que sobrevivía. El bus valía como diez pesos y había que pagarle al conductor al subirse porque no había tarjeta como hoy en el MÍO.Al cantante lo sorprendí varias veces después almorzando en Los Mellizos, ese restaurante popular de la Sexta con 15 que fisgoneábamos por las ventanillas del Blanco y Negro y donde muchas veces lo vi comer ‘media de espagueti’ con pan francés pagados con las limosnas del bus. Lo digo porque yo almorzaba allí.Pero, excusame, vieja, por saltarme la historia. Esto que te cuento fue ya después que crecí y me fui de la casa a escribir las noticias de otros. Mi historia en los buses de colores que tenía Cali empezó contigo antes de los Juegos Panamericanos. Ahora recuerdo cómo era la cosa. Tú me bajabas en el Crema y Rojo por esa calle del Zoológico, hasta la iglesia de Santa Rosa. Yo me prendía a la ventanilla, cuyo vidrio forrado en aluminio en el borde superior se corría en forma vertical hacia arriba apretando dos ganchos de los extremos y siempre mantenía a media altura por el calor. Como ves, hoy el MÍO tiene aire acondicionado, sus ventanas son herméticas y seguro tú no te romperías las medias en sus latas como ocurría con los viejos buses.Recuerdo el río Cali caudaloso rebotando entre las piedras mientras viajábamos en ese bus. ¡Qué curioso! A la ciudad le gustaba combinar los colores de sus buses con crema. Porque había Crema y Rojo, Crema y Verde, Rosado Crema, Azul Crema y Amarillo Crema, hasta el Alameda que era zapote tenía crema... Era como si entre la crema y los buses hubiera un encanto parecido al que hay entre el niño y el helado. Pero también había Verde Bretaña, un nombre que sonaba a soda y que por la sola sonoridad del nombre escogí como propio en los juegos de carros con Penagos y Luisito. A alguno de ellos le gustaba el Papagayo porque era un bus colorido, pintado con los mismos colores del ave y a veces tan volador como ella por entre el tráfico endemoniado de la ciudad. Sí, al final todos los buses terminaron volando como caballos desbocados por las calles, por esa maldita guerra del centavo que hacía pelear a los conductores por los pasajeros y que volvía la ciudad un caos. No había día en que no hubiera accidentes y atropellos porque esos locos no respetaban pares ni semáforos.Me dice César Vergara, uno de los últimos dueños de la Papagayo, que esa empresa no se llamaba así cuando surgió por allá en 1948. Pues para tu sorpresa y la mía era la misma Rosado Crema que nos recogía por el Aristi y de la que apenas si tengo memoria. El servicio ejecutivo¿Recordás, vieja, por allá en los años 90 cuando pintaron todos los buses de un mismo color? Tú ya no sabías qué te llevaba desde la Terminal al médico, porque a menudo se te pasaba el bus sin que alcanzaras a leer a lo lejos de qué ruta se trataba. A todos los vistieron igual: unos TSS de verde y amarillo, otros con los colores de la bandera de Cali. Sí, lo hizo Rodrigo Guerrero, el mismo alcalde de hoy que también era alcalde de la ciudad en ese momento. Lo hizo, dijo, porque quería devolverle el civismo y el sentido de pertenencia a los caleños. ¡Qué vaina! La gente ya no hacía cola ni para tomar un bus y hasta se montaba por detrás sin pagar el pasaje. El ejecutivo era un bus grande, un transporte sin subsidio que valía $60 porque dizque todos los pasajeros iban sentados en asientos individuales y con apoyacabezas, bien cómodos. Nada que ver con los viejos Dodge destartalados y de asiento múltiple con manubrio. Pero, qué va, vieja, al final eso terminó siendo lo mismo porque en últimas no había suficientes buses para tanta gente, el gobierno acabó el subsidio que tenían los más baratos, cuyo pasaje valía como diez pesos menos y todo terminó costando lo mismo.Ahí fue cuando se acabó el ejecutivo, volvieron los colores originales y eso fue bueno para ti, lo supe de inmediato, porque los buses recobraron su color original y su “sabor a salpicón” como me dijo Servio, un amigo de entonces. Lo malo es que desde finales de los 80 la ciudad se había empezado a inundar de una cantidad de ‘patinetas’ como las llamaba la gente, unos microbuses en los que cabían nueve u once personas, no más, pero a los que esos choferes voraces les metían hasta quince parroquianos y uno quedaba allí como atrapado en una lata de sardinas. Andaban como hormigas por las calles (eran como tres mil) y tenían una terminal callejera en el centro, frente a la iglesia La Ermita. Yo creo, vieja, que por eso es que hoy tenemos MÍO, porque como tú decías, no hay mal que dure cien años...Nunca te dije que en el afán de llegar a la casa o al trabajo, yo me prestaba también de sardina para llenar esas latas -bueno, me tocaba- o me colgaba en la puerta del Azul Plateada (me gustaba ese color) en el barrio Obrero, y una vez me caí, me rompí el pantalón y me raspé el brazo, gracias a Dios no me rompí los huesos. Pero sí, así fue. Y otra vez, vieja, en el Alameda me sacaron del bolsillo el único billete de mil que tenía -de los azules que circulaban entonces-, en medio de un apretujón en la puerta de salida.Y, para completar, en una buseta Coomoepal ruta 7 y en plena Navidad, unos pelados nos quitaron a los pasajeros lo que pudieron en un atraco relámpago en la 52 con 2N, frente a Puerto Basuco. Eso era tenaz.Te cuento, vieja, que hoy todo eso es historia, por eso te estoy escribiendo. En el Tránsito me dicen que eran 25 empresas las que había con 4.869 buses según un censo del 2005. Ya no quedan 300. Que había más de 200 rutas, sin contar las piratas, y que un millón de personas viajaban cada día en ellos. Hoy, muchos buses son chatarra y los que quedan se tienen que ir para darle paso al MÍO. Así es la vida. Yo me he puesto a comparar y me doy cuenta que pese ello, vos como que has vivido más que todo lo que vivieron los buses de Cali. Ponete a ver: si después del tranvía vinieron los buses y eso fue como por allá en la Segunda Guerra Mundial, pues vos estabas naciendo con ellos. Y, sin embargo, mirá que ellos se están yendo y gracias a Dios vos seguís aquí conmigo. Yo sé que ya no montás en bus porque no falta quien te lleve y te traiga en su vehículo. Pero un día de estos te voy a invitar al MÍO, a lo mejor nos vamos para el Zoológico o pasamos por Santa Rosa y me contás la historia inconclusa del Rosado Crema que paraba en la Diez y que parecía un juguete ambulante; o la del Crema y Rojo que bordeaba el río. Yo te cuento esta nostalgia y a lo mejor la nueva historia que empieza con los gusanos azules.

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